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Conversando con Marvin Galeas

Publicado por admin con fecha diciembre - 8 - 2011 COMENTAR

Conversando con Marvin Galeas

 

Jamás podría suponer este diálogo como una entrevista, yo lo llamaría charla amena donde el tiempo voló más rápido de lo que hubiera querido, como si dos amigos que se conocen de hace tiempo se sentaran mate por medio a conversar.

Habíamos pactado una hora determinada y ambos nos encontramos antes. El tiempo previo lo usamos para dar una vuelta por un de todo un poco, mi segundo nombre, ese que nadie usa para llamarme en muchos años y me gusta el detalle de haberlo adoptado para dirigirse a mí; su país, el mío, dejar volar la imaginación y hasta soñar con ver un clásico en la Bombonera…

Y se respetó el horario. No pasamos a la tarea que íbamos a emprender hasta la hora acordada. Ese hombre que es escritor y viste camisas blancas, corbata, trajes oscuros y se corta el pelo dos veces al mes, dejó que la conversación caminara por rutas literarias a la hora convenida y me regaló un diálogo enriquecedor

Mi agradecimiento a Marvin Galeas por haber permitido este momento.

 

Leonor Adriana Aguilar

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Adriana – Leyendo datos y trabajos donde se habla de la familia que venís, ¿Es correcto pensar que entre vos y la literatura no hubo un encuentro a los tantos años de edad, sino que desde antes de nacer ya hay literatura en vos?

Marvin – El sentimiento es igual. Si la literatura es recuerdos de antes de nacer, sí la hay.

Adriana – En qué momento dejaste de ser espectador para ser el que escribe

Marvin – Nunca he dejado de ser espectador… veo, siento, pienso luego escribo y sigo viendo

Adriana – Pero a la hora de escribir te transformas en protagonista. Hay relatos tuyos que impactan

Marvin – Espectador en primera fila y no pocas veces me paso de la rayita para tomar parte en el asunto y luego contarlo

Adriana – Lo haces, en cada relato, en cada editorial donde pones tu opinión personal. La historia de los tres libros, que pienso llevar a la revista este mes, es una clara muestra

Marvin – Lo que pasa es que escribo lo que vivo y cuando no lo he vivido me lo imagino a tal punto que casi es vivirlo

Adriana – En tus años adolescentes apareció en tu vida el café Bella Nápoles y un grupo de poetas y escritores jóvenes y seguramente una generación de poetas y escritores mayores ¿Cómo viviste esa época?

Marvin – Con asombro, alegría, intensidad. Tuve la suerte loca de conocer a esa gente maravillosa que a la vez que tomaban tragos, hablaban de Sartre y de Bakunin, de Janis Joplin, Woodie Allen y el Che, que habían leído a Plejanov y las historia completa de la guerra civil española y la mayoría no tenían ni siquiera 23 años. Yo tenía 17 cuando llegué y Geovani 14

Adriana – ¿A quiénes conociste ahí?

Marvin – Los más entrañables, los poetas Jaime Suárez, Nelson Brizuela y Roberto Saballos, los actores Leo Arguello, Saul Amaya y Fidel Cortez. Había escultores, bailarines, músicos. Una generación muy especial

Adriana – Cómo llegaste a reunirte con ellos, el inicio de eso

Marvin – Yo estudiaba en Costa Rica, cuando regresé a finales de 1975, Geovani, mi hermano, me habló de los poetas del Café. Me pareció un mundo distinto al mío… fuimos y me hice adicto al café Bella Nápoles. A sus tertulias de la tardes y los mediodías del sábado

Adriana – Parece un mundo dentro del mismo mundo. Qué aprendiste de ellos

Marvin – La pasión por la vida, la literatura, el arte en general, la amistad, el desenfado, el riesgo

Adriana – ¿Cómo los veía la sociedad? ¿Eran censurados?

Marvin – Sí y mucho. La sociedad arrinconada por el autoritarismo militar, por los miedos, censurada y autocensurada… pero a punto de estallar,,, ese era el momento en que conocí a los poetas del Bella Napoles… casi todos están muertos… la mayoría antes de los treinta

Adriana – ¿Nunca sentiste temor de estar ahí?

