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		<title>In memoriam</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2012 00:10:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Destacados]]></category>
		<category><![CDATA[NotiCultura]]></category>

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		<description><![CDATA[El 15 de mayo ha fallecido uno de los grandes de la literatura hispanoamericana. Con la muerte del escritor Carlos Fuentes, México pierde a uno de sus más grandes escritores. Aunque sus padres eran mexicanos y de ellos había heredado la nacionalidad, Carlos Fuentes Macías nació en Panamá, el 11 de noviembre de 1928. Como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/carlos-fuentes-in-memoriam.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-2175" title="carlos fuentes in memoriam" src="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/carlos-fuentes-in-memoriam.jpg" alt="" width="650" height="250" /></a></p>
<table width="100%" cellspacing="0" cellpadding="5">
<tbody>
<tr>
<td valign="top" width="85%" height="100%">
<h3>El 15 de mayo ha fallecido uno de los grandes de la literatura hispanoamericana. Con la muerte del escritor Carlos Fuentes, México pierde a uno de sus más grandes escritores.</h3>
<h3>Aunque sus padres eran mexicanos y de ellos había heredado la nacionalidad, Carlos Fuentes Macías nació en Panamá, el 11 de noviembre de 1928. Como su padre ejercía como diplomático, pasó su infancia en varias ciudades de todo el continente americano.</h3>
<h3>Se graduó en Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, y en Economía, en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra.</h3>
<h3>Desde muy joven colaboró como periodista en la revista Hoy, y empezó a escribir obras, como &#8220;La muerte de Artemio Cruz&#8221; y &#8220;Aura&#8221;, consideradas dos excelentes novelas de la literatura hispanoamericana, de la que fue uno de sus más ilustres representantes.</h3>
<h3>Durante muchos años estuvo nominado para el Premio Nobel de Literatura pero nunca se lo dieron, a pesar de que ganó otros prestigiosos galardones como el Cervantes y el Príncipe de Asturias.</h3>
<h3>Muy aficionado al cine, escribió diversos guiones, para títulos como Las dos Elenas, Las dos cautivas, Un alma pura y Tiempo de morir, este último junto con García Márquez y Roberto Gavaldón, director del film. También escribió la adaptación de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, para la versión cinematográfica dirigida por Carlos Velo.</h3>
<h3>También varias de sus obras fueron adaptadas a la pantalla, como La cabeza de la hidra y Gringo viejo.</h3>
<p><strong>En memoria de Carlos Fuentes la bandera de poetastrabajando.com Foros Poético Literarios™ permanecerá a media asta por 30 días</strong></td>
</tr>
<tr>
<td valign="bottom" width="85%">
<h3> </h3>
</td>
</tr>
</tbody>
</table>
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		</item>
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		<title>Julia Prilutzky Farny</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 14:42:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[Julia Prilutzky Farny Julia Prilutzky Farny nació en Kiev, Ucrania, en 1912 y se radicó en Argentina a muy temprana edad. Pasó parte de su niñez en Salamanca, España. Cursó estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA y fue discípula de Alberto Williams en el Conservatorio Nacional de Música. Fue [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></br></p>
<h1 style="text-align: center;"><span style="color: #ff99cc;">Julia Prilutzky Farny</span></h1>
<p></br></p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #ff99cc;"><a href="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/j-p-f.jpg"><img class="alignnone size-medium wp-image-2148" title="j-p-f" src="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/j-p-f-223x300.jpg" alt="" width="223" height="300" /></a></span></p>
<p style="text-align: center;">
<p></br></p>
<h3><strong>Julia Prilutzky Farny</strong> nació en Kiev,  Ucrania, en 1912  y se radicó en Argentina a muy temprana edad. Pasó parte de su niñez en Salamanca, España.</p>
<p>Cursó estudios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA y fue discípula de Alberto Williams en el Conservatorio Nacional de Música. Fue redactora de La Nación; El Hogar; Para Ti, El Mundo, Mundo Argentino y Clarín. Inauguró la cátedra de Literatura Hispanoamericana en las Universidades de Madrid y Salamanca y dictó cursos y conferencias en universidades de la Argentina y de Latinoamérica.</p>
<p>Es una de las más caracterizadas representantes de la generación poética argentina del &#8217;40.</p>
<p>Fundó la revista cultural &#8220;Vértice&#8221; y en 1941 recibió el Premio Municipal de Poesía por su libro &#8220;Intervalo&#8221;.</p>
<p>En su obra predomina —casi en exclusividad—, el tema del amor, plasmado por los más profundos sentimientos y en imágenes de sutil belleza y originalidad, desde su poemario inicial hasta el último de sus libros.</p>
<p>Su bibliografía en verso data de los siguientes títulos: &#8220;Viajes sin partida&#8221; (1939), &#8220;Intervalo&#8221; (1940), &#8220;Sonetos&#8221; (1942), &#8220;Comarcas&#8221; (1949), &#8220;Patria&#8221; (1949), &#8220;Canción para las madres de mi tierra&#8221; (1950), &#8220;El escudo&#8221; (1954), &#8220;Este sabor de lágrimas&#8221; (1954), &#8220;Obra poética&#8221; (1959), &#8220;Hombre oscuro&#8221; (1963), &#8220;Quinquela Martín&#8221; (1974) y &#8220;Antología del amor&#8221; (1975), &#8220;, volumen que contenía seis libros editados entre 1939 y 1967. Parte de estos poemas son incorporados a la telenovela &#8220;<em>Pablo en nuestra piel</em>&#8220;, de Alberto Migré. Esto hace que se convierta rápidamente en un &#8220;best seller&#8221; vendiendo 180.000 ejemplares en cuatro años y 80.000 más en la década siguiente que llegó a vender, sólo en Argentina, más de 100.000 ejemplares.<br />
