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Adicto a las palabras

Publicado por admin el 7 - octubre - 2010

Adicto a las palabras

Por Marvin Galeas

 Diario de Hoy – El Salvador –

Miércoles 6 de Octubre

Hay palabras que, por su sonoridad y sus connotaciones, me desatan solubles fantasías y sensaciones de azúcar: ámbar, melancolía, prístino, saudade y desnudez. Por ejemplo, Pablo Neruda las veía brillar como piedras de colores y saltar como peces platinados.

Cuando las palabras en frases copulan libertinas para producir poesía o el párrafo genial del cuento y la novela, trascienden la reflexión y se traducen en experiencias de la epidermis, el músculo, la neurona y el corazón.

En García Lorca por ejemplo: “Cuando llega la noche, noche que noche nochera, los gitanos en sus fraguas, forjaban soles y flechas. Un caballo malherido llamaba a todas las puertas. Gallos de vidrio cantaban por Jerez de la Frontera”.

O en Manuel del Cabral, en su famoso poema “La mano de Onan se queja”. La mano dice: “Yo soy la amante de los que no amaron. Yo soy la esposa de los miserables. Soy el minuto antes del suicida. Sola de amor, mas nunca solitaria, limitada de piel, saco raíces…”. Rainer María Rilke haciendo de la palabra la flor misma dice: “Una sola rosa es todas las rosas y es ésta; el irremplazable, el perfecto, el dócil vocablo que encuadra el texto de las cosas”.

Confieso, sin embargo, que no sólo la escritura de los grandes poetas y narradores me seducen, hasta ponerme a veces la carne de gallina. ¿Se ha detenido usted, en algún supermercado, a leer las viñetas de las botellas de vino? Son un monumento a la síntesis y una fiesta de elegantes vocablos, que hacen que uno sienta el olor del odre y el viñedo y hasta el sabor del elixir tinto que aún no ha sido descorchado: “Vino de color rubí de capa alta. Su aroma de frutos rojos y negros en nariz dan paso a los torrefactos y a las especias. Potente en boca, muy expresivo, rotundo, con carácter y de final amplio y feliz”.

Otra viñeta promete entregar un vino “rojo picota con ribetes purpurados, aromas de sotobosques, gran cuerpo y bouquet en fondos de cerezo intenso, tonos ahumados y taninos nobles bien conjuntados, que dejan suave paso de boca y regaliz para un final potente y prolongado”. ¡Carambolas! ¿Se está hablando sólo de vino?

¿Y las palabras, las frases y los versos de la música popular? Esa otra dimensión placentera de los sintagmas. Ya escribí una vez sobre el bolero, género que merece más que un artículo, un profundo tratado en especial. No sólo de don Manuelito Góngora y de Cervantes viene el prestigio de las palabras.

Compositores que no pretendieron ahondar en sus escritos en los grandes temas universales que preocupan eternamente al hombre, sino, simplemente, expresar un despecho de amor o describirnos su entorno natural en clave telúrica, encuentran las palabras para volvernos a estremecer.

Allí está José Alfredo Jiménez, compositor mexicano que no completó la primaria. Y, sin embargo, dominaba de manera extraordinaria las octavas y endecasílabos; símiles y metáforas. “Y si quieren saber de mi pasado. Es preciso decir otra mentira. Les diré que llegué de un mundo raro. Que no sé del dolor, que triunfé en el amor. Y que nunca he llorado”. Simple y sonoro, y ya con violines, trompeta y tequila: genial.

Pero no sólo está en el verso la virtud, sino en la cátedra, expuesta en pocas palabras, de la personalidad del macho latinoamericano, siempre a medio camino entre posiciones y sensaciones extremas y encontradas: arranca José Alfredo de una situación tremendista: “Yo sentí que mi vida se perdía en un abismo profundo y negro como mi suerte…”. Ante tal situación propone la salida del macho: “Quise hallar el olvido al estilo Jalisco”, pero nos confiesa un desenlace menos heroico y de culebrón: “Pero aquellos mariachis y aquel tequila me hicieron llorar”.

Más al sur, la música típica colombiana entrega su cuota inagotable de belleza. En La Piragua, por ejemplo: “Capoteando el vendaval se estremecía, e impasible desafiaba la tormenta y un ejército de estrellas la seguía, tachonándola de luz y de leyenda”.

Hay otra, de Jairo Varela: simple, sencilla, obvia, pero en medio de la salsa ha más de alguno ha hecho llorar: “Como el río cuando va buscando el mar y lo espera allá en el fondo su lugar, sé que arriba en el cielo brillarán, nubes blancas que más tarde llorarán”. Es el milagro de las palabras, desde la pluma de Neruda hasta el acordeón de Alfredo Gutiérrez.

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