Marvin – Sí, tenía miedo. Casi siempre viví con miedo pero aprendí a vivir con eso

Adriana – ¿La poesía de la generación de 98 les caía a ustedes “como al pasto el rocío” debido al momento histórico que se vivía en El Salvador?

Marvin – Sí, había mucha identificación con los poetas españoles de los años previos a la guerra civil en España, pero también había mucha influencia de los poetas y narradores suramericanos contemporáneos nuestros Como Juan Gelman, Eduardo Galeano, Benedetti

Adriana – Con quienes te identificabas más o de algún modo sentiste que te formaron

Marvin – De la generación del 98 con los hermanos Machado, sobre todo Antonio. Su famoso poema autorretrato me ha acompañado siempre. A veces le cambiaba Sevilla por Jocoro, el pueblo donde pasé mi infancia

Adriana – En el Otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez se lee lo siguiente:

” Tiene fiebre en los cañones, no sirve. Nunca volvimos a oírle aquella frase hasta después del ciclón cuando proclamó una nueva amnistía para los presos y autorizó el regreso de todos los desterrados salvo los hombres de letras, por supuesto, esos nunca, dijo, tienen fiebre en los cañones como los gallos finos cuando están emplumando de modo que no sirven para nada sino cuando sirven para algo, dijo, son peores que los políticos, peores que los curas, imagínese, pero que vengan los demás, sin distinción de color para que la reconstrucción de la patria sea una empresa de todos

¿Eso era una forma de ser ustedes? ¿O forma de ser visto?

Marvin – Recuerdo ese fragmento y me daba escalofríos… los militares en todas partes, incluyendo Cuba y lo que fue la URSS, no digamos Argentina y Guatemala veían así a los escritores. Sino que lo digan Asturias, Sabato, Mayacosky y Heberto Padilla

Adriana – Qué relación tuviste con la literatura durante los años de guerra

Marvin – Una relación de mucha ternura, porque le la veía a pedacitos. Para no enloquecerme el recuerdo de lo leído me servía como fusible para evitar el cortocircuito

Adriana – ¿Podías escribir algo?

Marvin- Sí, escribí mucho…. y rescaté poco. Leí algunas novelas inolvidables que llegaban no sé cómo al frente de guerra: Martin Eden de Jack London, El amor en los tiempos del Cólera, Un Mundo Feliz, Gabriela Clavo y Canela, entre otras. Unas las sorbía

Adriana – ¿cargabas la radio y los libros?

Marvin – Siempre andaba un libro en la mochila, uno solo. Hoy con el Ipad ando una biblioteca entera

Adriana – Eso para quienes dicen que todo tiempo pasado fue mejor, como leí en uno de tus editoriales

Marvin – Cada tiempo tiene lo suyo

Adriana – De qué modo influyó la guerra en tu escritura

Marvin – La guerra es horrible… pero fue mi universidad. Para templar mi carácter, para aprender a no aguevarme, sino a hacerle guevo siempre.

Adriana – Qué cambió, qué sumó y qué restó

Marvin – A celebrar ahora cada minuto de vida y por supuesto a escribir con mayor intensidad. Si no hubiese participado en la guerra, hubiera sido quizá un abogado o un periodista exitoso… un viviente. Después de la guerra soy un sobreviviente feliz como el que más de haber salido vivo

Adriana – ¿Recibís muchas críticas por tus escritos?

Marvin – Sí, muchísimas. Pero igual grandes muestras de cariño. Pero los críticos hacen más bulla

Adriana – Cuando digo críticas me refiero a las dos, de la buena y de la mala.

Marvin- La mala crítica hace mas ruido quise decir

Adriana – Qué sentís cuando te cuestionan de ese modo

Marvin – Después de haber salido vivo de las bombas de quinientas libras que me buscaban la piel… una líneas de insultos no me molestan mucho…

Adriana – Te voy a copiar unos versos, no sé si son exactamente así:

Cuando me muera quiero irme con los ojos abiertos
porque presiento, abuelo, que he de oírte tocando
en la orquesta de los muertos

¿Caminan por los rincones de tu memoria?