Falleció en Buenos Aires el 8 de marzo de 2002.</h3>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">POEMAS</span></h2>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">Un día te querré&#8230; Un día: ¿cuándo?&#8230;</span></h2>
<div>
<h3>Un día te querré&#8230; Un día: ¿cuándo?<br />
No lo sé, ni me importa, todavía.<br />
Tan segura de amarte estoy, un día,<br />
que ni anhelo ni busco, voy andando.</p>
<p>Mi mano que la espera va ahuecando<br />
hoy reposa indolente, blanda y fría.<br />
Un día te querrá&#8230; Hoy sólo ansía<br />
encerrarse en la tuya, descansando.</p>
<p>Mi amor sabe aguardar. No es impaciente:<br />
su deseo es arroyo, y no torrente<br />
que hacia ti, con certeza, sigue andando.</p>
<p>Y una tarde cualquiera y diferente<br />
me ha de dar a tu amor, serenamente.<br />
Un día te amaré: ¿qué importa cuándo?</h3>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">Viaje sin partida</span></h2>
<div>
<h3>No amarse ahora, pero haber amado.<br />
Y encontrarse otra vez, recuerdo grave<br />
como el de alguna flor de aroma suave<br />
que se mustia en un libro ya olvidado,</p>
<p>Va surgiendo el recuerdo desvelado:<br />
una palabra, un gesto&#8230; Es una clave<br />
que nadie descifró, que nadie sabe;<br />
recinto nuestro, cántico inviolado.</p>
<p>Estamos en silencio, frente a frente.<br />
Y sin verte, yo sé que me has mirado<br />
con no sé qué recuerdo transparente</p>
<p>en los ojos lejanos&#8230; No has cambiado.<br />
Y es dulce estarse así, indolentemente,<br />
pero no amarse ya. Haberse amado.</h3>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">Lluvia</span></h2>
<p><span style="color: #ff99cc;"><br />
</span></p>
<h3>Llueve otra vez. Llueve<br />
de nuevo. Llueve:<br />
siempre el amor me llega<br />
con la lluvia.<br />
Sobre la calle una<br />
llovizna breve<br />
y aquí en mi corazón, cómo diluvia&#8230;</p>
<p>Llueve. Y el agua cae sin relieve<br />
sobre las piedras, ávidas de lluvia.<br />
Aquí en mi corazón, cómo remueve;<br />
aquí en mi corazón, cómo diluvia.</p>
<p>Siempre el amor me llega así. Sin ruido,<br />
con silencioso paso estremecido:<br />
niebla menuda que después diluvia.</p>
<p>Siempre el amor me llega así, callado,<br />
con silencioso andar desesperado&#8230;<br />
Y no sé dónde estás. Y está la lluvia.</h3>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">Yo le diría, amor, yo le diría&#8230;</span></h2>
<div>
<h3>Yo le diría, amor, yo le diría<br />
que no esté tan seguro de su abrazo,<br />
tan fuerte de mi pena,<br />
tan firme de mi lágrima.<br />
Yo le diría, amor, que no me duela<br />
con la certeza de tenerme tanto<br />
porque yo sé también cómo te pierdes<br />
sin un reproche, sin una palabra,<br />
a veces, casi, casi con dulzura<br />
y de pronto, no estás. y no está nada.<br />
Yo le diría, amor, yo le diría<br />
que no se sienta fuerte de mi llanto,<br />
que la pasión se hunde<br />
como arena en el agua;<br />
que tenga miedo, amor, como yo tengo<br />
de la noche sin alba,<br />
de las hojas que aún parecen vivas<br />
y ya no tienen savia,<br />
de ese momento cuando se atraviesa<br />
el borde del espanto,<br />
del despertar sin recordar siquiera,<br />
del límite entre el muro y la esperanza.<br />
Yo le diría<br />
que llegará una tarde sin mañana,<br />
la tarde en que la lluvia sólo es<br />
agua:<br />
apenas una cosa entre las cosas.</p>
<p>Y tengo miedo, amor. Y estoy callada.</h3>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">Yo no sé todavía cómo existe&#8230;</span></h2>
<div>
<h3>Yo no sé todavía cómo existe,<br />
cómo ha venido a mí y está creciendo<br />
la indócil llamarada que no enciendo<br />
y esta emoción que tiembla y que persiste.</p>
<p>No sé si estar alegre o estar triste,<br />
ya no entiendo la voz sino el acento,<br />
ya no busco ni espero ni presiento:<br />
apenas sé que estoy. Que está. Qué existe.</p>
<p>Pero cómo saber si es sólo un juego:<br />
neblina, soledad, engaño, fuego.<br />
¿Es un juego? Pues bien, hay que jugarlo</p>
<p>con una dulce complacencia esquiva<br />
o una total entrega fugitiva.<br />
¿Y si fuera el amor? Hay que aceptarlo.</h3>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">No es el amor, lo sé&#8230;</span></h2>
<div>
<h3>No es el amor, lo sé,<br />
pero es de noche<br />
y yo estoy sola, frente<br />
al mar que espera<br />
con las uñas viscosas<br />
de sus algas<br />
y el sello de la sal sobre sus piedras:<br />
sin cesar, desde el agua y las espumas<br />
mil ramajes de brazos me recuerdan<br />
que aguardan todavía<br />
tendiéndome su ausencia.<br />
Las mismas olas que devoran barcos,<br />
que van hundiendo mástiles y velas,<br />
tiran siempre de mí<br />
salvajemente<br />
ceñidas, enroscadas, como cuerdas.</p>
<p>No es el amor, lo sé, pero qué importa:<br />
tiene su mismo rostro hecho de niebla<br />
y su temblor febril y su acechanza,<br />
tiene sus manos blandas que se aferran<br />
con dura precisión.<br />
Tiene su misma insólita presencia<br />
con el prestigio de un fulgor pasado<br />
y la futura soledad que empieza.<br />
Tiene sin duda del amor la insidia<br />
y el desgajado abandonar reservas<br />
hasta quedar desnudo<br />
como un árbol reseco.<br />
Tiene el rondar la sangre<br />
como un fantasma hambriento<br />
sobre la inaccesible piel del mundo,<br />
lamiendo inútilmente su corteza,<br />
desesperado, ávido,<br />
con la exacta impaciencia<br />
del querer, del después,<br />
del otoño y la espera.<br />
Y aquel recomenzar desde la bruma<br />
