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La Tregua – Hugo Villarroel Ábrego

Publicado por admin con fecha junio - 6 - 2011 COMENTAR

 

La Tregua

A veces, ante las exigencias de un mundo hostil en que los principios mutan y sufren aberrancias con asombrosa rapidez, much@s hombres y mujeres valientes deben renunciar aún a las vestiduras que ocultan su intimidad y desnudarse de símbolos que ya no pueden verse como propios. Se abandonan los cánones que el resto de la sociedad reconoce como correctos y respetables, pero que, a fin de cuentas, en muchas ocasiones, no son más que mamparas translúcidas que dejan entrever un fondo hipócrita y servil. El cuento que pongo ante sus ojos y corazones se trata de un ejemplo concreto de eso: de cómo sobrevivir a una realidad odiosa e impuesta por poderes ajenos y con ínfulas de superioridad, la guerra.

 

 

La Tregua
Un cuento por
Hugo Villarroel-Ábrego



―Comandante…

Dejó de escarbarse los dientes y miró al soldado raso que temblaba frente a su escritorio.

Le irritó que el muchachito oliera a miedo.

―Cuádrese, pendejo.

El taconazo asustó al centinela que asomó por la puerta, intrigado.

―Ahora diga qué quiere.

No necesitaba que le dijeran. A medianoche los centinelas habían avistado media docena de hogueras en semicírculo, al otro lado del puente que empalmaba la calle principal del pueblo con la carretera del Litoral. No eran ni las dos de la mañana cuando el número de hogueras se había triplicado.

―…quizá sean unos doscientos hombres, no estamos seguros.

―Está bueno. Retírese.

El soldado ―lampiño, flaco y de mirada triste― se quedó clavado al piso de tablas de la estancia.

Blas Martínez, subteniente de infantería y comandante cantonal, disfrazó de cólera su habitual melancolía. Solo quería desayunar y pasar revista, todo antes que dieran las cinco. Aún así no alzó la voz.

―Me escuchó. ¿Por qué sigue aquí? Usted es Varela, estoy seguro.

―Sí comandante ―se frotaba las manos―, soy Varela… Solo espero órdenes, digo ―se envalentonó―… con estas noticias… esperaba que me diera instrucciones….

―Sí te di una orden… Que te fueras al carajo de aquí, tarado.

Varela cerró los ojos, dio la media vuelta, taconeó con estrépito y se retiró, desvalido pero conforme con su destino, como oveja sin pastor y rodeada de lobos.

Blas era tieso, frío y parco, como lagarto. Se atusaba el bigote hasta hacerse daño, pero solo cuando creía que nadie lo estaba viendo. La carátula de su reloj tenía unos números romanos enormes. Antes muerto que dejarse ver con gafas. Las cero quinientas. Se levantó de la silla, estiró las piernas y bebió de una botella de cerveza tibia que alguien —quizá él mismo— había dejado olvidada sobre el que había sido el escritorio del alcalde.

―Miguelito, venga.

El centinela entró a la oficina, interrogando con la mirada.

―Comandante.

Limpió el gollete de la botella con la manga.

―Venga, tómese un trago. Nos vamos a pasar revista, hay que organizar la defensa… Pero antes…

El cabo Miguel enarcó las cejas. Conocía al comandante y esperaba alguna salida excéntrica.

―Que alguien me caliente la carne que quedó de anoche.

El cabo suspiró, aliviado.

***

―Nos superan quizás diez o veinte a uno…

Blas no se inmutó o al menos fingió indiferencia.

―…Pero nuestra posición es ventajosa, Miguel.

El Comandante escupió.

―Miren… Estamos en altura, dominamos el valle. Además hay pantanos por todos lados… excepto justo acá ―extendió el brazo derecho, en dirección al puente―, y los tenemos a tiro.

Miguel Mancía acarició el cañón de su fusil de asalto G3.

―Se forma un cuello de botella de este lado del puente. No pueden apostar más de tres o cuatro tiradores a la vez mientras nosotros practicamos tiro al blanco.

―No me has dicho de cuánta munición tenemos.

El cabo se rascó la nuca. No sabía mentir, al menos de manera convincente.

―Si no tiramos a lo loco podríamos aguantar dos o tres días.

Blas apretó los dientes. Nunca había estado bajo sitio.

Miraron al norte. Desde la terraza de la Alcaldía la vista era excelente y tan solo las copas de algunos almendros achaparrados estorbaban al escrutinio de los binoculares. Amanecía y las estrellas se apagaban, casi al mismo ritmo de las hogueras de los rebeldes. El campamento asentaba a menos de un kilómetro del río, fuera del alcance de sus rifles. A punto estaba Blas de ofrecer un cigarrillo a Miguel cuando, emergiendo de la bruma, caminando con cautela, un hombre alto de barba cerrada comenzó a cruzar el puente, agitando una pañoleta blanca. El cabo y el subteniente se miraron. Desde el tejado se escucharon los chasquidos del armamento de los francotiradores.

―Que no disparen.

Miguel asintió con la cabeza y repitió la orden, alzando la voz.

El visitante caminaba sin dejar de agitar la pañoleta con la mano izquierda. No se detuvo hasta llegar frente a la entrada de la Alcaldía.

―Soy el Comandante Baltasar, Comandante del Brazo Armado Popular y vengo en son de paz para parlamentar.

Estaba tan cerca que no necesitó alzar la voz para hacerse escuchar.

―Soy el Comandante Blas Martínez… Le sobran cojones, le falta cerebro o ambas cosas…

Baltasar no pudo contener una risotada.

―No olvidaré su frase… Pero tampoco quiero olvidar el por qué de mi visita.

Blas lo escrutó. Baltasar vestía uniforme verde olivo camuflajeado y botas Goohill recién lustradas. No usaba gorra pero llevaba una pañoleta roja anudada al cuello. El insurgente sonreía, con el auténtico deseo de ser agradable. Hizo un gesto amistoso con sus manos, de uñas impecables, tanto como su barba, recortada con esmero. Parecía fuera de lugar, tan anómalo como un payaso en un funeral.

―Disculpe si no lo hago pasar― Blas fracasó, y lo sabía, en su intento de no parecer irónico.

―Al contrario, se lo agradezco, quiero hablar en privado ―su voz pasó a ser un susurro―… Lo que voy a proponer, si usted acepta, quizá no sea del agrado de toda su gente.

Cerró la frase ya sin sonreír pero tampoco fingiendo seriedad.

