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Mayo de 2013
Lunes

Extensión mediática-cultural de www. poetastrabajando.com™ Proyecto escarlata

David Escobar Galindo

Publicado por Russo Maynor Dylan-Galeas el 5 - septiembre - 2011

David Escobar Galindo

 

 

David Escobar Galindo nació en Santa Ana, El Salvador, el 4 de Octubre de 1943. Es Poeta, Doctor en Jurisprudencia y Ciencias Sociales, graduado de la Universidad de El Salvador, Fundador y Rector de la Universidad “Dr. José Matías Delgado”, y columnista habitual del diario La Prensa Gráfica. Entre 1990 y 1992 participó en la Comisión gubernamental negociadora del proceso de paz que puso fin a la Guerra Civil de El Salvador.

Escribe poesía, cuento, novela, fábula, teatro y ensayo. Es miembro de número de la Academia Salvadoreña de la Lengua y Director de la misma desde el año 2006. Ganador del primer lugar en certámenes literarios en Madrid 1974, Barcelona 1976 y Granada 1977. Ganador de los Juegos Florales en la rama de Poesía en Quezaltenango, Guatemala 1980,1981 y 1983. Al ganar por tercera vez el primer lugar fue declarado Maestre de Gran Saber. Ha sido jurado calificador de los juegos Florales de Nueva San Salvador, San Vicente y San Salvador. Hijo meritísimo de las ciudades de San Salvador, Ahuachapan y Santa Ana. Es fundador y Rector de la Universidad Dr. José Matías Delgado.
David Escobar Galindo es el escritor salvadoreño que más premios nacionales e internacionales ha obtenido en la historia de ese país. Como un homenaje, los IX juegos Florales de Santa Ana 2000 llevaron su nombre.

Es considerado uno de los autores más prolijos y reconocidos de la literatura salvadoreña. Su obra publicada comprende los poemarios Cornamusa (1975), El Libro de Lilian (1976), Sonetos penitenciales (1980), Árbol sin Tregua (1996), Oración en la Guerra (1989) El venado y el colibrí (1996) y la novela Una Grieta en el Agua (1972). Además ha preparado varias antologías poéticas como El Árbol de Todos, Lecturas Hispanoamericanas (1979) y Páginas Patrióticas Salvadoreñas (1988). 

POESÍA

 

Ars poética

¡Belleza, flor de sueño, al fin alientas
después de tanto espanto y tanto llanto!
Porque también tu gracia puede tanto,
tanto más que el crujir de las afrentas.

Después de la dolencia del espanto,
cómo surgen tus músicas sedientas:
surtidores que ayer fueron tormentas
murmullos que mañana serán canto.

Se escondió tu vigilia donde pudo,
durmió entre los escombros hecha un nudo,
se ocultó en un rincón de la cornisa.

Pero ha venido el tiempo del sosiego.
¡Y tú, belleza, manantial de fuego,
renaces otra vez de la ceniza!

Yo no soy Pedro

Yo no soy Pedro,
Juan,
ni Segismundo.

Yo no soy pura sangre,
ni mestizo,
ni natural del valle o de la estepa.

Mi pensamiento es un pequeño mundo.
Un mundo de orfandad de pura cepa.

Vine de no sé dónde,
un día en que unas manos
se estrecharon a medias.

Y tú -poesía, viento-
ni lo haces más atroz,
ni lo remedias.

Yo no soy Gran Collar,
ni estoy triste,
ni creo en la derrota.

Admiro el rostro inmenso del océano,
pero prefiero el brillo
de una gota.

Me gusta la verdad de los que esperan,
y el amor
hecho vida.

Y creo en el retorno de los tiempos,
en otra dimensión
desconocida.

Recuerdo vagamente algunos signos,
algún destello de mitología,
alguna forma gris de echar la suerte.

Y no le tengo miedo a lo que venga:
ni al ojo solapado de la vida,
ni al párpado sincero de la muerte.

Yo no soy la bandera,
ni el perdón,
ni el cayado.

Ni soy el que descubre,
ni el que salva
o reclama ser salvado.

Yo no soy Pedro,
Juan,
ni Segismundo.

Yo soy un soplo de aire.
Un sonido que pasa.
El sonido fugaz de un milagro profundo.

Pues soy más que la carne misteriosa
en que alguien -una vez-
me trajo al mundo.

Los que pasan no saben…

Los que pasan no saben
que una flor
es el precio de la suerte.

Los que pasan no saben
que tras la piel
se esconden otras vidas.

Los que pasan no saben
que los grandes espacios
son nuestra casa del mañana.

Los que pasan no saben
que la sangre es el único
pasaporte seguro.

Los que pasan no saben
que nadie es fuerza viva
antes de penetrar en otro espíritu.

Los que pasan no saben
que la luz del amor
jamás será ceniza.

Los que pasan no saben
que una flor
es el precio del milagro.

Los que pasan no saben
que ya somos eternos.

Con sólo tener esta
conciencia del misterio.

 

Carta abierta

Amada, ven, abrígame. No pido
más que tu compañía respirable.
ya sé que estás aquí, que en el mudable
destello del estar tejes el nido.

Quizás si no te hubiera merecido
mi corazón sería un incunable
exiliado en un sótano. Palpable
Es entonces tu influjo presentido.

¿Por qué te pido, pues, lo ya esperable,
lo que es advenimiento ya sabido?
Lo pido porque el ser es insaciable.

Y es la lección del Dios reconocido:
seguir pidiendo la merced amable
con queja de fervor recién nacido.

 

Nada es más que un instante…

Nada es más que un instante. Lo remoto
se quedó detenido en su minuto.
La sucesiva flor soñó su fruto
para prenderlo en el dorado exvoto.

En el instante exprime el sol devoto
su apuesta cotidiana al Absoluto.
Y en esa ardiente vocación de luto
se hunde hasta la más pura flor de loto.
Todo es instante, entonces, resumido
en la hiriente ceniza del olvido,
suma interior de todo lo deseante.
Pero el instante nuestro -tuyo y mío-
al compartir su huella de rocío
sella la eternidad en el instante.

 

Diálogo en la tiniebla

No busco la verdad, pero persigo
su estela cautivante, su aleteo
que es la réplica infiel de lo que creo
y el huidizo fulgor de lo que digo.

La verdad absoluta es un castigo
que quizás no merezca mi deseo.
Y su ausencia es el último trofeo
que desvela mi angustia de testigo.
Me quedo con la flor de la pregunta,
aspirando el aroma sin respuesta,
dejando que el silencio apenas hable.
Y al sentir que la lágrima despunta,
la verdad, como un grillo, me contesta
desde el jardín del vértigo insondable.

 

A Juana Rosa Pita

Herida estás de tiempo. Se percibe
que estás herida acaso de distancia.
Se siente en el rumor de la fragancia
que en tu espuma de sueño se desvive.

Tu espuma que en su exilio circunscribe
la Isla de la fértil resonancia.
Surcada estás de urgida temperancia
como ese mar que en lágrimas te escribe.
El mar que tú dibujas, que tú cuidas,
como la capitana sin reposo,
desde otra soledad sin despedidas.
¡Ay, Juana Rosa, el mar es impetuoso,
pero tú le defiendes las heridas
con sal de amor y azúcar de sollozo!

 

Ha muerto un hombre

I

Un hombre ha muerto. ¿Quién? No importa. Ha muerto.
Ha muerto… ¿en qué lugar? Tampoco importa.
¡Tan sólo importa, pues, eso que corta
la vida con su tajo amargo y cierto!

Lo cierto es que se ha muerto. Está desierto
por un instante el mundo. Un ala absorta
cruza el azul. El infinito aborta.
¡Importa que un sepulcro se haya abierto!
No importa quién. La identidad. La historia.
La bala atroz o la agonía vaga.
¿Murió de indignidad, murió de gloria?
No importa. Un hombre ha muerto. Ahí la llaga.
¡Y aunque la vida es nube transitoria,
sólo la vida importa, que se apaga!

II

Un hombre ha muerto, sí. Tú, yo, cualquiera.
Pero la vida sigue, sin remedio.
Sigue sembrando su animado predio
Con la misma semilla que no espera.

Aunque la cicatriz de aquella hoguera
_un hombre es una hoguera_ busque el medio
de arder un poco más, con ese asedio
que se pierde en la humana tolvanera.
Ha muerto un hombre. Se acabó, sin duda.
Se fue a la eternidad, si es que ha podido;
Si es que la eternidad sirve de ayuda…
Se fue, no más. Ha muerto malherido,
Como todos los hombres. Y desnuda
Vuela su sombra apenas al olvido.

 

19

Verdinegra es la piedra, como siempre.
Transparente es el agua, como nunca.
¿Podría imaginarse algún riachuelo
que se olvidara en la sed del día?
Entre el nunca y el siempre hay una alianza.
Entre el siempre y el nunca está el abismo.

 

Devocionario – Poema 194 -

Voy a decir por fin la gran verdad:
La salvación del alma es otro cuerpo.
El beso es el vital salvoconducto.
Al cruzar la barrera de las venas,
la eternidad ya tiene garantía.
¡Puede dormir tranquilo el universo!

 

Dos pájaros que beben

Dos pájaros que beben
en una sola gota de rocío.
Dos lágrimas de lluvia
que caen juntas desde un solo alero.
Dos hojas que se duermen
en un solo recodo del follaje.
Dos manos que descubren el destino
en una sola rosa.
Dos mástiles que inventan la distancia
en una sola imagen.
Y así tú y yo en poder de la unidad.

 

El Reencuentro

No te encontraba, Dios, desde hace tanto.
Es cierto: te rezaba, te pedía;
pero eso es sólo la ansiedad que envía
sondas de luz desde el vital quebranto.

Hallarte es otra cosa. Es otro encanto,
otra necesidad. Y hasta diría
que es la más entrañable fantasía:
gozar de tu memoria el adelanto.
Y eso es lo que hago ahora: te disfruto,
sin la intimidación del absoluto;
ya puro corazón que te consume.
Sorbo tu voz y tu silencio, a una.
Y, sin pedirlo, tengo la fortuna
de respirar a ciegas tu perfume.

 

El Verbo Patria

Este sabor del verbo Patria,
mezcla de azúcar y de polvo,
que nos enciende las palabras
con un acento soledoso,
eco de espuma sin memoria,
pulso del verde río histórico
en que lavaron sus escorias
los oscuros y los gloriosos,
porque la Patria es una lumbre
donde todos somos iguales:
el que ordeña a primeras luces
y el que asierra los conacastes,
el que hace figuras de barro
y el que escribe tímidos versos,
la que vende en nuevos mercados
y el que pone su firma y sello,
los que levantan edificios
y los que entierran tuberías,
los que enseñan los logaritmos
y los que cantan en las misas;
y es un color de vieja música
que cruza humanos territorios,
mezcla de sueños y penurias,
mezcla de azúcar y de polvo…

Este sabor del verbo Patria,
encarnación del viento que habla.

 

Los muros de la patria mía

Igual que en el soneto de Quevedo
miré los muros de la patria mía,
y en lugar de la justa simetría
sólo hay desorden, crápula, remedo.

Muros en que sus huellas deja el miedo,
huellas que son la sangre en agonía,
del que muere atrapado en pleno día
y del que vive agonizando quedo.
Y ante los muros arde el pensamiento,
porque no hay más atroz requisitoria
que la que urge la patria mal vivida.
¡Con la sal del amor en el aliento
limpiemos estos muros de su escoria,
más no con muerte, no, sino con vida!

 

Húndete en la ceniza

Húndete en la ceniza, perra de hielo,
que te trague la noche, que te corrompa
la oscuridad; nosotros, hombres de lágrimas,
maldecimos tu paso por nuestras horas.

Más que las sombras francas, como las minas
de un campo abandonado, furia alevosa;
la luz no te conoce, por eso estamos
doblemente ofendidos de lo que escombras.

Por la sangre en el viento, no entre las venas,
donde nazcas, violencia, maldita seas.Caminamos desnudos hacia el destino,
nos juntamos en valles de ardiente idioma
y si la estrella olvida su edad sin mancha,
si el fuego se abalanza con sed inhóspita,
si el rencor enarbola ciegas repúblicas,
cómo hablarán los días de justas formas.

¡Ah silencio infranqueable de los violentos,
nunca seremos altos si nos dominas,
nunca seremos dignos del aire inmune,
nunca seremos ojos llenos de vida,
sino que en lava inmunda vegetaremos,
entre un sol de gusanos que se descuelgan,
mientras la sangre brota de mil espejos,
oscureciendo el agua con sangre muerta.

Por la sangre en el agua, no entre las venas,
donde nazcas, violencia, maldita seas.

No, no intentes doblarnos sobre otro polvo,
no sacudas las hojas de nuestras puertas,
te lanzamos, hirviente, todo lo vivo,
todo lo humano y puro que nos preserva.

No, no confundiéramos savia y vinagre;
los ojos se te pudran, te ahogue el humo,
las ciudades se cierren igual que flores
inviolables al solo recuerdo tuyo.

Roja peste, violencia, nada ni nadie
será habitante claro donde tú reines;
desdichada agonía del hombre falso,
húndete en la ceniza, sorda serpiente.

Las espaldas, los pechos te den la espalda;
cierren tu paso frentes, ojos, ideas.
es tiempo de sonidos que instalen música.
No, no asomes tu río de manos negras.

Por la sangre en el polvo, no entre las venas,
donde nazcas, violencia, maldita seas.

Ah si el violento asume la ley del aire,
si aprieta en hierro impuro vidas y haciendas,
si desala sus pozos de hambre sin dueño,
si desenfunda el cáncer de su inconsciencia.

Por el mundo, qué huida de espesos pájaros,
qué castillo de savias que se derrumban;
en el río revuelto, redes sin nombre,
y en la tierra apagada fieras que triunfan.

¡Pero no! Estamos hechos de sangre viva,
y de huesos más hondos que el desatino;
no hay vigilias que rompan alma de humanos,
ni cinceles, ni látigos, ni colmillos.

Húndete en la ceniza, perra de hielo,
que te trague la noche que te procrea;
por la sangre en el viento, no en su recinto,
dondequiera que nazcas, ah dondequiera,
sin descanso de estirpes, años y mares,
sin descanso, violencia, maldita seas.

 

David Escobar Galindo

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