Marvin – Sí. Me tocaste una tecla de mucho sentimiento. Un poema que escribí hace más de treinta años, un intento de poema más bien, para Juan Pablo Perla mi abuelo

Adriana – Para qué ocasión lo escribiste

Marvin – Poco después de la muerte de mi abuelo, quien era un talentoso violinista. Además tocaba teclados y dirigía el coro de la iglesia… sobre todo un hombre bueno

Adriana – Escribís poesías actualmente

Marvin – No. Creo que la poesía es un arte mayor le tengo mucho respeto, y si no puedo escribir como Lorca, mejor no escribo… y no puedo. Quizá soy demasiado vanidoso en ese aspecto, no es una virtud, es un defecto

Adriana – Me gustaría leer algún poemario tuyo

Marvin – No sé si llegan a un poemario. En mi recuerdo no llegan ni a 20 los intentos

Adriana – Alguna vez me darás ese gusto?

Marvin – Claro, en la medida que los vaya rescatando de algún lado. Algunos están en libros testimoniales como Marcela y la Guerra y Patria Chiquita Mía. Otros tendré que buscarlos

Adriana- Te animarías a recopilarlos para LetrA- Z?

Marvin – No sé

Adriana – Más allá de tu autocrítica los imagino de buena factura y ricos en vivencias

Marvin – Pues dejé de escribir poemas hace muchos años

Adriana – Me darías al menos la posibilidad de pensar en hacer un rejunte de ellos

Marvin – Sí, claro. Tendré que buscarlos Adriana, será como buscar amigos de la adolescencia después de muchos años sin verlos

Adriana – Cuántos libros nacidos de tus manos cuentas en tu haber

Marvin – Seis libros

Adriana – Conozco Crónicas de guerra. Los otros cuáles son

Marvin – Otros son: Sol y acero, El sueño posible, Cómo y por qué Arena perdió las elecciones, Nunca te rindas y uno no publicado

Adriana – Es algo que estás trabajando

Marvin – Puliendo. Una novela sobre la guerra

Adriana – Cuándo calculas que puede ver la luz

Marvin – Abril. Lo he planificado así. No es sobre la guerra exactamente, es sobre dos secuestros

Adriana – Me anoto para leerla.

Marvin – Te mandaré el primer capítulo ahora mismo

Adriana – No sé si hay modo de leer tus libros desde mi país

Marvin – No lo creo. Encontraré el modo de enviártelos físicamente. Te lo prometo

Adriana – ¡¡Te tomo la palabra!!

- Una última cosa

Marvin – Adelante

Adriana – Qué opinión te merecen foros poético literarios como poetastrabajando

Marvin- Me da nostalgia

Adriana – ¿Por qué?

Marvin – Siempre ato la poesía y los foros poéticos a los años anteriores. Ahora paso metido en reuniones y actividades de otro tipo que me alejan de la poesía

Adriana – Siempre habrá un lugar para vos en poetas, sólo debes querer hacerte un hueco y visitarnos

Marvin – Gracias Adriana. Siempre que pueda por allí rondaré

- He pasado toda la mañana hablando contigo y ha sido un enorme placer

Adriana – ¿Alguna cosa que hubieras querido que te pregunte y no hice?

Marvin – No… Preguntaste lo que te salio del corazón. Está bien

Adriana – ¿Algo que desees agregar?

Marvin – ¿Por qué tienes a Mafalda como foto de perfil?

Adriana – Porque amo ese personaje. Tiene un millón de cualidades que son de mi agrado

 

El milagro de unos libros – Marvin Galeas

Publicado por admin con fecha diciembre - 8 - 2011 COMENTAR

 

El milagro de unos libros

 

por Marvin Galeas

 

Aquellos tres libros, gruesos y rojos, jugaron un papel determinante en mi visión de mundo. En ellos estaban condensadas las más bellas obras de la literatura universal. Desde el Don Quijote, pasando por David Copperfield y la Jerusalem Libertada, hasta esas portentosas crónicas de Homero: La Ilíada y la Odisea. Mi hermano y yo pasamos nuestra niñez en un mundo de fantasía, junto a los dioses del Olimpo y sus pasiones por los mortales. Confieso que me enamoré perdidamente de los pies eróticos de Afrodita.