Blas enlazó sus manos atrás de la espalda y miró la punta de sus botas polvorientas. Casi montó en cólera al descubrir que el recluta encargado de prepararle el uniforme ―maldito Varela― lo estaba haciendo quedar en ridículo de frente al enemigo. Dejó eso de lado no sin esfuerzo y miró a Baltasar con un poco más de detenimiento. Algo le resultaba familiar en esas facciones… “Ninguno de los dos ha llegado a los cuarenta años”, pensó.

―Vamos.

Caminaron hacia donde el índice de Blas había señalado, a una pequeña glorieta en el centro del parque, veinte pasos al poniente del edificio de la Alcaldía. Con un ademán enérgico frenó las intenciones del cabo Miguel de escoltarlos.

―Tranquilo.

Comenzaron a platicar. Morían de calor a pesar de lo temprano, nada raro para esas latitudes. Blas, intrigado, hizo una pregunta.

―Usted es de por acá, ¿verdad?

―De hecho somos paisanos. Nací en este pueblo…

Ahora recordaba. Pero esas facciones, la sonrisa, el acento de su voz aterciopelada no correspondían a ningún Baltasar…

―Ya sé, pero…

―Pero como comprenderá, Baltasar es un pseudónimo… Yo también lo recuerdo, comandante. Hasta puedo decir dónde estaba su casa, el nombre de su madrecita, aún siento en la boca el sabor de los pastelitos que ella vendía los domingos, a tres por el peso.

Blas cerró los ojos, para evocar ―por una vez― un pasado del que renegaba, no tanto por doloroso, como por inútil. “Los recuerdos son como los muertos ―solía decir―, una vez los entierras se los comen los gusanos”: No quería encariñarse con la nostalgia, a su juicio concubina de cobardes y pusilánimes. La imagen de un chiquillo flaco, juguetón y dado a la poesía se le vino a la mente, como un fogonazo.

―Usted es Marcos Cruz.

El Comandante Baltasar afirmó con la cabeza.

―Marcos Evangelista Cruz, ja, un ateo confeso con nombre de seminarista…

Para Blas el bigote era el camuflaje de su sonrisa, casi siempre torcida y sin ganas.

―Y escogió un nombre de Rey Mago, vaya cosa…

―Los Magos no eran reyes y en realidad querían matar a Jesús.

Blas respingó.

―¿Quién carajos le dijo eso? Ah, joder ―sacudió la cabeza, enérgico― mejor dejemos este tema y váyame explicando el motivo de su visita… Supongo que no viene a rendirse…

Baltasar no dijo nada hasta que se sentó en una banca de hierro forjado. Estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.

―Tenemos recursos para acabar con ustedes, pero a un precio tan alto que siento escrúpulos.

Blas se sentó a su lado para conversar sin verlo de frente. A pesar de su veteranía en escaramuzas, cuando hablaba de la guerra siempre miraba hacia el horizonte, esquivo, como si se tratase de algo ajeno, tan distante que podría ser mentira.

―Por cada muchacho que yo pierda se mueren tres de los suyos, Baltasar… Pero sí, ustedes se quedarían con la plaza, tarde o temprano. Si este pueblo de mierda valiera algo para alguien podría decirse que sería una victoria…

Baltasar golpeó sus muslos con las palmas de las manos.

―Justo. Es nuestra tierra querida, pero su valor estratégico es nulo.

―Peor. No queda nada de valor acá, ni siquiera vale la pena defenderlo ―se puso tétrico―… Pero órdenes son órdenes. Si atacan lo defenderemos hasta el último hombre.

―En otras palabras, nos jodemos.

―Nos jodemos todos.

―Sí, nos jodemos. Y eso sin saber cómo van las cosas por la capital, que de esa batalla depende esta guerra, no de lo que hagamos nosotros, pobres comandantes de pueblo o de barranco… ¿Tiene un cigarro, comandante Blas?

Le dio la cajetilla, donde quedaban, huérfanos, un par de cigarrillos. Baltasar extrajo uno, le arrancó el filtro con los dientes, sacó lumbre a un encendedor y fumó, con más ganas de lo usual.

―¿Desde cuándo se quedaron sin tabaco?

―Desde hace rato, Blas… Figúrese: tenemos munición, comida, café, hasta un médico, pero nada de cigarros, nada para quitar la sed, ni medicinas…

Blas miró hacia el edificio de la Alcaldía. Muchas miradas se dirigían hacia la glorieta y sintió como propia la incertidumbre de su tropa.

―Es curioso… tenemos varias cajas de ron, cigarros, requisamos todo lo que había en la botica del pueblo… pero casi no hay nada de comer. Ninguno de la tropa sabe nada de curaciones o como tratar heridas. Si al menos la radio funcionara… o si ustedes no hubiesen tumbado los postes de la luz y el teléfono…

En realidad Blas gozaba del aislamiento, de no recibir órdenes idiotas de superiores marica que manejaban la guerra a control remoto, como trágicos titiriteros.

―Vamos, Blas… Los dos sabemos que lo que pase aquí no le importa a nadie. Tenemos órdenes claras pero no hemos atacado aún porque en el fondo nadie quiere ya pelear, son diez años de agonía, a salto de mata… Y estamos a la espera de noticias… —dio una larga chupada a lo que quedaba del cigarrillo—. Este es ya un pueblo fantasma y ustedes y nosotros, de algún modo, ya estamos muertos, gane quien gane en la capital ―hizo una pausa que hasta a él mismo le pareció dramática, se levantó de la banca y comenzó a pasearse por la glorieta―. Y nadie sabría qué pasó, cómo pasó y por qué todo salió tan mal― de espaldas a Blas contempló el puente y pensó en su gente, agazapada entre los arbustos―.

―Parece que aún siendo enemigos…

Blas se contuvo, arrepentido.

―Vamos, dígalo ―seductor, Baltasar lo invitaba a quitarse la careta.

Resignado, Blas también se puso de pie. Se apresta a cerrar un contrato sin estar convencido, sospechando que lo estafaban pero sin saber cómo.

―Aún siendo enemigos, decía —carraspeó—, parece que lo a nosotros nos falta a ustedes les abunda, y viceversa… Viene por una tregua o a buscar algún tipo de trato… aún no lo entiendo…

Baltasar tenía fuego en la mirada.

―¡Tregua, tregua! ¡Hacernos los locos! Pero esta observación suya me ha abierto los ojos. No basta una tregua… Debemos ser aliados.

Esto lo dijo despacio y muy quedo, como si no estuvieran solos.

Pero sí estaban solos. Y la decisión era de ellos, de nadie más.