que es su signo quizá.<br />
Y su señal más cierta.</p>
<p>No sé cuándo ha llegado:<br />
es como un viejo amigo que regresa<br />
con el rostro cambiado por los viajes,<br />
las fiebres, el alcohol, las peripecias.<br />
Reconozco sus rasgos,<br />
su voz que ha enronquecido, pero es ésta,<br />
su antigua voz que dice otras palabras<br />
semejantes a aquéllas.<br />
No es el amor, lo sé, y sin embargo<br />
es su paso otra vez, y las caricias<br />
recobran los caminos sin urgencia.<br />
No hay palabras, y puedo estar callada:<br />
todo es tan simple así, tan sin sorpresa<br />
y es tan fácil estar, tan necesario.<br />
No es el amor, tal vez. ¿Y si lo fuera?</h3>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">Tú duermes, ya lo sé&#8230;</span></h2>
<div>
<h3>Tú duermes, ya lo sé.<br />
Te estoy velando.<br />
No importa que estés lejos,<br />
que no escuche<br />
tu cadencia en la sombra;<br />
no importa que no pueda<br />
pasar mi mano sobre tu cabeza,<br />
tus sienes y tus hombros.</p>
<p>Yo estoy velando, siempre.<br />
No importa que no pueda acurrucarme<br />
para que tú me envuelvas sin saberlo,<br />
para que tú me abraces sin sentirlo,<br />
para que me retengas<br />
mientras yo tiemblo y digo simplemente<br />
palabras que no escuchas.<br />
Yo puedo estar tan lejos<br />
pero sigo velando cuando duermes.</h3>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">Tal vez no sepas nunca cuándo y cómo&#8230;</span></h2>
<div>
<h3>Tal vez no sepas nunca cuándo y cómo<br />
quise salvar mi amor, tu amor. El nuestro.<br />
Una vez será tarde.<br />
Yo presiento<br />
esa herida que avanza,<br />
ese cierto dolor de no querernos.<br />
Cómo decirte ahora:<br />
mírame aún, así, trata de verme<br />
como soy, duramente.<br />
Con mi ternura. Claro, y mis tormentas.<br />
Cómo decirte: sálvalo, si quieres<br />
y cuídalo. Se te ha ido de las manos,<br />
se me va de la sangre y no regresa.<br />
Cómo decirte que te quiero menos<br />
y que quiero quererte como entonces.<br />
Y que entiendas<br />
y no te encierres más.<br />
Y me dejes creer en ti, de nuevo.<br />
Cómo decirte nada.<br />
Un día será tarde. Tarde y lejos.</h3>
<p></br></p>
<h2><span style="color: #ff99cc;">Cómo decir de pronto&#8230;</span></h2>
<div>
<h3>Cómo decir de pronto:<br />
tómame entre las manos,<br />
no me dejes caer. Te necesito:<br />
Acepta este milagro.<br />
Tenemos que aprender a no asombrarnos<br />
de habernos encontrado,<br />
de que la vida pueda estar de pronto<br />
en el silencio o la mirada.<br />
Tenemos que aprender a ser felices,<br />
a no extrañarnos<br />
de tener algo nuestro.<br />
Tenemos que aprender a no temernos<br />
y a no asustarnos<br />
y a estar seguros.<br />
Y a no causarnos daño.</h3>
<p></br></p>
<h2><em> Julia Prilutzky Farny</em></h2>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Jaime Torres Bodet</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 13:38:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>

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		<description><![CDATA[  Jaime Torres Bodet     Jaime Torres Bodet nació en México el 17 de Abril de 1902. Fue un diplomático, diplomático, escritor, ensayista y poeta mexicano. Su trabajo en la alfabetización ha sido reconocido, además de haber implementado la política de relaciones exteriores durante los inicios de la Guerra fría.Fue Secretario de Educación Pública, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> </p>
<h1 style="text-align: center;"><span style="color: #90c1f2;">Jaime Torres Bodet</span></h1>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><span style="color: #90c1f2;"><a href="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/jaimetorresbodet.jpg"><img class="alignnone size-medium wp-image-2151" title="jaimetorresbodet" src="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/jaimetorresbodet-240x300.jpg" alt="" width="240" height="300" /></a></span></p>
<p> </p>
<h3>Jaime Torres Bodet nació en México el 17 de Abril de 1902. Fue un diplomático, diplomático, escritor, ensayista y poeta mexicano. Su trabajo en la alfabetización ha sido reconocido, además de haber implementado la política de relaciones exteriores durante los inicios de la Guerra fría.Fue Secretario de Educación Pública, diplomático, estuvo designado en Madrid, La Haya, Buenos Aires y Bruselas.</p>
<p>En noviembre de 1948 fue designado Director General de la UNESCO, cargo que ocupó hasta 1952.</p>
<p>Torres Bodet ingresó en la Academia Mexicana de la Lengua. Fue miembro de El Colegio Nacional, al cual ingresó el 6 de julio de 1953. En 1963 fue nombrado doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Sinaloa. En 1966 recibió el Premio nacional de Ciencias y Artes en el área de Literatura y Lingüística de México. En 1971 recibió la Medalla Belisario Domínguez del Senado de la República y muchos otros honores de instituciones nacionales y extranjeras.</p>
<p>Las novelas y relatos de Torres Bodet -siete volúmenes publicados entre 1927 y 1941- pertenecen a la época de interés por las nuevas direcciones de la prosa narrativa francesa y española. Desde la perspectiva actual, son obras sobre todo representativas de la búsqueda de una nueva sensibilidad y un nuevo estilo novelesco que se realizaba por aquellos años.</p>
<p>Junto con varios intelectuales formó parte del grupo Los contemporáneos.<br />
Sus escritos relacionados con sus cargos públicos están dedicados a elucidar los problemas de la cultura, la educación y la concordia internacional de México y el mundo.</p>
<p>Padeció cáncer durante dieciséis años. Víctima de dolor, se suicidó el 13 de Mayo de 1974. Se le rindió un homenaje de cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes. Fue sepultado en la Rotonda de las Personas Ilustres de la ciudad de México. </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">POEMAS</span></h2>