Con la adolescencia nos llegaron Cortázar con la Maga, Dostoievski y sus demonios, Vallejo y su dolor de huesos; Balzac y la condición humana. Pero fueron aquellos tres libros los que nos sembraron una adictiva pasión por la lectura. Un día los ladrones se metieron a la casa de la abuela. Se llevaron entre otras cosas, nuestra amada colección de los tres libros. Quedamos devastados. Un pedazo de nuestra infancia se fue con ellos.

Terminado el Bachillerato, mi hermano se negó rotundamente a asistir a la universidad. Se puso a escribir. Pienso que su vasta formación intelectual no habría sido tal si se hubiese sumergido en ese mediocre mundo de separatas inconexas y de profesores malpagados, anclados en doctrinas superadas por la historia. Yo si fui, por aquella estupidez de que quien no tiene un cartón no vale nada. Me obligaron a leer a autores nacionales con una pobre propuesta estética.

Me torturaron con sociologías delirantes. La Universidad me quitó tiempo para leer.
Entiendo perfectamente por qué pululan por esas calles decenas de ingenieros y licenciados incultos, que no saben expresar sus ideas por ninguno de los modos conocidos. Andan por el mundo como fantasmas con el curriculum bajo el brazo, pidiendo un trabajo “de lo que sea”. Los asustaron con los exámenes y los parciales. Les dieron separatas. Les mataron el placer de la lectura y el aprender por placer.

Una mañana de marzo de 1998, me fui a vagar por el centro de la ciudad. Me metí a una de esas ventas de libros usados. Por un impulso repentino pregunté al encargado por la colección ”El Libro de Nuestros Hijos”. Para mi sorpresa me dijo que si pero que solo tenía dos tomos. Minutos después descubrí el tercero. Estaba todo roto y descuadernado, en un rincón. “Esto es caro, le van a costar doscientos”. Me dijo el tipo. Temblando de emoción le di trescientos. Al abrir las páginas de uno de ellos, vi inconfundible el sello de la familia Perla. Eran mis tres libros rojos, que secuestrados en el oriente del país, habían aparecido casi tres décadas después en una librería de San Salvador.

 

Marvin Galeas

 

LOS PICAPIEDRA Y LA GRAN LITERATURA – Marvin Galeas

Publicado por admin con fecha abril - 19 - 2011 COMENTAR

LOS PICAPIEDRA Y LA GRAN LITERATURA

por Marvin Galeas

Publicación subida a esta revista

con permiso del escritor


Pregunto a los críticos de la violencia en el cine y la tele ¿Es acaso la literatura infantil clásica menos violenta? Charles Perrault cuenta que el malvado Barba Azul asesinó a media docena de sus esposas. La última se salvó por un pelo, gracias a la llegada, in extremis, de sus parientes. Los hermanos Grimm, por su parte, crearon un matrero lobo feroz que devoró a dentelladas a una pobre abuelita y se engulló después a una dulce niña. Caperucita fue devuelta a la vida por un leñador que destazó al lobo. Uno se imagina la sangrienta escena.

¿Y el sufrimiento? Andersen, en la “Pequeña vendedora de cerillas”, relata, ¡en un cuento para niños! cómo una huerfanita muere de la manera más triste en una nevada de Nochebuena. Y qué decir de los terribles maltratos y sufrimientos a los que fue sometida Cenicienta por la malvada madrastra y sus feas hermanastras. No faltará quien vea un fetichismo velado en el “affaire” de la zapatilla que volvió loco al príncipe del cuento.