***

―Comandante… Hablo en nombre de todos… Si usted quiere, solo si usted quiere… Vayámonos de aquí, por favor, piénselo…

Blas paseó su mirada de un extremo a otro de la habitación. Varela y el cabo Miguel Mancía lo miraban, anhelantes. Todos los demás se miraban las puntas de las botas.

Repasó en su mente todo lo hablado con Baltasar. Era loco pero no imposible. Era traición, pero ninguno de los dos sentía que, en una guerra como aquella, la lealtad fuera otra cosa más que un artículo de lujo, algo de lo que se presume pero que no se necesita y que, a la larga, termina siendo estorboso e inútil.

―Primero lo primero… Mancía ―señaló hacia el puente con un gesto de los labios― organice el canje de provisiones… Yo ―su vista vagó, por un instante por las irregularidades del cielo raso― debo tomar posición según lo acordado.

***

Se encontraron justo en el centro del puente. Iban descalzos, con las camisas arremangadas y las cabezas descubiertas. Se cacharon mutuamente y estaban desarmados. Se dieron la mano.

―¿Va a funcionar, verdad?

Baltasar sonrió.

―Sí, Blas, va a funcionar.

Siguieron su camino, andando con parsimonia y los brazos en alto, cada uno en dirección al campamento enemigo. Llegaron al mismo tiempo y se les recibió del mismo modo, con cortesía y una jarra de agua fresca.

Habían dado instrucciones precisas. Iban a ser rehenes de sus mutuos enemigos para dar garantía de que el canje sería expedito y sin trampas. Precaución quizás innecesaria, era también igual de cierto que el gesto daba una sensación de seguridad a los combatientes de ambos bandos, de por sí aguijoneados por una mezcla de emociones en que el alivio, la incertidumbre y un poco de vergüenza se servían en porciones iguales.

***

No tardaron ni una hora en el trueque y al poco rato los platos del desayuno humeaban en ambos campamentos. Blas y Baltasar volvieron a estrechar sus manos en el puente, ya uniformados y con el estómago lleno. Esta vez las botas de Blas relucían como gemas bajo el sol.

―Marcos… hum… Baltasar… Hablaré con mi tropa… pero creo imaginar lo que van a decir.

Baltasar leía en el rostro de Blas. Cada gesto como una hoja manuscrita de prisa pero con trazo firme.

Iba a decirle que no tuviera temor, que esta guerra terminaría por ignorarlos, que para los estrategas ellos no eran siquiera peones en esa partida de ajedrez, apenas, quizás, las motitas de polvo que se soplan para limpiar el tablero antes del juego. Iba a abrir la boca cuando lo interrumpió la llegada de un jovencito que corría a su encuentro, desde el campamento rebelde.

―Mauro…

Mauro se puso en puntas de pies para hablar al oído de su comandante y le entregó un diminuto radio de transistores.

Blas vio una sombra cubrir el rostro de Baltasar. Se apartó unos pasos para dejarlos hablar a gusto. El chico palidecía cada vez más. Baltasar estaba atento a la vocecilla zumbona que salía de la radio.

―Mauro, regresa y diles a todos que esperen órdenes.

El muchacho chocó talones y trotó con desánimo hacia los vivacs. Los comandantes se dieron cuenta entonces que, a ambos lados del puente, la tropa de ambos bandos los observaba de pie, con evidente alarma. Algunos discutían.

Blas no alcanzó a preguntar.

―La ofensiva fracasó.

Apagó la radio, la tiró al piso y la aplastó con la bota. Los fragmentos de bakelita y circuitos se esparcieron por el asfalto.

―Se jodió la Revolución. Al Comandante General lo ejecutaron esta mañana. La mayoría de comandantes ya se rindió y toda la tropa se está desmovilizando… Lo han dicho hace cinco minutos en cadena de radio y televisión. Es un sálvese quien pueda… Por lo menos mis hombres no tendrán que jugarse el pellejo. Ellos levantan el campamento y se dispersan, pero yo me quedo, por mi honor.

Sacó de la cartuchera su pistola y la ofreció a Blas, suspirando a la vez.

Blas no supo que decir ni hizo ademán de tomar el arma. Aún se sentía aturdido cuando la presencia del cabo Miguel lo arrancó de su ensimismamiento.

Hizo una pequeña reverencia a ambos comandantes y entregó un trozo de papel a Blas. Leyó con avidez y lo hizo trizas.

―Miguelito, esperen órdenes en unos minutos.

Cuando sus ojos volvieron a Baltasar lo sorprendió con el brazo aún extendido.

―No prisioneros, no testigos, nada de nada… El ejército les dará cacería a todos, hasta dar con el último. De nada sirve que sus muchachos se vayan, solo muertos los dejarían en paz.

Baltasar lucía serio, casi fúnebre.

—No dejaría que ni uno solo de mis muchachos peleara sin esperanza… pero es aún peor rendirse sin esperanza.

Blas vio su reloj. No eran ni las diez. Venían refuerzos en camino, dos batallones de infantería. Se le ordenaba resistir, sostener la plaza a cualquier precio. Un precio que él y su gente tendrían que pagar, con sangre y carne chamuscada. Cerró los ojos. Se arrepentía de haber dado la orden de reparar la maldita radio. Pensaba muy duro, procesando las ideas con tanta rapidez que pronto se sintió abatido. Señaló con su índice un punto distante.

―Guarde la pistola. Le invito un café, vamos a la banca del parque y nos fumamos un par de cigarros.

―Solo le pido algo.

―Lo que quiera, Balta.

―Por respeto a mi rango —insistió en entregarle el arma, asiéndola por el cañón― quiero que sea usted el que me vuele la cabeza.

***

El par de cigarros terminó por ser un paquete, pero cuando se levantaron de la banca, al filo del mediodía, ambos lucían serenos. Mauro y Miguel ―convocados hacía apenas un minuto― observaban a respetuosa distancia a sus jefes, sin atreverse a conversar entre sí.

Cada comandante se dirigió a su campamento. Casi a la vez dieron sendos discursos, breves pero emotivos. Nadie de la tropa rechistó. Baltasar ordenó cavar una fosa grande, a un par de kilómetros al norte, cerca de las ciénagas, y allí sepultaron casi todo el armamento pesado y los pertrechos, excepto las provisiones que fueron subidas, no sin esfuerzo, a una carreta que los hombres de Blas habían dejado a mitad del puente, atiborrada con ropas de paisano que habían encontrado en el caserío abandonado. Todos mudaron los uniformes por ropas de civil pero sobraban muchas prendas porque habían sobreestimado su número, y en mucho. Conservaron algunos fusiles de asalto, un par de granadas de mano, todas las armas cortas y para cada hombre un puñado de municiones: “Lo mínimo para montar el escenario” había dicho, enigmático, Baltasar. Luego él y sus casi cuarenta combatientes abandonaron el lugar en dirección al parque del pueblo, buscando refugio a una cuadra de la Alcaldía, bajo los almendros, para fumar a la sombra, dejando a los comandantes parlamentar en privado, de pie bajo el sol.