<p> </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Amor </span></h2>
<div>
<h3>Para escapar de ti<br />
no bastan ya peldaños,<br />
túneles, aviones,<br />
teléfonos o barcos.<br />
Todo lo que se va<br />
con el hombre que escapa:<br />
el silencio, la voz,<br />
los trenes y los años,<br />
no sirve para huir<br />
de este recinto exacto<br />
-sin horas ni reloj,<br />
sin ventanas ni cuadros-<br />
que a todas partes va<br />
conmigo, cuando viajo.</h3>
<p>Para escapar de ti<br />
necesito un cansancio<br />
nacido de ti misma:<br />
una duda, un rencor,<br />
la vergüenza de un llanto;<br />
el miedo que me dio<br />
-por ejemplo- poner<br />
sobre tu frágil nombre<br />
la forma impropia y dura<br />
y brusca de mis labios&#8230; </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Vaguedad</span></h2>
<div>
<h3>Paisaje lento de mi poesía&#8230;<br />
¿Ocaso? No. Más bien, tras de la lluvia,<br />
entre el líquido verde de las hojas,<br />
amanecer sombrío de la luna.</h3>
<p>Ambigua luz de incienso en las volutas<br />
de una melodía vagabunda;<br />
enrejado sutil de sicomoros<br />
sobre la plata azul de una laguna:<br />
paisaje sin sorpresas<br />
y sin aristas bruscas,<br />
diluido en matices,<br />
hecho todo de ritmos sin premura,<br />
más lento cada vez y realizado<br />
al fin en una rosa taciturna,<br />
como se queda el alma sostenida<br />
en esa onda última<br />
-alta, vibrante, sólida-<br />
de la marea blanda de la música&#8230; </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Ruptura</span></h2>
<div>
<h3>Nos hemos bruscamente desprendido<br />
y nos hemos quedado<br />
con las manos vacías, como si una guirnalda<br />
se nos hubiera ido de las manos;<br />
con los ojos al suelo,<br />
como viendo un cristal hecho pedazos:<br />
el cristal de la copa en que bebimos<br />
un vino tierno y pálido&#8230;</h3>
<p>Como si nos hubiéramos perdido,<br />
nuestros brazos<br />
se buscan en la sombra&#8230; Si embargo,<br />
ya no nos encontramos.</p>
<p>En la alcoba profunda<br />
podríamos andar meses y años, en pos uno del otro,<br />
sin hallarnos. </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Canción de las Voces Serenas</span></h2>
<div>
<h3>Se nos ha ido la tarde<br />
en cantar una canción,<br />
en perseguir una nube<br />
y en deshojar una flor.</h3>
<p>Se nos ha ido la noche<br />
en decir una oración,<br />
en hablar con una estrella<br />
y en morir con una flor.</p>
<p>Y se nos irá la aurora<br />
en volver a esa canción,<br />
en perseguir otra nube<br />
y en deshojar otra flor.</p>
<p>Y se nos irá la vida<br />
sin sentir otro rumor<br />
que el del agua de las horas<br />
que se lleva el corazón&#8230; </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Confianza</span></h2>
<div>
<h3>Esta noche tu amor me penetra<br />
como llanto de lluvia en negrura,<br />
o, más bien, ese ritmo sin letra<br />
que de un verso olvidado perdura;</h3>
<p>y me torna profundo y sencillo<br />
como el oro del sol tamizado<br />
que renueva, en hipnótico brillo,<br />
el barniz de algún cuadro apagado.</p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Voz</span></h2>
<div>
<h3>Tú me llamaste al íntimo rebaño<br />
-única voz que manda cuando implora-<br />
mientras la burla despreciaba el daño<br />
y florecía, en el cardal, la aurora.</h3>
<p>Era la intacta juventud del año.<br />
Principiaban el mes, el día, la hora&#8230;<br />
Y el corazón, intrépido y huraño,<br />
te oía sin creerte, como ahora.</p>
<p>¡Ay!, porque -desde entonces-, ya disperso<br />
sobre la vanidad del universo,<br />
a cada paso, infiel, te abandonaba</p>
<p>y con cada promesa te mentía<br />
y con cada recuerdo te olvidaba<br />
¡y con cada victoria te perdía! </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Invitación al Viaje</span></h2>
<div>
<h3>Con las manos juntas,<br />
en la tarde clara,<br />
vámonos al bosque<br />
de la sien de plata.</h3>
<p>Bajo los pinares,<br />
junto a la cañada,<br />
hay un agua limpia<br />
que hace limpia el alma.</p>
<p>Bajaremos juntos,<br />
juntos a mirarla<br />
y a mirarnos juntos<br />
en sus ondas rápidas&#8230;</p>
<p>Bajo el cielo de oro<br />
hay en la montaña<br />
una encina negra<br />
que hace negra el alma:<br />
Subiremos juntos<br />
a tocar sus ramas<br />
y oler el perfume<br />
de sus mieles ásperas&#8230;</p>
<p>Otoño nos cita<br />
con un son de flautas:<br />
vamos a buscarlo<br />
por la tarde clara. </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Mediodía</span></h2>
<div>
<h3>Tener, al mediodía, abiertas las ventanas<br />
del patio iluminado que mira al comedor.<br />
Oler un olor tibio de sol y de manzanas.<br />
Decir cosas sencillas: las que inspira el amor&#8230;</h3>
<p>Beber un agua pura, y en el vaso profundo<br />
ver coincidir los ángulos de la estancia cordial.<br />
Palpar, en un durazno, la redondez del mundo.<br />
Saber que todo cambia y que todo es igual.</p>
<p>Sentirse, (al fin!, maduro, para ver en las cosas<br />
nada más que las cosas: el pan, el sol, la miel&#8230;<br />
Ser nada más el hombre que deshoja unas rosas,<br />
y graba, con la uña, un nombre en el mantel&#8230; </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Paz</span></h2>
<div>
<h3>No nos diremos nada. Cerraremos las puertas.<br />
Deshojaremos rosas sobre el lecho vacío<br />
y besaré, en el hueco de tus manos abiertas.<br />
la dulzura del mundo, que se va, como un río&#8230;</h3>
<p> </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Agosto</span></h2>
<div>
<h3>Va a llover&#8230; Lo ha dicho al césped<br />