Allá por los años setenta, recuerdo que alguien armó un escándalo por la desnudez de Modesty Blaise que aparecía en las tiras cómicas de El Diario de Hoy. Se habló hasta de pornografía. ¿Qué es pornografía? ¿El cuerpo humano desnudo, aun en un dibujo, o la mente fantasiosa de quien lo mira? La morena agente de la inteligencia británica creada en el año de 1963, por Peter O. Donell, parece hoy una timorata comparada con los vídeos de, digamos, Shakira.

No comparto para nada es ese desprecio por la cultura popular, llamada peyorativamente “de masas”. Hay, por ejemplo, una innegable y extraordinaria creatividad en William Hanna y Joseph Barbera, los creadores de Los Picapiedras, esa familia de las cavernas que lleva más medio siglo en la pantalla chica. La película es, a mi juicio, horrible.

Una vez, en mis años de militancia revolucionaria, hubo un “cuadro de partido” que me advirtió que Los Picapiedras eran una sutil forma de alienación del pueblo, pues establecen, en la desprevenida mente de los niños, que el modo de producción capitalista es eterno e inamovible. Desde la era de piedra viene fomentando el consumismo con sus cuernófonos, piedriscos, troncomoviles y esas cosas.

En mi adolescencia disfrutaba tanto leyendo las prodigiosas novelas de Julio Verne, como las novelillas del oeste de Marcial Lafuente. Recuerdo, de éstas, una escena en la que el héroe Johnny Río, espaldas anchas, cintura estrecha, ojos grises como la muerte, fue derribado en un “Saloon” por “Cecina” Colter, el más cruel de los pistoleros de Abilene y sus alrededores.

Johnny cayó al suelo. “Cecina” Colter levantó el pie calzado con una enorme bota vaquera para patear la cara del héroe. Entonces Johnny Río, tirado en el piso, con uno de esos movimientos imposibles de seguir con la vista, decía el texto, desenfundó la revolver, apuntó hacia arriba, disparó… y “el mundo tuvo un cojo más.” La frase final es de antología.

De la revista Selecciones traté de aprender, leyendo las secciones de “Dramas de la vida real” y “Libros condensados”, la forma en que se estructura un reportaje y el estilo ameno, directo y claro de su redacción.

Los pasquines y las tiras cómicas fueron para mí muy preciada fuente de estímulo para la imaginación: Linterna verde y su maravillosa sortija; Superman derrotando siempre al malvado Lex Luthor; Flash, el rayo escarlata, que daba la vuelta a la Tierra en sólo siete minutos; La Mujer Maravilla y su lazo mágico. Todo un escándalo de fantasías.

Cruzando el borde de la infancia hacia la adolescencia, era un adicto a las historietas de El Fantasma, el héroe creado por Lee Falk. El primer Fantasma había jurado, hace siglos, ante la calavera de su padre asesinado por los piratas, dedicar toda su vida a combatir la injusticia. Desde entonces todos sus descendientes, hasta nuestros días, han hecho lo mismo.

El último Fantasma, aunque vive en plena jungla, se educó en Oxford y es casado con Diana Palmer, funcionaria de las Naciones Unidas.

Ya en la adolescencia, leyendo Hamlet y Don Quijote de la Mancha, comprendí que Lee Falk jamás habría creado su héroe sin antes haber leído a Shakespeare y a Cervantes. Harold Foster tuvo que haber sido un fanático de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel para crear al Príncipe Valiente, todo un clásico de las historietas.

Sospecho que los que desprecian la llamada cultura popular tampoco han leído la gran literatura

El poder de las fantasías – por Marvin Galeas

Publicado por admin con fecha febrero - 24 - 2011 2 COMENTARIOS

El poder de las fantasías

 

por Marvin Galeas

El Diario de Hoy – El Salvador

23 de Febrero de 2011

 

Y después de todo ¿qué es una novela? Es una gran fantasía. Total o parcial, pero fantasía al fin y al cabo. Los dramáticos y épicos episodios narrados en La Guerra y Paz, Los Miserables y el Conde de Montecristo, sólo ocurrieron en las prodigiosas mentes de Tolstoi, Víctor Hugo y Dumas. La profunda y resignada melancolía del coronel Aureliano Buendía, tan peligrosamente contagiosa, fue inventada por el genio de Gabriel García Márquez.

¿Quién no se sintió estremecido con la atormentada vida de Rodión Romanovich Raskolnicov, creada letra por letra por Dostoievski en Crimen y Castigo? ¿A quién no puso nervioso las ambiguas actitudes del veleidoso Julián Sorel en la gran ficción sicológica imaginada por Stendhal en Blanco y Negro? ¿Por qué se escriben novelas? Y más importante aún ¿por que leemos novelas a sabiendas que vamos a leer, no una biografía, sino una mentira?

Desde el momento mismo que uno comienza a leer una novela, se establece un pacto secreto entre el escritor y el lector. Saben que el libro es una ficción, pero ambos fingirán que se trata de la más solemne de todas las verdades. Hay ciertos pasajes de novelas que permanecen en la memoria con más raigambre que episodios de la vida real. Me pasa a mí, por ejemplo que, cuando tuve la fortuna de caminar por la calles de París, tenía la certeza que ya las había recorrido. Me era familiar casi todo.

Las calles de Montparnasse, en la margen izquierda del Sena, me eran tan conocidas porque las veía con los ojos de Julio Cortázar, el más francés de los argentinos. (Nacido en Bruselas, por cierto). Había conocido París en Rayuela mejor que un mapa o que en una fotografía. Hasta los olores y colores del ambiente bohemio del viejo barrio parisino y los resplandores del legendario río que atraviesa la ciudad me resultaban tan familiares.

Probablemente la novela no haya sido el fuerte de Mario Benedetti como escritor, pero no cabe duda que Avellaneda es una de las mujeres más bellas, intensas y sensuales creadas en la literatura latinoamericana. Alguien con espíritu deportivo me dijo “se van a los penaltis con La Maga de Cortázar”. Otros cien pesos es la novela erótica. Aquel o aquella que no ha sentido al menos un acelerón de corazón leyendo algunos pasajes de Las Mil y Una Noches, para no mencionar las Edades de Lulú de Almudena Grandes, debe tener serios conflictos con la naturaleza misma.

Las fantasías literarias, aún aquellas basadas en hechos históricos, suelen tener igual o mayor peso que la historia misma, porque cada palabra y cada línea de la gran literatura están escritas por los dedos, el intelecto, el talento y el alma desnuda del escritor. El escritor que cuando describe una batalla trasciende el ruido de los cañones y el heroísmo sin límites de los combatientes para hacernos sentir el olor de la pólvora y la adrenalina quemándonos la piel.

Que cuando nos describe el amor, va más allá de piel y sudor, corazón y pasión, para ponernos en vitrina de lujo a los lectores los más recónditos recovecos del insondable corazón humano. Es por esa magia que tiene la cosa literaria de narrar cosas sencillas y cotidianas para ponernos a meditar sobre los grandes temas que desde siempre han inquietado a la humanidad: Dios, el sentido de la vida, la muerte.

En gran medida las respuestas a las preguntas planteadas arriba, las expuso Mario Vargas Llosa, en su ensayo: “La Verdad de las Mentiras”. Y nadie mejor que Vargas Llosa, brillante pensador y novelista, orgullo latinoamericano, para elaborar tan agudos razonamientos sobre las ficciones literarias. ¿Y a qué viene esto de escribir sobre novelas? Ya oigo la pregunta. Ya me la hicieron, más bien.

Pues es que estoy leyendo y gozando la que puede ser la obra cumbre de Vargas Llosa, precisamente, “El Sueño del Celta”, antes creía que era la “Guerra del Fin del Mundo”; pero a juzgar por las primera páginas de la obra citada comienzo a ponerlo en duda. Cualquiera que lea esta novela se verá de alguna manera reflejado en el protagonista, Roger Casement, que es varios hombres y varias personas al mismo tiempo. Magia de la gran literatura.

Y es que como dijo Sábato, lo cito una vez más en este espacio, “la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma, quizá la más completa y profunda, de examinar la condición humana”.

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