Blas y sus muchachos también cavaron dos fosas muy anchas y profundas, una a cada costado de la iglesia. Al terminar, Blas se dirigió a Baltasar.

―Sabe que no puedo cumplir la promesa que me pidió.

No esperó réplica, cruzó el parque con paso ágil y llamó a todos sus hombres. Varela repartió por orden suya algunas botellas de aguardiente de caña, que empezaron a circular con rapidez.

―Bueno, todos a tomar sus posiciones, rápido, que cada segundo cuenta… ¡Miguel! ―lo llamó, mientras lo buscaba con la mirada― tráigalo ya y dispárenle aquí mismo ―golpeó con la bota en el suelo, en el centro del parque, de espaldas a la iglesia. Una nubecilla de polvo se alzó y las partículas luminosas danzaron uso segundos antes de asentarse en el suelo.

Se dispersaron. Un minuto después regresó el cabo Miguel.

―Listo, comandante ―señaló a la víctima con su mentón sin afeitar― cuando quiera.

Desde la azotea de la Alcaldía, un soldado apuntaba hacia el parque. Blas saludó a Baltasar con gesto marcial, quien correspondió del mismo modo, sonriendo.

―Miguel, que apunten a la frente, no quiero que sufra.

El soldado vaciló un instante, pero cuando haló del gatillo resultó ser un tiro perfecto. El buey ―enorme pero viejo y flaco― que Miguel había arreado hasta el parque se desplomó al instante y de inmediato lo arrastraron con sogas hasta el patio de la Alcaldía. Blas y Baltasar entraron también al edificio, haciendo señas a sus respectivas tropas para que los siguieran. Cuando ya no quedaba ni un alma en el parque, Blas se dirigió a lo que quedaba de su pelotón.

—Tomen posiciones en el edificio. Disparen a discreción.

Una docena de hombres —aparte de Miguel, Blas y el hombre de la azotea— dispararon varias rondas hasta quedarse sin municiones, dejando orificios de bala en todas partes: la glorieta, las bancas, las fachadas de los edificios alrededor de la Alcaldía. Reían, sin terminar de creer lo que estaban haciendo. Los comandantes se acercaron a los insurgentes.

―Muchachos, nuestro turno. Blas, dígale a su gente que salga de aquí.

***

Cuando se les acabaron los tiros lanzaron las granadas. Carcomida de pequeños cráteres, parte de la fachada de la Alcaldía colapsó, en cámara lenta. Solo se escuchaba el crepitar de las llamas y había polvareda, humo, cenizas y olor a pólvora por todas partes. Sembraron toda la evidencia que les fue posible, mientras hubo luz de día. Soldados e insurgentes salpicaban ventanas, marcos de puertas y el suelo de la plaza con la sangre del buey, cuidadosamente colectada en tarros vacíos de pintura. Pistolas, gorras, pañoletas, cajetillas de cigarrillos, goma de mascar, zapatos, mochilas y cascos se dispersaron por doquier. El centro del pueblo parecía un campo de batalla, pero sin una sola baja, a excepción del bovino que, destazado con precisión quirúrgica y asado a la leña, saciaría el apetito de todos al anochecer.

Cenaron muy tarde. Hubo cánticos, abrazos, borracheras y lágrimas. No más amigos ni enemigos, solo se sentían cómplices en una desgracia que los hermanaba tanto como sus humildes cunas, modestas aspiraciones y ganas de seguir vivos a toda costa, aún de fingir sus propias muertes.

―Blas, creo que llegó la hora.

Las sobras del buey partidas a hachazos y todas las reliquias del festín, así como los uniformes e identificaciones se distribuyeron en ambas fosas. Gasolina y un par de fósforos consumieron todo en unas horas. La tierra volvía a paladas a las fosas humeantes y apisonaron la tierra con frenesí. Un fusil G3 con un casco sobre la culata se plantó en una fosa, en vez de cruz. En la otra eran un AK-47 con una gorra verde olivo.

Las despedidas fueron breves. Nadie quería ver los ojos de nadie, solo deseaban olvidar haber alguna vez estado ahí y seguir adelante, cada quien como mejor pudiera. Antes de las cuatro de la mañana soldados y rebeldes cruzaron el puente hacia la carretera y se dispersaron en todas las direcciones posibles. Los comandantes se quedaron solos.

Amanecía.

***

―Baltasar, no sé si vuelva a verlo, sobre todo en esas fachas ―el comandante guerrillero no pudo encontrar una camisa que le quedara decente―… Así que no se preocupe, no cobraré venganza por lo que va a hacer en este momento.

―Yo si espero encontrarlo un día de estos… En esta vida y no en la otra, por supuesto… ¿Pistola o cuchillo?

―Pistola, por favor, le tengo terror a las armas blancas. Use la suya ―le devolvió el arma, que llevaba al cinto― y tírela al río. A la a mía no le queda ni un cartucho… Y apúrese, ya avisé por radio del desastre que ocurrió aquí… y las tropas tardarán un par de horas, a lo mucho.

Rieron, un poco desganados.

―Versión oficial: los dos resistimos hasta el último hombre. Usted y yo. Usted sepultó a su gente y yo a la mía. Luego nos batimos en duelo y yo perdí pero no me quiso rematar cuando me quedé sin balas y se fue, malherido, a morir quien sabe dónde, con un tiro en las tripas. Todos los demás están cremados y enterrados, en tierra sagrada.

Baltasar tomó distancia, apuntó a la pierna izquierda de Blas y sin que le temblara la mano disparó. La bala atravesó piel y músculo, sin tocar arteria ni hueso, como habían pactado. Luego le dio los primeros auxilios y lo vendó burdamente con tiras de su pañuelo, empapado en aguardiente. Dejó que Blas le pasara el brazo sobre los hombros y lo llevó a las ruinas de la Alcaldía. Lo dejó recostado contra los escombros, justo a un costado de lo que había sido la puerta principal. Puso una pala aún llena de tierra húmeda a su lado.

―Adiós, comandante. Parece mentira, ¿verdad?

Adolorido, Blas aún sonrió una vez más.

―Sí… Imagínese, hemos pasado de militares a sepultureros… Quién diría que para hacer lo correcto, para ser decente se tiene que ser a la vez traidor, mentiroso y desertor… Y para colmo le aseguro que me van a dar una medalla.

―Olvídese de todo, la guerra terminó, Blas.

―Sólo de nombre, hermano, sólo de nombre. Ya habrá revoluciones y contrarrevoluciones de sobra…

—Pero que no cuenten con nosotros, camarada. Adiós.

Baltasar caminó hacia el puente y luego tomó la carretera en dirección al este. Pronto se perdió de vista.

De una bolsa de su camisa de uniforme Blas extrajo una cajita para píldoras. Sacó dos y, triturándolas con los dientes, las bajó con saliva. Quizás al despertar ya estuviera lejos de allí, quizás en una ambulancia militar, con suerte un helicóptero, quizás en una cama de hospital. Y entonces podría contar la historia. Su historia. Y cambiaría su medalla por dos, quizás tres botellas de whisky. Para olvidar, sólo para olvidar.

Galería de Characuaco III – Hugo Villarroel Ábrego

Publicado por admin con fecha junio - 6 - 2011 COMENTAR

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Dalia – Hugo Villarroel Ábrego

Publicado por admin con fecha abril - 3 - 2011 COMENTAR

Dalia

 

Dalia despertó segundos antes que la alarma de su reloj de mesa comenzara a zumbar. La silenció de un manotazo mientras bostezaba.

Seis en punto.

Quiso, como cada mañana, saltar de la cama, pero por alguna razón lo hizo con una parsimonia que en cualquier otro día se le habría antojado impensable. Después de algunos minutos en el retrete ―su intestino tenía precisión de reloj suizo― se duchó a toda prisa y, enfundada en una bata felpuda, preparó su desayuno: un huevo pasado por agua, una tostada con jalea de membrillo y café con leche descremada. Así, con apenas quince minutos para cepillarse los dientes, vestirse ―falda larga, chaqueta y botas― y maquillarse, calculó que podía llegar al trabajo ―apenas a dos calles de distancia― y marcar su tarjeta faltando diez para las siete. Allí acabaría la programación de actividades, pues cada día, sentada ante su escritorio, no tenía la menor idea de lo que iba a acontecer. No es que careciese de agenda: al contrario, cada renglón de su libreta estaba repleto de una letra menuda y angulosa, desde siete a tres. Es que no sabía ―y en el fondo no le importaba en lo absoluto― lo que pudiera acontecer: siempre, al final de la jornada, todo estaría perfecto. Tenía el don de arreglar toda clase de entuertos y por eso escaló rápido hasta la Gerencia General. A ella le gustaba así, saturar cada minuto con actividad. No quería tiempo libre. No quería pensar. Suficiente angustia le causaba imaginar cómo llenaría las horas que transcurrirían desde la salida de la oficina hasta el momento en que tomaría la píldora que la despachaba al subconsciente cada noche a las nueve.

“Hola, jefa, te traigo tu cafecito con leche”.

“¿Descremada?”

“Descremada”.

Aminta, su asistente, pedía así permiso para entrar. Ritual innecesario pero apreciado. Menuda, morena, guapa, usaba tacones de aguja y ropa vistosa con accesorios enormes de fantasía. Nadie más en el mundo la tuteaba.

“Hola, Minnie… ¿Comenzamos?”

“No han venido todos los vendedores…”

Dalia frunció el entrecejo y crispó los puños.

“Dile a los puntuales que pasen a la sala de sesiones, en este momento. Los atrasados se quedan fuera, no importan los pretextos”.

Aminta disimuló su contrariedad. Había protestas callejeras por toda la ciudad ―el sindicato de transportistas pujaba por un aumento de subsidios― y solo los afortunados, como ella misma, y como Dalia, que vivían a pocas cuadras de la oficina, no dependían de los autobuses públicos. Pero recordarle eso a la jefa era invitación al desastre.

“Como digas”.

Dalia entró al sanitario de su oficina, revolvió cosas en su bolso y después de extraer algunos cosméticos retocó, sin necesidad, su maquillaje. Con ambas manos en el lavabo, se miró al espejo por casi un minuto. El tratamiento antiarrugas valía su peso en oro pero era un precio que podía pagar y que, sin duda, rendía sus frutos. Sonrió pero no le gustaba su sonrisa y desde niña había aprendido a taparla con ambas manos. Se sobresaltó al darse cuenta que, a pesar de la sonrisa tantas veces ensayada, este era un día muy triste para ella.

Lo peor es que no sabía por qué.

 

***

 

Antes de las nueve la reunión había terminado y algunos rostros compungidos desfilaban frente al escritorio de Aminta. Ella activó el intercomunicador.

“Dalia, tienes unos veinte minutos libres… ¿Quieres otro café? Te llevaré el periódico.”

“Bueno… Necesito decirte algo. Deja el periódico”.

Aminta sirvió dos tazas y golpeó dos veces la puerta de la oficina con la punta de su zapato. Dalia abrió de inmediato, como si hubiese estado esperando frente a la puerta.

Se sentaron juntas. Ninguna quería hablar primero y después de medio minuto las dos lo hicieron al unísono:

“¿Qué querías…”

“Fíjate que…”

Rieron. La risa de Aminta era ruidosa, casi estridente, mostrando toda la dentadura. Dalia seguía cubriéndose la boca cuando Aminta tomó la palabra.

“Te pasa algo.”

“Me siento rara, sabes que no he estado bien desde Navidad, pero este día algo es distinto y no lo entiendo… Es como si fuera a ocurrir algo importante.”

Aminta se revolvió en su asiento. Puso su mano sobre la de su jefe y amiga.

“Desde la época de colegio eras así… Te acuerdas, sin duda, que esta conversación ya la hemos tenido antes ―como si hubiese recordado algo importante, de repente apretó la mano de Dalia y la miró a los ojos, entrecerrando los párpados―… ¿Estás tomando tu medicina?”

Dalia desvió los ojos hacia el cielo raso.

“Dejé esa mierda hace casi tres meses… No me dejaba pensar, me sentía idiota. Solo tomo la pastilla para dormir”.

Aminta trató de no mirarla como su amiga, o su jefe. Se despojó de emoción para darle un consejo.

“Deberías llamar a tu terapeuta”.

Dalia no dijo nada ni hizo gesto alguno.

Aminta se levantó y un minuto después se sentó de nuevo pero traía una agenda de bolsillo. Después de una rápida búsqueda ―Dalia observaba, inmóvil― señaló algo con el dedo en la libreta y marcó un número en el teléfono del escritorio. Después de dos tonos una voz femenina contestó.

“Doctora, mucho gusto, perdón que le hable a su móvil… Necesito… Me urge un cupo para Dalia Castrejón… Sí… Lo sé… Ay, mi Dios… Perdón… Gracias, esperaremos su llamada, que tenga un buen viaje.”

Dalia miró a Minnie, desolada.

“¿Cuándo regresa?”

“En quince días”.

“Joder”.

“Dejó sustituta.”

“La doctora Valiente.”

“Sí.”

“Esa pendeja insoportable.”

“La misma”.

Aminta, dejando su silla, se acercó a Dalia y de pie, a su lado, le acarició el cabello.

“¿Estás segura que puedes trabajar?”

Dalia intentó contestar pero se contuvo. Iba a decir que sí, que su mente estaba despejada, que solo estaba más triste de lo usual. ¿Por qué? ¿Sería porque no había querido tomar las hormonas? “Mis ovarios se secaron” pensó, hacía una semana, con la receta en la mano, mientras pagaba la consulta de su ginecóloga. Ya en la calle, arrugó el papel y lo tiró por encima de su hombro. Llevaría su menopausia con dignidad, como dijo su madre cuando le dieron la misma receta, en ese mismo consultorio, veinte años atrás.

“¿Te sientes sola?”

Era la segunda pregunta al hilo que iba a dejar sin contestar. Pero era una pregunta válida. El nido estaba vacío desde hacía cinco años. Dos hijas, ambas casadas, sin hijos, con carreras exitosas y buenos maridos, a miles de kilómetros de distancia. Bien por ellas. Pensó en su divorcio y se dijo a sí misma ―por enésima vez―: “Fue la mejor decisión de mi vida”. Él no era malo pero sí infantil, irresponsable y un poco tarado. Le gustaba así pero en el fondo de su alma ―aún frente al altar― sabía que no lo querría para toda la vida.

“Voy a tomarme el día libre”.

Aminta asintió con la cabeza. Sirvió más café para las dos.

“Te acompañara… Pero si no estás solo quedo yo para dar la cara”.

“Por eso no pensaba pedirte que me acompañaras”.

“¿Contestarás el celular?”

Otra buena pregunta.

“Solo si me marcas dos veces consecutivas contestaré”.

“Bien. ¿Necesitas algo? Tengo tu cheque del mes… Incluye un bono y las vacaciones que se te debían desde marzo… ¿Lo quieres?”

Dalia hizo un rápido cálculo mental.

“Dámelo, iré a cambiarlo, quizá quiera irme de compras… Sabes el valor terapéutico del shopping…”

“Ja, ja… Si esperas un cuarto de hora el mensajero lo cambiará por ti y lo depositará en tu tarjeta de débito… Por si te excedes en los gastos, digo…”

 

***

 

El Distrito Comercial lucía abarrotado. Era viernes y tocaba día de pago, por lo que rebaños de compradores entraban y salían de las tiendas, cargados de bolsas y paquetes. Por lo general Dalia caminaba a paso rápido cuando, al grano, resolvía trámites personales. Este día arrastraba los pies y no porque sus músculos y coyunturas se negaran a obedecer las órdenes del cerebro: algo no parecía funcionar en su cabeza. Sin quitar la vista de las vitrinas quería saber por qué este día era tan diferente, como aquellos antes que iniciara el tratamiento para la depresión. Un niño comía un barquillo de helado en una fuente de soda y, a través de la vitrina, él y Dalia cruzaron miradas por algunos segundos. El copo de helado cayó sobre la mesa, el niño vio su barquillo vacío y rompió en llanto. Hasta entonces fue que Dalia se dio cuenta que estaba esperando que ocurriera algo, no sabía qué, una señal, y que esa señal, La Señal, había, por fin, aparecido. Frunció el ceño: tenía sed y el paladar le sabía amargo.

Buscó una calle lateral que le permitiera alejarse del bullicio. Había un bistró, modesto, en la siguiente esquina, un edificio pequeño, de dos pisos, de paredes ahumadas. Empujó la puerta con desgano y tomó asiento en la primera mesa que se le puso enfrente. El local estaba vacío. Un joven flaco, morocho, con pelo ensortijado, ojos tristes y manos enormes dejó sobre el mostrador polvoriento una caja de cartón y se acercó.

“Café con leche, por favor”.

El muchacho iba a decirle algo pero después de unos segundos de incómoda pausa sonrió, complaciente, fue atrás del mostrador, sacudió en el aire un delantal de dudosa blancura y con candor preguntó:

“¿Galletas, bizcocho o pastel?”

Ella miró su reloj de muñeca. Muy temprano para almorzar y además no tenía apetito.

“No, gracias”.

El mesero limpió la mesa con un paño húmedo y extendió sobre ella un mantel a cuadros que sacó de la caja de cartón. Pidió permiso, se retiró y dejó a Dalia sola con sus cavilaciones, más melancólicas que nunca.

Dalia sintió un impulso y no se contuvo. Abrió su bolso de cuero acharolado y dejó caer todo el contenido sobre la mesa, aunque cuidándose de no hacer mucho ruido. Con parsimonia comenzó a acomodar todas sus cosas sobre el mantel, como si construyera un collage con los fragmentos de una vida que, sin haber sido emocionante, había sido buena y carente de aquellas angustias que amargaban a la mayoría de su reducido círculo de amigos y parientes. Por lo menos había sido así hasta el divorcio, esa anomalía que había fracturado, con sus molestas y mezquinas negociaciones, esa paz de la que tanto había gozado desde que tenía memoria.

Ahora que había recibido La Señal, esperaba que se le revelara algo más, debía haber algo más…

“Instrucciones, o algo así, una guía, una ruta… Un camino… El Camino. Eso, El Camino”.

Mientras pensaba seguía ordenando sus cosas, con especial cuidado, sobre la mesa, alineándolas con maniática obsesión por una simetría imposible. Cédula de Identidad Personal. Identidad. “Yo. Ya no puedo ser yo. ¿Quién seré entonces?”

Siguió su tarea. Tres, cuatro, cinco tarjetas de crédito para uso internacional, todas de platino, una tarjeta de débito. Cosméticos. Cigarrillos, encendedor. Parafernalia de mujer de negocios siempre a la carrera. Licencia para conducir ―la foto no le hacía justicia―, carné de identificación tributaria, carné de biblioteca, tarjeta de descuento de Almacenes “La Dalia” ―le hacía mucha gracia que ella y el almacén compartieran nombre― y un cupón de su restaurante de sushi favorito.

“Mesero”

El morocho se puso a su lado de un salto y no encontró lugar para colocar el platillo con la taza de café ni espacio para el consabido vasito de agua mineral.

“Me llamo Emanuel”

Dalia lo miró con intensidad, escrutó cada línea de su rostro. Él se dejó explorar sin mostrar el menor signo de impaciencia.

“¿Puedo escoger?”

Señalaba con la barbilla los objetos cuidadosamente organizados sobre el mantel: se diría que la vida y obra de Dalia estaban en exposición.

Dalia sonrió, esta vez sin cubrirse la boca.

“Solo un objeto… Pero cuidado”.

“¿Cuidado?”

“Recuerda… con tu selección me mostrarás El Camino”.

“¿Recuerda?”

Dalia no contestó.

Emanuel dejó la bandeja sobre el mostrador y, de frente a Dalia, al otro lado de la mesa, cerró los ojos y paseó su mano abierta, muy despacio, a centímetros de la superficie. Tomó algo y lo aprisionó en su puño. Miró a Dalia con ternura. Leía en los ojos de su inesperada cliente el conflicto, el vacío, la levedad de una vida, anclada en un ayer ya irrelevante, ahogada en un hoy tan apacible cómo absurdo y sin un mañana que diera cabida a esperanzas de algo mejor.

“Pido a Dios haber escogido con sabiduría”

Dalia extendió su mano derecha, con la palma hacia arriba. En ella apareció, de repente, el encendedor de plata. Sonrió, malévola.

“Emanuel… Mira lo que has hecho”.

Con las manos sobre la mesa, el mesero acercó su rostro al de Dalia.

“No sé qué va a hacer, ni sé de ‘El Camino’ que usted quiere seguir. Yo solo conozco un Camino, es el que estoy recorriendo… Pero soy responsable de su decisión y no la dejaré sola. Sígame y no pregunte nada, solo sígame”.

Ella lo miró. Se sintió una niña a su lado. Él no llegaría a los treinta, o quizás sí. Se sentía cómoda con él, segura, algo inusual, pues la compañía del sexo opuesto siempre le resultaba angustiosa, a pesar de estar siempre rodeada de zánganos.

“Tráeme un cenicero entonces”.

“Quieres fumar”.

“No, pero necesito algo para las cenizas”.

Cinco minutos más tarde Emanuel y Dalia salieron del bistró. Él echó llave al cerrojo y guardó el manojo en la bolsa de su pantalón a cuadros. Cruzaron la calle, sorteando bicicletas y un par de automóviles. Sin mirar atrás, Dalia apenas podía sostener el paso ágil de Emanuel, que señalaba al cielo con un dedo.

“Allá”.

Desde lo alto de una torre, una cruz de bronce dominaba la ciudad. El sol de mediodía arrancaba destellos insoportables al metal.

Sin identidad, sin dinero, sin documentos… Dalia era, por fin, feliz. De frente a la centenaria puerta de cedro labrado, aún cegada por el resplandor, buscó a tientas la mano de Emanuel para entrar juntos.

“Emanuel…”

Miró en derredor. La gente, indiferente, seguía sus rutinas perfectas, recorriendo calles y avenidas como peces en un cardumen gigantesco, dando vueltas en espiral sin saber por qué. Apenas hubo entrado al templo, sola y desconcertada, lo supo. Estaba por emprender una travesía inédita. El Camino. Su Camino, su verdad, su vida nueva.

A diez calles de distancia, el humo del plástico quemado habría activado la alarma de incendios del bistró si aún estuviese instalada. Afuera, en la fachada, un rótulo: “Cerrado por demolición”. Adentro, en la penumbra, el timbre de un teléfono móvil sonaba, incesante.

Hugo Villarroel Ábrego

 

Galería de Characuaco II

Publicado por admin con fecha abril - 3 - 2011 COMENTAR

Galería de Characuaco II es una colección de fotografías realizadas por Hugo Villarroel Ábrego, quien no sólo nos comparte los cuentos de su autoría, también nos permite subir a esta revista las imágenes atrapadas con su cámara.

Revista LetrA – Z agradece su colaboración

Hugo Villarroel Ábrego

Galería de Characuaco

Publicado por admin con fecha enero - 3 - 2011 COMENTAR

Galería de Characuaco, como el nombre del protagonista de una de sus novelas, pertenece a Hugo Villarroel Ábrego, quien no sólo escribe magníficas novelas y cuentos, también atrapa imágenes de inmensa belleza.

Paisajes, naturaleza, arte, nada escapa a la curiosidad de su cámara y no ha sido sencillo elegir de su extensa producción las imágenes que se comparten en esta galería, son muchas las fotos que no están en esta muestra y que nos gustaría compartir desde esta revista con todos nuestros lectores si el autor nos autoriza futuras entregas de su trabajo

 

 ©Todos los derechos reservados

Ave del paraíso

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 ©Todos los derechos reservados

El Ángel de Praga

Publicado por admin con fecha julio - 7 - 2010 1 COMENTARIO

 

El Ángel de Praga

 

 

Una noche me encontré frente a frente con un ángel. Sí, es verdad, con un ángel. No, no había bebido… Bueno, un par de sorbos de absenta y nada más, lo admito. Dicen que los ángeles no tienen sexo, pero aquella ángel era femenina, y tal era su feminidad que parecía sacarle amplia ventaja a su divina condición. No, no me interrumpan… déjenme contar mi historia… Me sonreía en la penumbra del pasillo, mal iluminado por una lámpara con ahumados vidrios escarlata. No sé, tal vez me concentré tanto en la hermosura de sus facciones -afiladas por el claroscuro- que no había prestado atención a su aureola ni a sus alas blanquísimas. “Dios -me preguntaba- ¿Cómo hablarle a un ángel?” ¿Debía postrarme y, de rodillas, adorarla? O mas bien, sacando provecho a la coyuntura, ¿pedirle pasaporte directo al Paraíso?

Ella no entendió mi idioma, sonreía con cada vez más candor. Rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos y balbuceó algo que tampoco comprendí, sin dejar de acariciarme. Tan cerca, me fijé en el fino brocado de su vestido, un vestido tan corto y transparente que me pareció impropio para tanta divinidad. Su prominente busto amenazaba reventar las costuras del diminuto corpiño… Para entonces, segundos después del fortuito encuentro, sabía que todo estaba perdido para mí.

Sí, amigos, lo admito. En ese momento no era más que un títere, con miles de finos cordeles atados a cada fibra de mi ser. Me miró con esa ternura que solo vemos en los angelitos de los calendarios, acercando su rostro a solo centímetros del mío. ¡Dios! El corazón se me desbocó… Sus dedos, largos y frágiles, limpiaron mi frente, perlada de sudor viscoso: parecían, al tacto, forrados en terciopelo. Habló de nuevo, en un inglés patético de erres enfáticas:

“Don’t worry…”

Pude, por fin, articular unas palabras, medio estranguladas por la emoción de sentirme tan vulnerable, como arcilla entre las manos del alfarero. Solo atiné a decir algo estúpido:

“You’re an angel…”

Ella cerró los ojos. Un remolino de rubor encendió sus mejillas. Tan de cerca, pude ver su aureola de alambre forrado en papel, y sus alas de muselina blanca, discretamente picadas de polilla… Las imperfecciones de un cutis que a primera vista me lució inmaculado, eran ahora claramente visibles y un discreto vaho alcohólico empapaba su aliento. Gentes caminaban a nuestro alrededor, mascullando cosas ininteligibles. Un brindis seguido de un coro de carcajadas se oyó a mis espaldas, en la barra del bar. La música no dificultaba la conversación, pero el ritmo parecía impregnar y hacer vibrar todo a nuestro alrededor. Pero ni en ese momento, ni horas después, huyendo a toda prisa por las calles anegadas de lluvia, mi ángel ni yo teníamos ojos para otra cosa más que nosotros mismos.

“Yes… If you want I can be you’re angel”

El beso -¿ya sabían que iba a haber beso, verdad?- fue tierno, tan delicado como el roce del ala de una mariposa… ¡Hey, desgraciados, no se burlen, un poco de respeto, por favor, sé que se oye cursi, pero juro que es verdad! Pasó su brazo alrededor de mi cuello y sin prisa, me besó, apenas entreabriendo los labios, con los ojos cerrados. Me dejé llevar y también cerré los ojos. Un sabor a cerezas, tabaco y ginebra inundó mi paladar… Y desconecté de mi cerebro toda sensación ajena a ese beso… Amigos, si besar a un ángel es pecado no lo sé, pero valía la pena morir en el intento… Fue entonces que una fuerza colosal me arrancó del éxtasis y me lanzó contra la pared a mis espaldas. Mi cabeza estallaba de dolor… De rodillas, intentaba en vano ponerme en pie…

Ah, muchachos, qué noche… No sé cómo estoy aquí, en una pieza, contando la historia… ¿Un brindis? ¡Claro! ¡Por las angelitas, en especial mi angelita de Praga! Como les decía, ese golpe fue tan demoledor que aún cuando me sentía arrastrado de los brazos por un pasillo oscuro y hediondo a moho, no era capaz de oponer resistencia… Perdí el sentido, quizá no por mucho tiempo… Oía voces, varias voces, me sonaban a ladridos distantes y, cuando los contornos de las cosas empezaron a ganar nitidez, me vi a mí mismo sentado en una silla, con las manos atadas a la espalda. La babosidad se disipaba muy rápido… Y me acordé de mi ángel. No me costó encontrarla, pues antes de verla sus sollozos ya habían delatado que estaba a un par de metros, a mi derecha, de pie, con el rostro escondido entre las manos. Tenía un ala rota la pobrecilla, los jirones de tela se agitaban, impulsados por el aire frío y seco que el ventilador de techo, inclemente, propulsaba a toda velocidad. Había demasiada luz, me quemaba las retinas, pero me fijé, por vez primera, en el desorden de sus cabellos color borgoña y la esbeltez de sus piernas perfectas. Me miró, tratando de sonreír…

“Angel”

Limpió sus lágrimas y el maquillaje barato que se habían corrido sobre su rostro, pálido pero extrañamente sereno. Había sangre en sus labios, y en la mejilla la rojiza huella de una bofetada. Una santa indignación nubló mi ya escaso entendimiento.
“Yes…”

“Help me”

En menos de un minuto, y sin dejar de mirar hacia la puerta de hierro que nos aislaba de mis captores, me liberó de las ataduras. Aún me flaqueban las piernas, de veras, creía que ponerme en pie sería imposible y recosté las piltrafas de mi cuerpo contra una pared… Ella tocó la puerta, tres veces, con cierto ritmo, quizá una clave preestablecida. Un pelirrojo obeso y barbudo, un Hércules enfundado en cuero negro, abrió. Ambos comenzaron a gritar: él, con la yugulares a punto de explotar, me señalaba con el dedo; ella se interponía entre los dos. De entre sus senos apareció un rollo de billetes de banco. Los gritos se tornaron susurros. En menos de un minuto salíamos al pasillo y, tomados de la mano, bajamos a toda prisa los escalones de la interminable escalera de caracol que llevaba, desde el alto del edificio hasta el lobby en donde, dos horas antes, un taxista con cara de pícaro me había abandonado prometiéndome el mejor show de bailarinas exóticas de todo Praga.


“Hurry! Come with me, we are still in danger!”

Había perdido la chaqueta, la billetera, los zapatos y la dignidad. Pero me gané el cielo. Mi ángel no podía volar, de sus alas y aureola solo quedaban armazón de alambre y piltrafas de muselina. Corría entonces, ni modo, amigos, también descalza, sin soltar mi mano, bajo la llovizna. Nos salpicamos de lodo hasta las rodillas. Reíamos. Nos mirábamos a la cara y volvíamos a reír. Bajo un balcón paramos para ganar aliento, tras buenos diez minutos de carrera. Limpió mi rostro con sus manos, que quedaron llenas de sanguaza. Y me besó otra vez. Y otra. Moríamos de frío, estábamos casi desnudos, empapados. Pero aquella noche, bajo el encapotado cielo, huérfano de luna y estrellas, solos contra el mundo, el cielo y el infierno hicieron las paces.

Hugo Villarroel Ábrego 

 

Nacido en 1964, en la ciudad de San Salvador, El Salvador. Su padre es un periodista chileno, pero fue su madre, de nacionalidad salvadoreña, quien le inculcó el amor por la lectura desde muy temprana edad.

Hugo Villarroel Ábrego es médico cardiólogo, internista, ecocardiografista, investigador clínico, editor de la revista de la Asociación Salvadoreña de Cardiología.  Desde 2002, año en que comienza la escritura de su primer novela, se dedica a la literatura en forma paralela a sus actividades profesionales. Ya cuenta con dos novelas publicadas las cuales han recibido  muy buena crítica: “En el nombre de David” y “La última vuelta de tuerca”

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