el canto fresco del río;<br />
el viento lo ha dicho al bosque<br />
y el bosque al viento y al río.</h3>
</div>
<p>Va a llover&#8230; Crujen las ramas<br />
y huele a sombra en los pinos.</p>
<p>Naufraga en verde el paisaje.<br />
Pasan pájaros perdidos.</p>
<p>Va a llover&#8230; Ya el cielo empieza<br />
a madurar en el fondo<br />
de tus ojos pensativos. </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Continuidad</span></h2>
<div>
<h3>No has muerto. Has vuelto a mí. Lo que en la tierra<br />
-donde una parte de tu ser reposa-<br />
sepultaron los hombres, no te encierra;<br />
porque yo soy tu verdadera fosa.</h3>
<p>Dentro de esta inquietud del alma ansiosa<br />
que me diste al nacer, sigues en guerra<br />
contra la insaciedad que nos acosa<br />
y que, desde la cuna, nos destierra.</p>
<p>Vives en lo que pienso, en lo que digo,<br />
y con vida tan honda que no hay centro,<br />
hora y lugar en que no estés conmigo;</p>
<p>pues te clavó la muerte tan adentro<br />
del corazón filial con que te abrigo<br />
que, mientras más me busco, más te encuentro. </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">Civilización</span></h2>
<div>
<h3>Un hombre muere en mí siempre que un hombre<br />
muere en cualquier lugar, asesinado<br />
por el miedo y la prisa de otros hombres.</h3>
<p>Un hombre como yo; durante meses<br />
en las entrañas de una madre oculto;<br />
nacido, como yo,<br />
entre esperanzas y entre lágrimas,<br />
y -como yo- feliz de haber sufrido,<br />
triste de haber gozado,<br />
Hecho de sangre y sal y tiempo y sueño.</p>
<p>Un hombre que anheló ser más que un hombre<br />
y que, de pronto, un día comprendió<br />
el valor que tendría la existencia<br />
si todos cuantos viven<br />
fuesen, en realidad, hombres enhiestos,<br />
capaces de legar sin amargura<br />
lo que todos dejamos<br />
a los próximos hombres:<br />
El amor, las mujeres, los crepúsculos,<br />
la luna, el mar, el sol, las sementeras,<br />
frío de la piña rebanada<br />
sobre el plato de la ca de un otoño,<br />
el alba de unos ojos,<br />
el litoral de una sonrisa<br />
y, en todo lo que viene y lo que pasa,<br />
el ansia de encontrar<br />
la dimensión de una verdad completa.</p>
<p>Un hombre muere en mí siempre que en Asia,<br />
o en la margen de un río<br />
de África o de América,<br />
o en el jardín de una ciudad de Europa,<br />
Una bala de hombre mata a un hombre.</p>
<p>Y su muerte deshace<br />
todo lo que pensé haber levantado<br />
en mí sobre sillares permanentes:<br />
La confianza en mis héroes,<br />
mi afición a callar bajo los pinos,<br />
el orgullo que tuve de ser hombre<br />
al oír -en Platón- morir a Sócrates,<br />
y hasta el sabor del agua, y hasta el claro<br />
júbilo de saber<br />
que dos y dos son cuatro&#8230;</p>
<p>Porque de nuevo todo es puesto en duda,<br />
todo<br />
se interroga de nuevo<br />
y deja mil preguntas sin respuesta<br />
en la hora en que el hombre<br />
penetra -a mano armada-<br />
en la vida indefensa de otros hombres.<br />
súbitamente arteras,<br />
las raíces del ser nos estrangulan.</p>
<p>Y nada está seguro de sí mismo<br />
-ni en la semilla en germen,<br />
ni en la aurora la alondra,<br />
ni en la roca el diamante,<br />
ni en la compacta oscuridad la estrella,<br />
¡cuando hay hombres que amasan<br />
el pan de su victoria<br />
con el polvo sangriento de otros hombres! </p>
<h2><span style="color: #90c1f2;">México Canta en la Ronda de mis Canciones</span></h2>
<div>
<h3>México está en mis canciones,<br />
México dulce y cruel,<br />
que acendra los corazones<br />
en finas gotas de miel.</h3>
<p>Lo tuve siempre presente<br />
cuando hacía esta canción;<br />
¡su cielo estaba en mi frente,<br />
su tierra en mi corazón!</p>
<p>México canta en la ronda<br />
de mis canciones de amor,<br />
y en la guirnalda con la ronda<br />
la tarde trenza su flor.</p>
<p>Lo conoceréis un día,<br />
amigos de otro país:<br />
¡tiene un color de alegría<br />
y un acre sabor de anís!</p>
<p>Es tan fecundo que huele<br />
como vainilla en sazón<br />
¡y es sutil! Para que vuele<br />
basta un soplo de oración&#8230;</p>
<p>En la duda arcana y terca,<br />
México quiere inquirir:<br />
un disco de horror lo cerca&#8230;<br />
cómo será el porvenir?</p>
<p>¡El porvenir! ¡No lo espera!<br />
Prefiere, mientras, cantar,<br />
que toda la vida entera<br />
es una gota en el mar;</p>
<p>una gota pequeñita<br />
que cabe en el corazón:<br />
Dios la pone, Dios la quita&#8230;<br />
(¡Cantemos nuestra canción!) </p>
<h2><em>Jaime Torres Bodet</em></h2>
<p> </p>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</h3>
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		<title>De los Apeninos a los Andes &#8211; Edmundo de Amicis</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 13:00:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Prosa]]></category>

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		<description><![CDATA[  De los Apeninos a los Andes     Hace mucho tiempo un muchacho genovés, de trece años, hijo de un obrero, viajó desde Génova hasta América sólo para buscar a su madre. Ella se había ido dos años antes a Buenos Aires, capital de Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> </p>
<h1 style="text-align: center;"><span style="color: #7aa300;">De los Apeninos a los Andes</span></h1>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><img class="size-medium wp-image-2085 aligncenter" title="delosapeninosalos" src="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/04/delosapeninosalos-217x300.jpg" alt="" width="217" height="300" /></p>
<p> </p>
<h3>Hace mucho tiempo un muchacho genovés, de trece años, hijo de un obrero, viajó desde Génova hasta América sólo para buscar a su madre.</h3>
<h3>Ella se había ido dos años antes a Buenos Aires, capital de Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y ganar así, en poco tiempo, el dinero necesario para levantar a la familia, la cual, por efecto de varias desgracias, había caído en la pobreza y tenía muchas deudas. No son pocas las mujeres animosas que hacen tan largo viaje con aquel objetivo. Gracias a los buenos salarios que allí encuentran las personas que se dedican a servir, éstas vuelven a su patria, al cabo de algunos años, con algunos miles de pesos.</h3>
<h3>La pobre madre había llorado lágrimas de sangre al separarse de sus hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy animada y con el corazón lleno de esperanzas. El viaje fue feliz; apenas llegó a Buenos Aires encontró en seguida, por medio de un comerciante genovés, primo de su marido, establecido allí desde hacía mucho tiempo, una excelente familia del país, que le daba buen salario y la trataba bien.</h3>
<h3>Por algún tiempo mantuvo con los suyos una correspondencia regular. Como habían convenido entre sí, el marido dirigía las cartas al primo, quien las entregaba a la mujer; ésta, a su vez, le daba las contestaciones para que las mandase a Génova, escribiendo él, por su parte, algunos renglones. Ganaba ochenta pesos al mes, y como no gastaba nada en ella, enviaba a su casa, cada tres meses, una buena suma, con la cual el marido, que era un hombre de bien, iba pagando poco a poco las deudas más urgentes y adquiriendo así buena reputación. Entre tanto, trabajaba y estaba contento con lo que hacía; pero también esperaba que su mujer volviera dentro de poco, pues la casa parecía que estaba como en sombra desde que ella faltaba, y el hijo menor, que quería mucho a su madre, se entristecía y no podía resignarse a su ausencia.</h3>
<h3>Pero transcurrido un año desde la marcha, después de una carta breve en la que decía no estar bien de salud, no se recibieron más. Escribieron dos veces al primo, y éste no contestó. Escribieron, también, a la familia del país donde estaba sirviendo la mujer; pero sospecharon que no llegaría la carta, porque habían equivocado el nombre en el sobre, y, en efecto, no tuvieron contestación.</h3>
<h3>Temiendo una desgracia, se dirigieron al consulado italiano de Buenos Aires, pidiéndole que hiciese investigaciones; después de tres meses, les contestó el cónsul: a pesar del anuncio publicado en los periódicos, nadie se había presentado, ni para dar noticias. Y no podía suceder de otro modo, entre otras razones, por ésta: que con la idea de salvar el decoro de su familia, que creía manchar trabajando como criada, la buena mujer no había dicho a la familia argentina su verdadero nombre.</h3>
<h3>Pasaron otros meses sin que tampoco hubiera ninguna noticia. Padre e hijos estaban consternados; el más pequeño se sentía oprimido por una tristeza que no podía vencer. ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? La primera idea del padre fue marcharse a buscar a su mujer a América. Pero ¿y el trabajo? ¿Quién sostendría a sus hijos? Tampoco podía marchar el hijo mayor, porque comenzaba entonces a ganar algo y era necesario para la familia. En este afán vivían, repitiendo todos los días las mismas conversaciones dolorosas o mirándose unos a otros en silencio. Una noche, Marcos, el más pequeño, dijo resueltamente:</h3>
<h3>-Voy a América a buscar a mi madre.</h3>
<h3>El padre movió la cabeza tristemente, y no respondió. Era un buen pensamiento, pero impracticable. ¡A los trece años, solo, hacer un viaje a América, cuando se necesitaba un mes para llegar! Pero el muchacho insistió pacientemente. Insistió aquel día, el siguiente, todos los días, con gran parsimonia, y razonando como un hombre.</h3>
<h3>-Otros han ido -decía-, más pequeños que yo. Una vez que esté en el barco, llegaré allí como los demás, y no tendré más que buscar la casa del tío. Como hay allá tantos italianos, alguno me enseñará la calle. Encontrando al tío, encuentro a mi madre, y si no la encuentro, buscaré al cónsul y a la familia argentina. Haya ocurrido lo que haya ocurrido hay allí trabajo para todos; yo también encontraré una ocupación que me permita, al menos, ganar lo suficiente para volver a casa.</h3>
<h3>Y así, poco a poco, casi llegó a convencer a su padre. Éste lo apreciaba, sabía que tenía juicio y ánimo, que estaba acostumbrado a las privaciones y los sacrificios, que todas estas buenas cualidades reforzaban su decisión de buscar a su madre a quien adoraba. Sucedió también que cierto comandante de un buque mercante amigo de un conocido suyo, habiendo oído hablar del asunto, se empeñó en ofrecerle, gratis, un billete de tercera clase para ir a Argentina. Entonces, después de nuevas vacilaciones, el padre consintió y se decidió el viaje. Llenaron de ropa un pequeño baúl, le pusieron algunas liras en el bolsillo, le dieron las señas del tío, y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.</h3>
<h3>-Marcos, hijo mío -le dijo el padre, dándole el último beso con lágrimas en los ojos, sobre la escalerilla del buque que estaba por salir-: ¡Ten ánimo, vas con un fin santo; Dios te ayudará!</h3>
<h3>¡Pobre Marcos! Tenía corazón esforzado y estaba preparado también para las más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre aquel gran navío lleno de compatriotas que emigraban, solo, desconocido de todos, con aquel pequeño baúl que encerraba toda su fortuna, le asaltó un repentino desánimo.</h3>
<h3>Dos días permaneció arrinconado en la proa, como un perro, casi sin comer y sintiendo gran necesidad de llorar. Toda clase de tristes pensamientos lo asaltaban, y el más triste, el más terrible era el que más se apoderada de él: el pensamiento de que hubiese muerto su madre. En sus sueños interrumpidos y penosos, veía siempre la faz de un desconocido que lo miraba con aire de compasión, y después le decía al oído: &#8220;¡Tu madre ha muerto!&#8221; Y entonces se despertaba ahogando un grito.</h3>
<h3>Al fin, pasado el estrecho de Gibraltar, en cuanto vio el océano Atlántico, tomó un poco de ánimo y cobró esperanzas. Pero fue un breve alivio. Aquel inmenso mar, igual siempre, el creciente calor, la tristeza de toda aquella pobre gente que lo rodeaba, el sentimiento de la propia soledad, volvieron a echar por tierra sus pasados bríos.</h3>
<h3>Los días se sucedían tristes y monótonos, confundiéndose unos con otros en la memoria, como les sucede a los enfermos. Le parecía que hacía ya un año que estaba en el mar. Cada mañana, al despertar, experimentaba un nuevo estupor encontrándose allí solo, en medio de aquella inmensidad de agua, viajando hacia América.</h3>
<h3>Los hermosos peces voladores que caían a cada instante en el barco; aquellas admirables puestas de sol de los trópicos con esas inmensas nubes color de fuego y sangre; aquellas fosforescencias nocturnas, que hacían que todo el océano apareciera encendido como un mar de lava, no le hacían el efecto de cosas reales, sino más bien de fantasmas vistos en el sueño.</h3>
<h3>Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y se caía, en medio de un coro espantoso de quejidos e imprecaciones, y creía que había llegado su última hora. Hubo otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinitamente aburridos; horas interminables y siniestras, durante las cuales los pasajeros, encerrados, tendidos inmóviles sobre las tablas, parecían muertos. Y el viaje no acababa nunca: mar y cielo, cielo y mar hoy como ayer, mañana como hoy, siempre, eternamente.</h3>
<h3>Y él se pasaba las horas apoyado en la borda y mirando aquel mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que los ojos se le cerraban y la cabeza se le caía, rendida por el sueño; y entonces volvía a ver aquella cara desconocida que lo miraba con aire de lástima y le repetía al oído: &#8220;¡Tu madre ha muerto!&#8221;. Y aquella voz lo despertaba sobresaltado para volver a soñar con los ojos abiertos y mirando el inalterable horizonte.</h3>
<h3>Veintisiete días duró el viaje. Pero los últimos fueron los mejores. El tiempo estaba bueno y era fresco el aire. Había entablado relaciones con un buen viejo lombardo que iba a América a reunirse con su hijo, labrador de la ciudad de Rosario; le había contado todo lo que ocurría en su casa, y el viejo, a cada instante, le repetía, dándole palmaditas en el cuello:</h3>
<h3>-¡Ánimo, muchachito!, tú encontrarás a tu madre sana y contenta.</h3>
<h3>Aquella compañía lo animaba, y sus presentimientos, de tristes, se habían tornado alegres. Sentado en la proa, al lado del viejo labrador que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en medio de grupos de emigrantes que cantaban, se representaba mil veces en su pensamiento su llegada a Buenos Aires: se veía en una calle, encontraba la tienda, se echaba en brazos del tío: &#8220;¿Cómo está mi madre?&#8221; &#8220;¿Dónde está?&#8221; &#8220;¡Vamos en seguida!&#8221; &#8220;En seguida vamos&#8221;. Corrían juntos, subían una escalera, se abría una puerta&#8230; Y aquí el sordo soliloquio se detenía, se perdía su imaginación en un sentimiento de inexplicable ternura que le hacía sacar, a escondidas, una medallita que llevaba al cuello y murmurar, besándola, sus oraciones.</h3>
<h3>El vigesimoséptimo día después de la salida, llegaron. Era una hermosa mañana de mayo cuando el buque echó el ancla en el inmenso río de la Plata, sobre una orilla en la cual se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital argentina. Aquel tiempo espléndido le pareció de buen agüero. Estaba fuera de sí de alegría y de impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de él! ¡Dentro de pocas horas la habría ya visto! ¡Y él se encontraba en América, en el Nuevo Mundo; y había tenido el atrevimiento de ir allí solo! Todo aquel larguísimo viaje le parecía, entonces, que había pasado en un momento.</h3>
<h3>Le parecía haber volado, soñando, y haber despertado entonces. Y era tan feliz, que casi no se sorprendió ni se afligió cuando se registró los bolsillos y se encontró una sola de las dos partes en que había dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le habían robado la mitad, no le quedaban más que unas pocas liras; pero, ¿qué le importaba ya, estando tan cerca de su madre? Con su baúl al hombro, pasó, con otros muchos italianos, a un vaporcito que lo llevó a poca distancia de la orilla; saltó del vaporcito a una lancha que llevaba el nombre de Andrea Doria, desembarcó en el muelle, se despidió de su viejo amigo lombardo y se dirigió de prisa a la ciudad.</h3>
<h3>Llegado a la desembocadura de la primera calle que encontró, detuvo a un hombre que pasaba y le rogó le indicase qué dirección debía tomar para ir a la calle de las Artes. Por casualidad, se había encontrado con un obrero italiano. Éste lo miró con curiosidad, y le preguntó si sabía leer. El muchacho contestó que sí.</h3>
<h3>-Pues bien -le dijo el obrero, indicándole la calle de que salía- sube derecho, leyendo siempre los nombres de las calles en todas las esquinas y acabarás por encontrar la que buscas.</h3>
<h3>El muchacho le dio las gracias, y siguió adelante por la calle que le indicaron.</h3>
<h3>Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas bajas y blancas que parecían otras tantas casitas de campo; llenas de gente, de coches, de carros, que producían un ruido ensordecedor; aquí y allá se izaban inmensas banderas de varios colores en las que había escritos, en gruesos caracteres, anuncios de salidas de vapores para ciudades desconocidas. A cada instante, volviéndose a derecha e izquierda, veía otras calles que parecían tiradas a cordel, flanqueadas de casas, también blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana, semejante al horizonte del mar.</h3>
<h3>La ciudad le parecía infinita; creía que se podían pasar días y semanas viendo siempre, aquí y allá, otras calles como aquéllas, y que toda América estaba formada así. Miraba atentamente los nombres de las calles; nombres raros, que le costaba trabajo leer. A cada calle nueva que divisaba, sentía que le latía más de prisa el corazón, pensando que fuese la que buscaba.</h3>
<h3>Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vio una delante de sí, y le dio una sacudida el corazón; la alcanzó, la miró: era una negra. Y seguía andando, apretando el paso; llegó a una plazoleta, leyó y quedó como clavado en la acera. Era la calle de las Artes. Volvió, vio el número 117; la tienda del tío era el número 175. Apretó más el paso, casi corría; en el número 171 tuvo que detenerse para tornar aliento, diciendo para sí: &#8220;¡Ah, madre mía! ¿Es verdad que te veré dentro de un instante?&#8221; Corrió más: llegó a una pequeña tienda de quincalla. Ésa era. Se asomó. Vio a una señora con el pelo gris y anteojos.</h3>
<h3>-¿Qué quieres, niño? -le preguntó aquélla en español.</h3>
<h3>-¿No es ésta -dijo el muchacho, procurando echar fuera la voz- la tienda de Francisco Merelo?</h3>
<h3>-Francisco Merelo murió -respondió la señora en italiano.</h3>
<h3>El chico recibió una fuerte impresión al oírlo.</h3>
<h3>-¿Cuándo murió?</h3>
<h3>-¡Oh! Hace tiempo -respondió la señora-; algunos meses; tuvo malos negocios, y se fue. Dicen que se fue a Bahía Blanca, muy lejos de aquí, y murió apenas llegó allá. La tienda es mía.</h3>
<h3>El muchacho palideció.</h3>
<h3>Después dijo precipitadamente:</h3>
<h3>-Merelo conocía a mi madre; ella estaba aquí sirviendo en casa del señor Mequínez. Sólo él podría decirme dónde está. He venido a América a buscar a mi madre. Merelo le mandaba las cartas. Necesito encontrar a mi madre.</h3>
<h3>-Hijo mío -respondió la señora-, yo no sé de eso. Puedo preguntarle al muchacho del corral, que conoce al joven que le hacía los encargos a Merelo. Puede ser que éste sepa algo.</h3>
<h3>Fue al fondo de la tienda y llamó al chico, que llegó en seguida.</h3>
<h3>-Dime -le preguntó la tendera-: ¿recuerdas si el dependiente de Merelo iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de criada en casa de hijos del país?</h3>
<h3>-En casa del señor Mequínez -respondió el muchacho-, sí, señora, alguna vez. Al final de la calle de las Artes.</h3>
<h3>-¡Ah! ¡Gracias, señora! -gritó Marcos-. Dígame el número&#8230;, ¿no lo sabe? Hágame acompañar, acompáñame tú mismo en seguida, chico. Aún tengo algunos cuartos.</h3>
<h3>Y dijo esto con tanto calor, que sin esperar la venia de la señora, el muchacho respondió:</h3>
<h3>-Vamos -y salió el primero a muy ligero paso.</h3>
<h3>Casi corriendo, sin decir una palabra, fueron hasta el fin de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron delante de una hermosa reja de hierro, desde la cual se veía un patio lleno de macetas de flores. Marcos tocó la campanilla.</h3>
<h3>Apareció una señorita.</h3>
<h3>-Vive aquí la familia Mequínez ¿no es verdad? -preguntó con ansiedad el muchacho.</h3>
<h3>-Aquí vivía -respondió la señorita, pronunciando el italiano a la española-. Ahora vivimos nosotros, la familia Ceballos.</h3>
<h3>-¿Y a dónde han ido los señores Mequínez? -preguntó Marcos, latiéndole el corazón.</h3>
<h3>-Se han ido a Córdoba.</h3>
<h3>-¡Córdoba! -exclamó Marcos-; ¿dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre, la criada era mi madre. ¿Se han llevado también a mi madre?</h3>
<h3>La señorita lo miró y dijo:</h3>
<h3>-No lo sé. Quizá lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Espérate un momento.</h3>
<h3>Se fue, y volvió con su padre, un señor alto, con la barba gris. Éste miró fijamente un momento a aquel simpático tipo de pequeño marinero genovés, de cabellos rubios y nariz aguileña, y le preguntó en mal italiano:</h3>
<h3>-¿Es genovesa tu madre?</h3>
<h3>Marcos respondió que sí.</h3>
<h3>-Pues bien; la criada genovesa se fue con ellos, estoy seguro.</h3>
<h3>-¿Y a dónde han ido?</h3>
<h3>-A la ciudad de Córdoba.</h3>
<h3>El muchacho dio un suspiro; después dijo con resignación:</h3>
<h3>-Entonces&#8230;, iré a Córdoba.</h3>
<h3>-¡Ah, pobre niño! -exclamó el señor mirándolo con lástima-. ¡Pobre niño! Córdoba está a mil leguas de aquí.</h3>
<h3>Marcos se quedó pálido como un muerto y se apoyó con una mano en la reja.</h3>
<h3>-Veamos, veamos -dijo entonces el señor, movido a compasión, abriendo la puerta-; entra un momento, veremos si se puede hacer algo. Siéntate.</h3>
<h3>Le ofreció asiento, le hizo contar su historia, estuvo escuchándolo muy atento y se quedó un rato pensativo; después le dijo con resolución:</h3>
<h3>-Tú no tienes dinero, ¿no es verdad?</h3>
<h3>-Tengo todavía, pero muy poco -respondió Marcos.</h3>
<h3>El señor estuvo pensando otros cinco minutos; después se sentó a una mesa, escribió una carta, la cerró, y dándosela al muchacho, le dijo:</h3>
<h3>-Oye, italianito, ve con esta carta a Boca. Es una ciudad pequeña, medio genovesa, que está a dos horas de camino de aquí. Todo el que te encuentre te puede indicar el camino. Ve allí y busca a este señor, al cual va dirigida la carta, y que es muy conocido. Entrégale esta carta. Él te hará salir mañana para la ciudad de Rosario y te recomendará a alguno de allí que podrá proporcionarte un medio para que sigas el viaje hasta Córdoba, en donde encontrarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto -y le dio algunos pesos-. Anda y ten ánimo; aquí hay por todas partes compatriotas tuyos, y no te abandonarán. