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Una de Silvano – Geovanni Galeas

Publicado por admin con fecha febrero - 1 - 2012 COMENTAR


Una de Silvano

 

Doña Herminia Perla y Perla de Perla, mi abuela, solía recibirlo en casa rindiéndole un honor que solo dispensaba a dos o tres mortales en el mundo: ponerle de propia mano una gota de perfume detrás de cada oreja, y servirle ella misma un tazón de café negro con una pieza de marquezote.

Escrito por Geovanni Galeas

La Prensa Gráfica – El Salvador

 

Alto y galán, él se arrellanaba en el sillón de mimbre y decía cosas como esta: “Yo muchas veces habré estado preso, Herminia, pero siempre por homicidio”. La explicación buscaba dejar intacto su prestigio de hombre cabal que urgido por una afrenta a su honor, o por una ofensa a los suyos, se había visto obligado en algunas ocasiones a imponer justicia por su cuenta. Llegaba a Jocoro en un caballo negro lustroso y de gran alzada. Usaba sombrero de ala grande, botas altas y revólver niquelado al cinto. Se llamaba Silvano Luna y le apodaban Matasiete.

Era un hombre de los de antes. No sabía leer pero tenía su terrenito, su milpa y algunas reses, y fama de haber sido buen campisto y diestro esgrimista. “En el filo del machete anda el bien y anda el mal, Herminia. Es el trabajo pero también puede ser la muerte. El machete es un conocimiento. Quien no sabe el machete lo agarra solo en son de pleito y ya es finado”, decía.

Había sido durante muchos años el campisto mayor de los Borgonovos afincados por el lado Moncagua. El patrón había traído de Europa un su torito cebú cuatralbo y con lucero en la frente, y le había dicho me lo cuidás como a la niña de tus ojos, Silvano. Él cumplió el encargo con tal solicitud que para la bestia era imposible conciliar el sueño si no lo arrullaba cantándole: “Cortando limitas verdes, me dio sueño y me dormí… Cortando limitas verdes, y acordándome de ti”.

Silvano no era hombre de dolamas pero un día lo dobló la fiebre a fuerza de escalofríos y calambres en las canillas. Como a las 6 de la tarde pidió permiso para ir a que Domitila Galeano, su mujer, le hiciera unos bañitos de guaro macho con canfolitol y hojitas tiernas de guásimo, y agarró camino por veredas profundas en una yegua colorada.

A la medianoche, en el caserío de Silvano se oyó un estruendo de Apocalipsis que sacó de los catres y las hamacas de pita a todos los vecinos. Era el ronco motor del primer automóvil que llegaba a esos montarrascales. Era el patriarca de los Borgonovos en persona quien así se presentaba a la humilde puerta de Silvano Luna, acompañado por cuatro hombres de a caballo.

“El torito se puso malo desde que ya no te sintió, Silvano. Oteaba el aire con el hocico buscándote el olor y mugía como llorando. En la noche ya no aguantó, reventó las manilas, se llevó entre las patas a los jornaleros, saltó los cercos y salió a buscarte, pero hace viento contrario y agarró para otro lado… Te doy lo que me pidás, pero traémelo”, le dijo. Lo único que Silvano le pidió fue el caballo mismo del abatido patriarca de los Borgonovos, “porque al cuatralbo no lo alcanza otra bestia ni por vía de encantamiento, patrón”.

Silvano salió a galope abierto en medio de la oscurana. Ya rayando la aurora divisó en una lomita la esbelta silueta del cebú recortada contra el horizonte. To-to-totouuú… lo llamó a todo pulmón. “El cuatralbo se paró en seco y luego se vino trotando hasta mí, meneando la cola como un perrito. Vos bien sabés que yo nunca he sido hombre de lágrimas, Herminia, pero esa vez sí sentí ganas de llorar, o quizá era el sudor que me picaba en los ojos, quién sabe.”


Tema de Borges – Geovanni Galeas

Publicado por admin con fecha diciembre - 8 - 2011 COMENTAR

Tema de Borges

“Si, como el Griego afirma en El Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo. Y hecho de consonantes y vocales habrá un terrible nombre que la esencia cifre de Dios, y que la omnipotencia guarde en letras y sílabas cabales”. Leí esos versos de Jorge Luis Borges cuando yo aún era adolescente, por ellos comencé a leer Los Diálogos de Platón y por ellos ya no dejé nunca de leer a Borges.

Escrito por Geovanni Galeas

La Prensa Gráfica – El Salvador

Hace poco, Blanca Rubio me trajo desde Argentina un libro de casi dos mil páginas, tan vasto como el Larousse pero más entrañable, que es un tributo a la lealtad sin fisuras, un reconocimiento al genio y a la amistad. Es el diario que Adolfo Bioy Casares llevaba a propósito de su relación cotidiana con Borges: En una de esa páginas Borges confiesa: “Muchas veces emprendí el estudio de la filosofía, pero siempre me interrumpió la felicidad”.

Jorge Luis Borges: un inagotable manantial de sabiduría, un poeta que dio gracias a la divinidad por la caoba y el sándalo, por el pan y la sal, por el olor medicinal de los eucaliptos, “y por el fulgor del fuego que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo, por la Ilíada y por la Odisea”. Jorge Luis Borges, el memorioso, cuyos libros fueron la universidad en que aprendí mi oficio.

Dante Alighieri describió el infierno como un lugar donde ocurren cosas terribles, que apenas vislumbramos en las pesadillas febriles. Distinta es la noción de Franz Kafka, que imagina el infierno como una oficina infinitamente burocrática donde todo radica en un eterno y minucioso proceso que no entendemos ni nos concierne, pero del cual dependemos. Una cosa es un sitio donde suceden cosas atroces y otra cosa es un sitio atroz. De esos sutiles matices está hecha la literatura de Borges.

La mayoría de los seres humanos concebimos el cielo como un jardín donde fluye la leche y la miel, pero para Donato Alfonso Francisco, más conocido como marqués de Sade, el cielo era un burdel absolutamente irrestricto. Farid Hándal me dijo alguna vez que para su hermano, Schafik, el cielo debía ser una asamblea partidaria que durara, en calendario árabe, mil y una noches.

Cada quien tendrá su propia idea del cielo y del infierno. A mí me conmueve de manera particular esta confesión de Borges: “Lento en mi sombra, la penumbra hueca exploro con el báculo indeciso, yo, que me figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca”. Y es que Borges quedó ciego y al mismo tiempo fue nombrado director de la Biblioteca Nacional argentina. Y dice Borges: “Nadie rebaje a lágrima o reproche, esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche”.

Y dice más: “De esta ciudad de libros hizo dueños a unos ojos sin luz, que solo pueden leer en la biblioteca de los sueños los insensatos párrafos que ceden las albas a su afán. De hambre y de sed, narra una historia griega, muere un rey entre fuentes y jardines, yo fatigo sin rumbo los confines de esta alta y honda biblioteca ciega”.

A Borges le gustaban los relojes de arena, los mapas, las etimologías, el sabor del café, la tipografía del siglo dieciocho y la prosa de Robert Louis Stevenson. En una ocasión, en México, allá por los años ochenta y después de una de sus memorables conferencias, me atreví a preguntarle qué pensaba de la guerra civil salvadoreña. Él me respondió muy seriamente: “No sé, aún estoy intentando descifrar lo que ocurrió en Troya, durante aquella otra guerra que cantó Homero”.

Para un escritor joven – Geovanni Galeas

Publicado por admin con fecha marzo - 29 - 2011 COMENTAR

Para un escritor joven

 

Escrito por Geovanni Galeas

La Prensa Gráfica – El Salvador

 En poemas y novelas uno encuentra frases que lo impactan. A veces son sencillas y directas como este verso de César Vallejo: “Un albañil cae, muere y ya no almuerza”. A veces son deliberadamente artificiosas, como este otro de Luis de Góngora: “El sueño, autor de representaciones, en su teatro sobre el mado, sombras suele vestir de bulto bello”.

 

En ambos casos las palabras dicen mucho más de lo que significan en concreto. Más que denotar algo en particular connotan o convocan por asociación una pluralidad de sentidos y sensaciones, como cuando Federico García Lorca, al referir la muerte por apuñalamiento de Antoñito el Camborio, dice: “Y en la muerte daba saltos jabonados de delfín”. Esa es la magia de la literatura.

Pero al igual que las ilusiones de la magia, también esas soberbias construcciones literarias tienen una oculta arquitectura que las rige y las explica. Es en ese sentido que los poetas son los artesanos virtuosos del lenguaje, el cual esculpen con extrema habilidad para crear cada uno su propia música verbal. Y quizá es más propio hablar de alquimia que de magia.

Consideremos esta frase: “Ella se movía con una graciosa torpeza mientras avanzaban en fila los áridos camellos, dijo la voz”. En una primera lectura nos impacta su belleza y no descubrimos los artificios que la sustentan. Jorge Luis Borges no la escribió exactamente así, aunque cada uno de los elementos que la constituyen son borgeanos de manera emblemática.

Si del primer impacto pasamos al análisis surgen tres preguntas: ¿puede ser torpe la gracia?; ¿son áridos los camellos o más bien lo es el desierto en el que se mueven?, ¿lo dijo la voz o el no mencionado dueño de esa voz? Las respuestas nos llevan a lo que conocemos como el estilo borgeano, que en cierto modo es una suma de artificios usados creativa y metódicamente por el maestro argentino.

Aquí se trata de tres figuras o artificios que funcionan respectivamente por oposición (torpeza y gracia), asociación (camello y desierto), y omisión (la voz en lugar del dueño de la voz). La primera figura, conjunción de dos adjetivos de significados opuestos, se denomina oximorón; la segunda, en la que a alguien o a algo se le atribuyen las características de su entorno, se llama hipálage; la tercera, en que la parte se presenta como el todo, es la sinécdoque.

Hay muchas otras figuras, por supuesto, algunas de ellas orientadas a crear cadencias sonoras con aliteraciones o con encabalgamientos, como en estos hermosos versos de nuestro Vicente Rosales y Rosales: “Un lácteo sol con tierna maternidad disipa la hiposa tos del humo que da la bruma gris. Paterno sol de leche, la nata de la bruma brota en la fronda fresca de un árbol, y todo es una plenilunaria palpitación de espumas, que invade en lirios sacros la gracia de tus pies”.

La metáfora, que suele comparar los ojos con los lucros o la cabellera oscura con la noche, es la figura más común, y precisamente a fuerza de uso casi indiscriminado se ha ido empobreciendo con el paso de los siglos. Muchos grandes poetas dejaron de emplearla desde hace bastante tiempo.

Pero que nadie se confunda. Un reloj mide el tiempo, no es el tiempo, del mismo modo en que el mapa no es el territorio. Lo que quiero decir, sobre todo a un escritor joven, es que la preceptiva literaria tampoco es la literatura. Dicho en otras palabras: un poema puede ser desmontado y analizado en sus partes, sin embargo lo ideal es percibirlo casi como una sensación física. Es la diferencia entre entender y sentir. Pero en el arte y la literatura sentir es la forma más alta de entender.

Mi amigo Pablo

Publicado por admin con fecha enero - 3 - 2011 1 COMENTARIO

 

Artículo tomado de “La Prensa Gráfica” de El Salvador

con autorización de Geovanni Galeas y Russo Dylan – Galeas

Uno de mis mejores amigos se llama Pablo Gilberto. No exagero al decir que en cierta forma dependemos

uno del otro en los aspectos más importantes de la vida. Si ambos nos esforzamos ser mejores es porque

sabemos que se trata de una exigencia mutua. Por eso es que sus triunfos también son míos y mis avances

le pertenecen. Por mi parte no hay sacrificio que no esté dispuesto a realizar por mi amigo Pablo. Él se ha

sabido ganar a pulso ese cariño.

Sucede que yo estaba ahí en el momento en que él vino al mundo. Frágil e indefenso, al abandonar el

vientre tibio de su madre, su primer acto vital fue aferrarse literalmente a mi mano. Él no lo sabe, pero

con ese gesto selló conmigo un pacto que va mucho más allá de la biología, y que no podrá romperse

nunca de ninguna manera. Yo entonces velé sus sueños junto a su madre, mis brazos fueron su cuna y su

risa fue mi alegría.

Me parece que no hace mucho que Pablito se soltó de mi mano y se aventuró a dar solo sus primeros

pasos, cada vez más seguros y con propósito más claro. Me parece que no hace mucho que dejó el

lenguaje de la jerigonza, el kínder y los pantalones cortos. Las cuatro o cinco certezas que lo colmaban, y

que le alumbraban por completo el hogar, se le fueron multiplicando en un millón de preguntas que

ahora le enriquecen el mundo, siempre renovado por la esperanza.

A mi amigo Pablo lo he visto hacer equilibrios entre la nobleza y la picardía, entre el esfuerzo y el

desánimo y entre el coraje y el miedo. Lo he visto crecer en cada elección realizada con tino. Me ha

conmovido verlo caer, levantarse, tragarse las lágrimas y seguir resuelto hacia adelante, habiendo

comprendido que hay caricias pero también hay golpes. Así ha ido aprendiendo que el único puente

entre un NO y un SÍ es el esfuerzo propio.

Ahora tiene nueve años y un torrente de sueños en el que se entremezclan los dinosaurios y los cadejos,

el fútbol y los viajes a países lejanos, la sonrisa de una niña bonita que le sacó del pecho su primer suspiro

secreto, la mitología griega y otras historias maravillosas condensadas en libros infantiles, las guerras

intergalácticas de la televisión y una vieja guerra local de verdad, entre hermanos, en la que su padre fue

un subversivo y su abuelo un general del ejército.

En la forja de su propia personalidad, a Pablo le ha tocado ser un poco alumno de Mariana Guadalupe, su

hermana mayor. Pero también le ha tocado ser un poco maestro de Mateo Alberto, su hermano menor. Y

ahí va entre ambos haciéndose un muchacho que sabe que la canción, para que en verdad sea nuestra,

debe ser a coro.

Así ha ido avanzando poco a poco en la casa hasta su propio cuarto, en la escuela hasta el tercer grado, y

en el gimnasio hasta la cinta amarilla con puntas verdes ganada en combate. Este diciembre, Pablo tuvo

una sorpresa desconcertante: Santa no le trajo juguetes. Bajo el arbolito de Navidad solo encontró un

sobre en el que su madre y yo le dejamos un dinero para que fuera él mismo quien decidiera en qué

invertirlo.

Al dedicarle estas letras a mi amigo Pablo, he querido hacer extensivos mis sentimientos hacia todos los

padres y las madres que se sienten orgullosos de sus hijos. Es por ello que trabajamos. Es por ello que

debemos renovar el propósito de ser mejores. Para que también ellos puedan sentirse orgullosos de

nosotros. ¡Que el nuevo año sea de paz y alegría para todos!

Geovanni Galeas

Lenguaje para el asombro

Publicado por admin con fecha noviembre - 7 - 2010 COMENTAR

Dicen (pero don José María Peralta Lagos sabía más), que allá por 1863 un tal alcalde pueblerino e ilustrado como el que más, al calor de una agitada campaña electoral, le endilgó al general González un discurso, cuyo manuscrito aún se conserva poco menos que en doradas letras, y que comenzaba diciendo: “Excelencia, vos que con vuestra seléutrica y vuestra elevada sindéresis habéis salvado el vericueto nacional…”.

Y es que dispuestas de una manera particular, ya en los linderos de la genialidad o de la idiotez, ciertas palabras pueden adquirir una ambigüedad casi perversa, o un halo de misterio, una comicidad extraña o una música difícilmente olvidable. Esas singulares disposiciones verbales suelen ser obra de los niños, los locos, las mentes simples y los poetas. O del azar, del cual se sabe que a fuerza de incesantes combinatorias bien puede erigirse en Homero o bien puede devenir en Sancho Panza.

A mediados de los años sesenta, Álvaro Menéndez Leal puso en un periódico local el siguiente anuncio clasificado: “Escritor genial vende treinta toneladas de semillas de nance bien chupadas, exclusivamente para uso industrial”. Y en un diario mexicano apareció este otro anuncio: “Busco muchacha de adentro que lave y planche, que tenga cartas de recomendación y que por amor de Dios no cante todo el santo día esa canción de María Luisa Landín que se llama amor perdido”.

En una respetable página de la literatura rusa (Los hermanos Karamásov, de Fiodor Dostoievski para más señas), se asegura que cuando por intolerancia religiosa los ortodoxos decapitaron a un tal Efimión Efimiónovich, el buen hombre se apresuró a recoger del suelo su propia cabeza, “y alzándola en sus manos y con los ojos anegados de lágrimas compasivas, se daba dulces besos en los labios a sí mismo”.

Allá por 1986, en el estadio Bernabeu de Madrid, Michel González envió un balonazo hacia el centro del área del Logroñés. Hugo Sánchez se levantó entre las piernas rivales que saturaban la zona caliente, compuso una bellísima figura en el aire y, de chilena, clavó el esférico en un ángulo imposible para el portero. Este último había declarado un día antes: “Ese indio mexicano que ni sueñe hacerme un gol”. El azar vengativo quiso que la palabra “Logroñés”, leída de derecha a izquierda, dijera exactamente “señor gol”, para escarnio eterno del xenófobo guardameta de marras.

En una vieja canción ranchera anónima escuché esta insólita copla: “Elefante, elefantito, que vuelas de flor en flor, si te arrancan la patita ¿te duele mucho, mi amor?”. Sí, claro, al principio uno piensa en Dumbo, el tierno paquidermo de Walt Disney revoloteando en un jardín primaveral, ¿pero cómo explicarse después la repentina crueldad que se ensaña sin motivo aparente en el animalito y, más aún, esa increíble pregunta final que mezcla horror y ternura?

La frase con la que un viejo amigo de mi abuela justificaba los avatares de su vida de corralero mayor: “Porque yo muchas veces habré estado preso, mi querida Herminia, pero siempre por homicidio”. La manera en que don Exaltación Luna elevaba a cuestión metafísica su estado de ánimo de eterno y sospechoso solterón: “Por aquí estoy, como casi siempre, ya lo ve usted, más o menos un poquito regular, entre triste y alegre como nube de canícula o cangrejito playero”.

O un verso anónimo surgido de los morenales paupérrimos del viejo sur de los Estados Unidos: “Si quieres que no beba, deja un beso en el fondo de mi copa”. O un antiguo y siempre vigente refrán nacional que bien podría resumirnos: “Cabal, dijo Varela y faltaban como cien mil”. Una intuición luminosa de la tradición árabe: “Cuando huyes de mí yo soy tus alas”.

La muerte de un poeta

Publicado por admin con fecha junio - 25 - 2010 2 COMENTARIOS

 

La muerte de un poeta

 

Geovanni Galeas

Entrega I 

 

En 1964, Roque Dalton, hijo de un millonario norteamericano y de una humilde enfermera salvadoreña, precoz enemigo de la dictadura, militante comunista, abogado infieri y poeta laureado, sale otra vez de la cárcel y va otra vez al exilio, a Cuba.

Allá conferencias, recitales, ron, instrucción militar, mulaticas preciosas, roce con la crema de la intelectualidad latinoamericana y piano y boleros en casa del famoso chansonnier internacional Bola de Nieve, ya su amigo del alma.

Pero en medio de tanta maravilla no deja de pensar en el paisito, donde el régimen militar amaga una apertura democrática. Y regresa en clandestinidad, cruzando de noche la frontera por un punto ciego. Pero el partido comunista ha tomado en serio la apertura y ha desmantelado su aparato clandestino.

Al poeta se le ordena ganar la legalidad. Pero él –“siempre pensando en encontrar un bar,/ en donde si quitáramos las mesas,/ quepan la madrugada y tú junto a mis ojos”–, sucumbe a la tentación de un trago ahí por la Praviana. Total, sin clandestinidad ni anhelados combates heroicos en el horizonte, qué más da un pecadillo disciplinario. Y a media cerveza viene a pescarlo de nuevo la policía.

El frío de octubre, la gripe que no cesa, la falta de cloropramicina y la soledad de la cárcel es lo de menos. El problema es qué dirán los dirigentes obreros cuando sepan que lo capturaron en un bar.

Ellos, que entre cárcel y huelga se esfuerzan por deletrear los manuales del camarada Nikitín, y a él lo miran de reojo porque va de Althusser a Michaux y de Gramsci a Saint-John Perse. “Comunistas sulfurados de mi país, ingenuos, duros tipos”, se queja Dalton.

Un agente de la CIA se presenta en su celda. Luego de varios interrogatorios estériles el norteamericano advierte: “Diremos que antes de morir trataste de salvar el pellejo y delataste a tus camaradas. No vas a quedar como un héroe para la historia, sino como un traidor”. Y agrega: “Bien sabes que para los dirigentes obreros no eres más que un hijo de puta pequeño burgués, un intelectual rémora, un mierda”.

Te tocaron la vanidad, y eso duele, poeta. Con el alma temblorosa piensas, sin embargo: “Por mí que me descabecen. Al fin y al cabo he caído en manos de esta gente por indisciplinado y bebedor de cerveza”.

Justo entonces un sismo derrumba las paredes de la cárcel, y el poeta famosamente escapa al alba entre los escombros y las garras del enemigo imperialista. De nuevo el exilio.

Se instala en Praga, en calidad de burócrata del comunismo internacional, en una suntuosa oficina a las orillas del Moldava.

Allá, hacia 1965-67, todo parece una eterna primavera con poemas y melocotones, cerveza a cántaros, caviar, elevada hermenéutica marxista y suculentas muchachas rubias que nunca dicen que no.

Ha engordado quince libras y, según anota, “tengo una flotilla de autos y choferes al alcance del teléfono; viajes continuos a Francia, Austria, Cuba y Suecia; una amiga estable y algunas aventurillas de vez en cuando con las estudiantes que cantan a coro en las cervecerías”. Cárcel y exilio, alcohol y mujeres, poesía y revolución lo marcaban para el brillo y para la tragedia.

Entrega II

Hacia 1967, Dalton se encuentra en Praga con su entrañable amigo, el poeta guatemalteco Otto René Castillo; y deslumbra con su erudición marxista al joven filósofo francés Regis Debray. Pero Otto René parte a la guerrilla de su país y Debray marcha con el Che Guevara a la selva boliviana.

El salvadoreño, en cambio, sin heroísmo alguno, recibe una tremenda golpiza en un lío de faldas entre borrachos, y es retratado de una manera poco edificante por el escritor español José Agustín Goytisolo: “Dalton es un poeta disparatado, medio niño burlón y medio guerrillero, un extraordinario conversador y, a decir de las mujeres, gran hombre para la cama (…) y con una gran capacidad de imponerse al alcohol a base de ingerirlo en grandes cantidades”.

Aunque, tragos y faldas aparte, trabajaba simultáneamente en cinco libros de poemas, una novela, una biografía de Miguel Mármol y un extenso ensayo sobre la lucha armada en América Latina, ya no podía más con su imagen de palabrero genial y eterno evadido de la cárcel.

Muchos de sus amigos se sumaban a las guerrillas que comenzaban a proliferar en América Latina, y aunque él se dice a sí mismo que allí también cumple una tarea importante, una pregunta le incendiaba las noches: “¿De qué me escapé yo? ¿De la cárcel del enemigo tan sólo?” Y apunta: “País mío vení/ papaíto país a solas con tu sol/ todo el frío del mundo me ha tocado a mí/ y tú sudando amor amor amor”.

Rompe con los comunistas salvadoreños, que se negaban a tomar las armas, y viaja a La Habana, donde en 1968 declara: “Ya no se trata de fabricarnos coartadas con nuestras cárceles, sudores, cicatrices –y este era el miedo que Regis Debray tenía cuando me miraba beber tanta cerveza en Praga– sino de dar todos un paso hacia adelante”.

El proyecto de incendiar América Latina (“Un, dos, tres Vietnam”), concebido por Fidel Castro y por el Che Guevara, había ya entrado en crisis con la caída del argentino.

Decidido a insuflarle nueva vida a ese proyecto, Dalton se convirtió en uno de sus principales operadores y escribió uno de los documentos capitales del debate político, ideológico y militar de la izquierda latinoamericana en ese momento: ¿Revolución en la Revolución? Y la crítica de derecha, escrito, advierte, “pensando en la ‘operación Che’, inicio proyectado de los Vietanms latinoamericanos”.

Para entonces, Dalton ya no sólo era una de las estrellas de la literatura comprometida de América Latina, sino también un reconocido especialista, teórico al menos, en las experiencias guerrilleras de Vietnam, Corea y los movimientos africanos de liberación nacional. Pero sobre todo, uno de los más respetados ideólogos del proyecto insurgente latinoamericano en su conjunto.

Había sido un poeta que cantaba a la revolución, ahora era un intelectual que la pensaba. Pero aspiraba a más: convertirse en el combatiente que la realizaría. La pluma cedía el lugar al fusil.

En efecto, su “paso adelante” consistió en incorporarse a la guerrilla salvadoreña, concretamente al Ejército Revolucionario del Pueblo: no a la luz fraterna y liberadora que tanto había anhelado, sino a la catacumba en que su asesino lo esperaba emboscado entre las sombras turbias del sectarismo y la traición.

Entrega III

Joaquín Villalobos vivió veinte años al margen de la ley. El ejército nacional puso precio a su cabeza, la CIA conformó un equipo especial para cazarlo, y no es improbable que también la inteligencia cubana haya intentado su aniquilación.
Fue el estratega militar de la guerrilla que en la penúltima década del siglo XX causó más de diez mil bajas a las Fuerzas Armadas salvadoreñas. Pero a lo largo de la batalla nunca lo hirió una bala ni pisó una cárcel.

A finales de 1977, estaba a punto de coronar una carambola genial. Con un solo golpe obtendría tres millones de dólares, el rescate de dos guerrilleros presos y algo del prestigio que su grupo, el Ejército Revolucionario del Pueblo, había perdido por completo.

La debacle había comenzado en 1975. Hasta entonces el ERP había matado o secuestrado a militares, políticos derechistas, industriales y banqueros, pero ese año también el poeta Roque Dalton pasó a la lista de sus víctimas.
Repudiado universalmente por ese asesinato, el ERP se escindió. La fracción de Villalobos sufrió además infiltración policial: diecisiete de sus casas de seguridad fueron descubiertas y varios de sus miembros cayeron asesinados o capturados. Para rematar, el jefe del ERP en ese momento, Alejandro Rivas Mira, se esfumó con el dinero del grupo.

Villalobos asumió entonces la jefatura de esa guerrilla en harapos, reducida a unos cincuenta combatientes sobreviviendo a salto de mata. Su primera decisión consistió en arriesgarlo todo en una operación espectacular: el secuestro de un líder de las finanzas nacionales.

El golpe resultó impecable, salvo por un detalle: en el cruce de fuego con los guardaespaldas del magnate, éste sufrió una herida. El gobierno cumplió las exigencias guerrilleras a cambio de la vida del secuestrado. Pero lo que Villalobos entregó fue un cadáver. Luego diría que la libertad de dos revolucionarios valía más que la vida de un oligarca.

En 1984 dirige un ejército insurgente en Morazán. Pero ha perdido el sueño y quizá pronto pierda la guerra y la vida: el coronel Domingo Monterrosa se ha propuesto cazarlo. Asedia, persigue, cerca y no da tregua con la aviación y la artillería.

Es fama que a esas alturas, en el ardiente tablero de la guerra salvadoreña, Monterrosa es el rey y Villalobos la dama. El coronel ha tomado el asunto en términos personales. Sabe que las fuerzas de su adversario están exhaustas, acorraladas. Y aprieta el cerco.

Los guerrilleros huyen en desbandada, dejando en abandono una mochila ensangrentada de Villalobos y el transmisor de la legendaria Radio Venceremos. El coronel sabe que no es la victoria definitiva. Pero casi. Y quiere que también el mundo lo sepa.

Ordena que suban el transmisor y la mochila a su helicóptero, y con los jefes de sus seis batallones alza el vuelo hacia su cuartel, donde mostrará a la prensa sus trofeos de guerra.

Desde una altura no muy lejana, Villalobos observa con sus binoculares la maniobra. No está herido. Todo ha sido una simulación perfectamente planificada: en el transmisor hay ocho tacos de dinamita. Cuando el helicóptero pasa frente a su punto de observación, ordena el disparo de la señal teledirigida. La nave estalla en una gran bola de fuego, humo y cenizas de un Estado Mayor en pleno.

Entrega IV

Managua, 1990. El comandante Humberto Ortega, jefe de las Fuerzas Armadas de Nicaragua, comparece ante los medios de prensa ordenando a viva voz la captura de Joaquín Villalobos, a quien acusa de traidor, desleal y ladrón.

Ocho años atrás, en 1982, una sigilosa madrugada, Ortega había acompañado a Villalobos hasta una solitaria playa del pacífico nicaragüense. Desde allí zarparía el salvadoreño en una lancha furtiva hacia el frente de guerra, en el norte de Morazán, luego de una gira en búsqueda de armas por varios países socialistas.

Más allá de los imperativos del internacionalismo proletario, ambos comandantes, políticamente pragmáticos y estrategas militares natos, habían trabado una fuerte amistad. Al despedirlo, Ortega le regaló a Villalobos un Rolex y una pistola labrada en plata.

Y ahora Villalobos le ha robado un lote de misiles soviéticos tierra-aire. Con ello lo ha puesto en un grave predicamento personal y a la vez ha comprometido seriamente la seguridad nacional nicaragüense. “Un hombre en guerra es un desesperado. Y un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa”, me explicaría después Villalobos en una entrevista.

En ese momento el FMLN estaba a punto de colapsar por desgaste, luego de catorce días de una impresionante pero infructuosa ofensiva sobre San Salvador. Pero también por la caída del muro de Berlín, la invasión norteamericana a Panamá, la crisis soviética y la derrota electoral de los sandinistas.

A esas alturas, el puesto de mando estratégico de los insurgentes salvadoreños se había desplazado a Managua, lo que había entrado en caos al perder los sandinistas el poder. Villalobos concibió entonces un plan desesperado. Según su análisis, la ventaja táctica del ejército salvadoreño radicaba en la aviación, que impedía la estabilidad en los frentes guerrilleros y obligaba la permanente dispersión de fuerzas.

La única posibilidad de sobrevivir era la tenacidad… y los misiles. Pero estos formaban parte de las armas estratégicas que garantizaban el equilibrio geopolítico en la guerra fría. Ni rusos ni norteamericanos podían ponerlos en manos de fuerzas irregulares. Humberto Ortega, único sandinista que después de la derrota electoral continuaba en el poder, en calidad de ministro de Defensa, los tenía. Y Villalobos, en una operación digna de Hollywood o de la pluma de Le Carré, alargó subrepticiamente la mano.

A los pocos días una aeronave del ejército salvadoreño fue abatida en pleno vuelo por un misil soviético, cuyo número de serie correspondía al arsenal nicaragüense. Los teléfonos del búnquer del general Ortega comenzaron a timbrar incesantemente. Lo mismo sucedía en la oficina de Fidel Castro, en la Casa Blanca y en el Kremlin.

En una casa clandestina situada en la periferia de Managua, Villalobos escuchó por la radio la orden de captura. Minutos más tarde recibió a un lacónico intermediario de Ortega: “Humberto dice que te entregués y que en la cárcel van a negociar”, dijo el hombre.

–Si me quiere capturar ya sabe donde estoy. Pero advertile que voy a combatir. A mí nadie me agarra vivo -respondió Villalobos, mientras se quitaba las botas militares y se calzaba un par de tenis, como en sus viejos tiempos de guerrillero urbano, cuando ignoraba quién era Roque Dalton y tampoco sabía que matar poetas no es precisamente un buen negocio.

Entrega V

Cayetano Carpio y Alejandro Rivas Mira organizaron las primeras guerrillas salvadoreñas en 1970. Carpio, un viejo líder obrero, era secretario general del Partido Comunista, del cual fue virtualmente expulsado en 1969 por intentar volcarlo a las armas.

Empeñados en la legalidad, los comunistas construían alianzas electorales con la Democracia Cristiana. Fueron disidentes de ambos partidos los primeros guerrilleros. Carpio nucleó a los comunistas en las FPL, Rivas Mira a los cristianos radicalizados en el ERP.

Ambos grupos reclamaban para sí el papel exclusivo de vanguardia revolucionaria. Carpio, formado a la vieja usanza en el activismo sindical, más un curso político en la URSS en los años cincuenta, desconfiaba de los jóvenes cristianos, a quienes consideraba pequeños burgueses aventureros.

Rivas Mira, era un dirigente estudiantil con aura de genialidad, que propugnaba un marxismo heterodoxo, asimilado en universidades europeas en tiempos de las audaces renovaciones conceptuales que culminaron con las revueltas parisinas de 1968. Para él la línea soviética resultaba anacrónica.

En suma, las FPL planteaban una larga guerra sobre la base de la alianza obrero-campesina, en tanto que el ERP proponía resolver el problema nacional, a cortísimo plazo, mediante un golpe de Estado en colaboración con oficiales del Ejército Nacional. Táctica proceso contra táctica plan.

Los comunistas, por su parte, alegaban que los guerrilleros eran provocadores al servicio de la CIA, y éstos denunciaban que aquellos los delataban a la policía. La acusación de ser “agente del enemigo” era entonces lo más común y corriente.

Lo grave es que esa “lucha ideológica” se daba en la clandestinidad militarizada y con la policía pisando los talones de todos. La fanatización sectaria y la desconfianza, la sobrevaloración de la capacidad militar y el desprecio al debate intelectual fueron las consecuencias naturales.

Dalton, en Cuba, había roto con los comunistas y desesperaba por tomar las armas. Por trayectoria y afinidad ideológica, lo lógico era que se sumara a las FPL. Pero Carpio le negó el acceso, no sólo por la ya legendaria bohemia del poeta. Tenía, como ya veremos, motivos mucho más graves.

Rivas Mira viajó a La Habana en 1972 y pactó con la dirigencia cubana el ingreso de Dalton al ERP. Ahí comienza la cadena de absurdos. ¿Por qué los cubanos estaban tan interesados en situarlo en una organización no afín ni a ellos ni al poeta mismo? ¿Por qué lo aceptó Dalton, sabiendo que entre él y Rivas Mira había un abismo ideológico? ¿Qué ganaba Rivas Mira al introducir a un adversario en su propia casa?

La ingenuidad o la mala fe han fabricado la imagen de Dalton como un venadito perseguido o un conejillo asustado al que todos maltratan. No. Él era a la vez un poeta irónico hasta la crueldad, un bohemio contumaz y un ideólogo beligerante que había asumido ya el riesgo de morir, sí, pero también el de matar, con todas sus consecuencias.

Era, en viva y permanente contradicción, un artista rebelde y un cuadro político que había jurado reiteradamente sometimiento a la jerarquía y lealtad a la jefatura… pero, ¿quién era su jefe? De sus ensayos teóricos sobre la revolución latinoamericana no se desprende que pudiera serlo Rivas Mira ni Fermán Cienfuegos, y mucho menos Joaquín Villalobos… De nuevo, entonces, ¿qué hacía Dalton en el ERP?

Entrega VI

A finales de 1982 en Quinta Caldera, una casa de seguridad ubicada en el kilómetro 14 de la carretera sur de Managua, Cayetano Carpio me dijo lo siguiente: “Los del ERP no son ni nunca fueron auténticos revolucionarios, son la social democracia más el fusil… y terminarán traicionando la revolución”.

A principios de los setentas, Roque Dalton, como la mayoría de los insurgentes de su generación, estaba convencido de que la revolución latinoamericana necesitaba de un sólo plan estratégico y de un mando único y centralizado cuya encarnación indiscutible correspondía a Fidel Castro. Fidel pensaba exactamente lo mismo. Pero algunos comandantillos locales no lo creían: Douglas Bravo en Venezuela, por ejemplo, o Jaime Bateman en Colombia o Rodrigo Asturias en Guatemala..

En Cuba se hacían esfuerzos para meterlos en cintura, alineándolos por las buenas o anulándolos por las malas. Dalton trabajó arduamente en la primera opción vía debate ideológico. Y en el momento en que el comandante en jefe se decantaba por el Kremlin en la famosa polémica internacional chino-soviética, Alejandro Rivas Mira, fundador y jefe del ERP salvadoreño, firmaba sus primeras acciones guerrilleras con la consigna maoísta “El poder nace del fusil”, en claro desacato a “nuestro señor que está en la Habana”.

Rivas Mira, formado políticamente en Europa al calor de la rebeldía de 1968, condenaba la invasión rusa a Praga mientras Castro la aplaudía y Dalton guardaba un ominoso silencio. Además, si Castro y Dalton recetaban para el sub continente largas guerras de liberación, Rivas Mira se planteaba resolver el problema a muy corto plazo mediante un golpe de Estado. Si aquellos tenían como meta la dictadura del proletariado, éste sólo se planteaba la plena vigencia constitucional en un marco democrático.

Pero Rivas Mira no era un jefe de principios sino de intereses, un
pragmático que hizo escuela (¿no, Villalobos?). Necesitaba reconocimiento internacional, entrenamiento y armas para su grupo, y si los chinos se los daban él era maoísta. Pero si se los daban los cubanos él, sin declararse fidelista, al menos podía aceptar que un hombre de confianza de Castro, Roque Dalton, lo asesorara políticamente, pero sólo eso: cero mando militar para el flamante asesor.

Fue en esas turbias condiciones que Dalton ingresó al ERP. Pero el poeta no era un hombre de prudentes silencios tácticos tan propios de la clandestinidad. El era un inveterado discutidor, curtido en innumerables maratones retóricos madrugueros, alcohólicos y humeantes de cafetín y taberna. Era, en suma, un poeta brillante, un ideólogo lúcido, no un clásico conspirador de puñal bajo el poncho. Sólo que el ERP no era precisamente un cafetín ni mucho menos una taberna.

A su juicio, el plan putchista de Rivas Mira era un disparate, una aberración superable en el debate ideológico. Pero ese plan no era exclusivamente de Rivas Mira sino también de sus más osados lugartenientes: Rafael Arce Zablah, Humberto Rogel y Joaquín Villalobos, jóvenes endurecidos en el combate y cuyo argumento principal era la pistola.

Pero he aquí que el poeta no estaba solo. En el núcleo inicial del ERP también había un grupo de versificadores más que dispuestos a escucharlo: Fermán Cienfuegos, Lil Milagro Ramírez y Alfonso Hernández entre otros. Había que separar el trigo de la paja. Esa era la misión de Dalton.

Entrega VII

Una tarde de 1974, en una casa cercana al parque Centenario, dos hombres discutían a gritos sobre la ominosa cancelación de la primavera de Praga por parte de los tanques soviéticos. Ambos citaban y contra citaban a Althusser, Gramsci, Poulantzas, Rosa Luxemburgo y otros teóricos marxistas. Las posturas eran irreconciliables. Este consideraba la invasión como una infamia; el otro blandía complicados malabares argumentales para justificarla.

Estaban armados y borrachos, y no eran simples polemistas de cantina. Este había sido declarado enemigo público número uno por las autoridades, y las paredes de San Salvador estaban plagadas de afiches con su retrato ofreciendo dinero por su cabeza: era el comandante en jefe del ERP. El otro era su asesor político: Alejandro Rivas Mira y Roque Dalton.

Cuando Joaquín Villalobos, cuarto en la jerarquía de la jefatura guerrillera, entró a esa casa, quedó choqueado. Ahí se había violado, en términos de gravedad máxima, toda la normatividad que regía implacable la vida clandestina hasta el extremo del cianuro obligatorio en caso de captura.

Villalobos había pasado de las protestas universitarias a la clandestinidad insurgente en 1972, a los 21 años de edad. Era el caudillo de un pequeño grupo de jóvenes radicalizados en la experiencia de trabajo social en comunidades marginales. Había estudiado el bachillerato en matemáticas en el Liceo Salvadoreño, bajo la tutela de sacerdotes del Opus Dei, y luego había ingresado a la facultad de economía. En suma, no tenía gran aprecio ni por el comunismo ni por la literatura.

Por eso había integrado su grupo al ERP, cuyo jefe era abiertamente pragmático y anticomunista. Hay que recordar que por esas fechas el partido comunista salvadoreño, bajo la dirección de Schafik Handal, se empeñaba en esfuerzos electorales y fustigaba a los que habían optado por la lucha armada, etiquetándolos bajo la viñeta de ultra izquierdistas. En la Universidad Nacional circulaba un panfleto en que el mismísimo Schafik acusaba al Che Guevara de ser un simple aventurero.

Roque Dalton, comunista y literato que había vivido los últimos diez años fuera del país, entre Europa y Cuba, era un nombre que a Villalobos apenas le sonaba. Aquella tarde sólo era un señor algo panzoncito, bolo y lenguaraz, que se hacía llamar Julio Dreyfus. En adelante, ni Rivas Mira ni el tal Julio gozarían de la confianza y el respeto de él ni de los combatientes bajo su mando.
No es improbable que Nureyev fuera el mejor baletista de todos los tiempos. Pero es seguro que las cualidades que lo afirmaban como tal no le sirvieran en absoluto para sumarse a un equipo de rugby, donde en una tacleada no sólo podría sufrir el deterioro de sus largas, preciosas y esmaltadas uñas. Y aquel ERP de los setenta era, sin duda, mucho más rudo que un equipo de rugby. La suerte de Dalton estaba echada desde el momento mismo de su ingreso.
Cuatro fueron los argumentos, al menos los principales, que el ERP adujo para justificar la ejecución de Dalton: que era agente de la CIA; que había promovido el fraccionamiento del ERP; que era agente de la inteligencia cubana; que era un bohemio irresponsable en el contexto de la lucha clandestina. De las cuatro acusaciones sólo la primera era infundada.

Entrega VIII

Alejandro Rivas Mira acaso presintió la desgracia aquella Navidad de 1973, cuando Roque Dalton, llegado ese mismo día desde La Habana bajo el nombre de Julio Dreyfus, en lugar de mirarlo con temor y respeto y cuadrarse militarmente en su presencia, lo saludó con un desenfadado “¿qué pasó, maricón?”

Rivas Mira era el indiscutido caudillo del ERP, el mítico sobreviviente de “El grupo”, núcleo inicial de la guerrilla. Casi todos los otros fundadores habían desertado o muerto en acción. Él había resistido la oleada represiva. Eso, y una vaga leyenda de revolucionario forjado al calor de combates lo mismo en Guatemala que en El Salvador, en Alemania que en Venezuela, deslumbraban a sus jóvenes lugartenientes, que no cesaban de asaltar bancos, realizar secuestros, matar guardias y dinamitar instalaciones enemigas.

Pero Dalton, que era de su misma generación, lo conocía muy bien y no se tragaba el cuento. De leyenda a leyenda ahí se iban los dos: el uno con su saga de combates imaginaros o no; el otro, con un tambache de poemas y polémicas ideológicas que brillaban en toda América Latina.

Con todo, Rivas Mira estaba contento aquella noche. Luego de la primera gran debacle de muertes y deserciones, había logrado hacer crecer al ERP, al integrar a tres grupos que, aunque distintos entre sí, se unificaban bajo su mando: el de los poetas-combatientes (representados por Fermán Cienfuegos y Lil Milagro Ramírez); el de los políticos-combatientes (Joaquín Villalobos y Rafael Arce Zablah), el de los combatientes puros y duros (Jorge Meléndez y Vladimir Rogel). Muy pocos de esos muchachos pasaban de los 22 años, y todos creían que Rivas Mira era el mismísimo Che Guevara redivivo.

Además, había conseguido el apoyo cubano en armas y entrenamiento militar especializado para sus cuadros. Pero no el respaldo político. Sus devaneos maoístas no lo hacían confiable. Había tenido que negociar ese respaldo a cambio de aceptar a su lado, en calidad de asesor y garantía, a un viejo e irreverente conocido que sí gozaba de la confianza habanera: Roque Dalton.

Pero Rivas Mira desconfiaba hasta de su sombra. A fuerza de una jefatura estrictamente militar y verticalista, exigía el absoluto sometimiento a sus dictados. No discutía: simplemente daba órdenes. Y todos sabían y aceptaban que, en aquellas circunstancias, el incumplimiento de una orden equivalía al fusilamiento sin apelación posible.

Dalton, acostumbrado a tratar con las estrellas políticas e intelectuales de la insurgencia latinoamericana, no estaba para esos juegos de caudillismos de opereta provinciana, y comenzó por libre su propio juego, pero desatendiendo las más elementales reglas de la conspiración. Ese pecado, en el argot de las sectas dogmáticas y fanatizadas, se denomina pomposamente “labor de socavamiento de la confianza en la dirección”, y suele ser la antesala del juicio por traición.

Dalton se ganó la simpatía de los poetas tan rápido como el rechazo de los políticos y los militares. Estaba dispuesto a probar que la capacidad de conducción de Rivas Mira estaba sobre dimensionada. El duelo de poder entre ambos había comenzado. Había que decidirse entre el poeta o el comandante. El ERP era demasiado pequeño para los dos: uno de ellos debía abandonar la jugada o morir en el intento.

Entrega IX

Esa bellísima morena de 22 años, que hasta hace un par de meses estudiaba matemáticas en la Universidad Nacional, ni es una chica frágil ni se llama Mariana. En su cartera siempre hay una pistola y, si es el caso, también puede habérselas con explosivos o con una pieza de artillería. Pero aunque conoce a perfección las técnicas del combate irregular, su verdadera especialidad son los métodos conspirativos: chequeo, contra chequeo, embute, pase y ciframiento. Es una artista del silencio, una virtuosa del secreto.

En el ERP la compartimentación (callar al precio de tu vida lo que sabes y sólo saber lo estrictamente necesario) era una regla cuya ruptura era inconcebible. Por eso ninguno de sus compañeros tenía que saber que su nombre real era Ana Sonia Medina, ni que se había especializado en La Habana, ni que allá se había alojado en casa del famoso poeta Roque Dalton que, según decían, se encontraba en viaje por Vietnam. Nadie podía saber que allá se había encariñado con la mascota de los Dalton, un perrito llamado Ringo.

La otra regla inviolable era la lealtad y el respeto a la jefatura. Y esa jefatura tenía un nombre: Alejandro Rivas Mira. Por eso se desconcertó cuando “Julio”, un compañero cuarentón recién enrolado en la guerrilla, comenzó a preguntarle por los Dalton, por la casa habanera y hasta por las gracias de Ringo.

Y más todavía cuando lo escuchó despotricar abiertamente contra Rivas Mira y le dijo, sin que ella se lo pidiera, que él era Roque, el poeta.

Pero “Julio” era el hombre más culto, alegre y simpático que había conocido, un tipo querible a más no poder. Además, era el compañero sentimental de Lil Milagro, una dirigente por quien ella sentía un cariño especial. Preocupada por la situación, Mariana habló con su responsable, que en ese tiempo se hacía llamar “Chon”, y que no era otro que Joaquín Villalobos. “Esto es grave”, dijo Mariana, “aquí se puede armar un gran problema”.

Villalobos no lo dudaba. Sabía también que “Julio” se echaba sus tragos y que había descompartimentado su identidad con otros compañeros a los que, entre otras cosas, les había comentado que él había realizado trabajos especiales para los organismos cubanos de seguridad. Rivas Mira no tardó mucho en saberlo y comenzó a amarrar navajas.

Sabía que contaba con la lealtad del grupo comandado por Villalobos y Rafael Arce Zablah (los políticos combatientes), y del grupo de Vladimir Rogel y Jorge Meléndez (los combatientes puros y duros), pero también sabía que Dalton había ganado ascendiente entre los poetas combatientes liderados por Lil Milagro, Fermán Cienfuegos y Alfonso Hernández.

En ese momento el ERP estaba envuelto en una doble y compleja discusión que implicaba la vía hacia el poder y la relación entre masas, partido y ejército revolucionario. Para complicar más el cuadro, la posibilidad de asociarse a un sector del ejército nacional, con el objeto de perpetrar un golpe de Estado, puso a las fuerzas guerrilleras en estado de máxima alerta, lo que obligó a la militarización de todas las estructuras. Ese sería el escenario en que se libraría la disputa final entre el poeta y el comandante, y que daría lugar al más trágico de los desenlaces. (Continuará.)

Entrega X

Una madrugada de abril de 1975, Jonás y cuatro combatientes bajo su mando llegaron a una casa clandestina de Santa Anita. La misión consistía en relevar a la unidad que vigilaba a dos prisioneros confinados en cuartos separados, pero libres de manos y pies: Armando Arteaga y Roque Dalton, compañeros acusados de insubordinación.

Colocó el dispositivo de defensa y ordenó a su segundo que verificara la situación de Dalton. Él fue al otro cuarto. “¿Serías capaz de usar eso contra mí”, le preguntó Arteaga, refiriéndose a la pistola. “Si me das el menor motivo no lo dudaría”, respondió Jonás.

(Jonás, en realidad Jorge Meléndez, según muchos el mejor jefe militar guerrillero en el terreno durante la guerra, me lo confirma 28 años después: “Ni en ese momento ni nunca me tembló la mano. Para un combatiente del ERP el cumplimiento de la misión era cosa sagrada. Por eso Arteaga entendió mi respuesta. Esa fue nuestra escuela”.)

En eso escuchó un grito desde el cuarto donde estaba Dalton, y corrió, “¡Este hijuepueta está armado!”, le dijo su segundo. Jonás apuntó a la frente de Dalton. “No disparés”, gritó el poeta, asustado, “yo mismo avisé que tenía el arma”. Jonás le quitó la pistola y mandó que lo sacaran al patio, con la orden de disparar al menor movimiento.

Veintiocho años después, Jonás no sabe explicar cómo es que Dalton estaba armado. Yo tengo una hipótesis: horas antes, Dalton había recibido la visita de Fermán Cienfuegos, hasta entonces segundo jefe político-militar del ERP.

Fue a proponerle al poeta un plan de fuga. El mismo y su grupo ya habían decidido desligarse del ERP. Además, esa casa era la de Lil Milagro, miembro de la Dirección Nacional de la guerrilla, y la unidad a la que Jonás relevó estaba precisamente bajo el control de ella, que era la compañera sentimental de Dalton.

Pero hay otro detalle que Jonás ignoraba: el poeta ya no sólo estaba acusado de insubordinación sino, también, de ser un agente de la CIA. En otro punto de San Salvador, Rivas Mira informaba a su Estado Mayor que Fermán, Lil y otros compañeros habían desertado. Eso, a su juicio, probaba que Dalton había logrado escindir la organización, en cumplimiento de una maniobra de la CIA.

La seguridad de la organización estaba en jaque. Era un imperativo ejecutar a todos los “traidores”. Después de todo, argumentó Rivas Mira, el que Dalton sirviera a la CIA era una afirmación que Cayetano Carpio había hecho ante el mismo Cienfuegos. Cosa de la que éste había dado fe ante el Estado Mayor guerrillero.

Mariana recibió la orden de matar a Lil. Fue a su casa y no la encontró. A los pocos días, se toparon por casualidad en un bus urbano.

Habían sido como madre e hija, pero ambas sacaron disimuladamente sus pistolas y midieron las posibilidades del combate. Inexplicablemente ambas lo dejaron por la paz.

Rivas Mira ordenó el fusilamiento de Dalton y de Arteaga. Para ejecutar la orden eligió a dos hombres: Vladimir Rogel y Joaquín Villalobos. Según Villalobos quien disparó fue Rogel. Pero Rogel fue ejecutado por el ERP cuando ya Rivas Mira había desertado y Villalobos había tomado el mando de la organización insurgente.

Entrega XI

En octubre de 1981, en París, el poeta Roberto Armijo estaba devastado por el dolor. Seis años antes lo había sacudido la noticia del asesinato de Roque Dalton, su hermano del alma. Ahora venían a decirle que el menor de sus hijos, Manlio, había muerto en combate. En realidad, se había suicidado cuando, herido y cercado por un equipo contrainsurgente de élite, protegía en solitario la fuga de otros compañeros.

Pero eso no era todo, su otro hijo, el mayor, Claudio, que había sido secuestrado y dado por desaparecido, estaba siendo atrozmente torturado en una cárcel hondureña.

Cuando lo de Dalton, Roberto había denunciado públicamente a sus asesinos, la jefatura del ERP, a quienes llamó traidores y chacales. En esa denuncia lo había acompañado, con adjetivos igualmente furibundos, el filósofo francés Regis Debray, compañero del Che Guevara en la selva Boliviana y también hermano de Dalton en las letras y los afanes revolucionarios.

La contradicción de Roberto consistía en que sus dos hijos eran comandantes guerrilleros, precisamente en las filas del ERP. Sin embargo, tomó el teléfono y habló con Debray, por entonces número tres en el gobierno de Francia.

Poniendo en movimiento la poderosa maquinaria internacional de sus contactos políticos, Debray logró la liberación de Claudio.

Cuando por fin, después de un intensivo tratamiento clínico de recuperación, Claudio logró encontrarse en París con su padre y con Debray, entre otras muchas cosas hablaron del caso Dalton.

En síntesis, el comandante explicó lo siguiente: Dalton, en efecto, no era agente de la CIA, pero se había embarcado en una pugna de poder contra Rivas Mira. Este último había ordenado su ejecución, misma que había sido consumada por Vladimir Rogel. Pero Rivas Mira había desertado del ERP en 1976.

Luego, la nueva jefatura guerrillera, encabezada entre otros por Joaquín Villalobos y el mismo Claudio, después de una profunda autocrítica respecto de una marcada desviación militarista en la organización, había decido ejecutar a Rogel, quien pugnaba por perpetuar los métodos de Rivas Mira.

“Mi padre y Debray lo entendieron perfectamente”, me dice Claudio, que siguió combatiendo hasta el final de la guerra, “hasta el punto en que ambos siguieron colaborando con nosotros en tareas del frente internacional, y fueron claves en el diseño y la negociación del pacto franco-mexicano, que nos reconoció como fuerza representativa”.

(Pausa)

Las 11 entregas que hasta ahora he publicado en este espacio sobre la muerte de Roque Dalton han sido escritas en el curso de una investigación que aún no concluye. Dicha investigación ha tenido por base una búsqueda bibliográfica y una serie de entrevistas personales con los protagonistas directos de aquel oscuro incidente.

Sin embargo, y aunque las gestiones están muy avanzadas y existen suficientes signos alentadores, todavía no he conseguido el testimonio vivo de tres de los principales protagonistas, incluyendo entre ellos al de mayor relevancia: Alejandro Rivas Mira, que en algún lugar del mundo, en estricto anonimato, guarda en su memoria la información que, por fin, podría aclarar definitivamente la muerte del poeta.

Durante la pausa, continuaré publicando en este espacio trabajos relacionados con nuestra vida cultural.

Pero no quiero cerrar este capítulo sin agradecer a los lectores que me alentaron con sus muestras de afecto en numerosas comunicaciones.

Geovanni Galeas

Publicación autorizada por Geovanni Galeas y Russo Dylan- Galeas

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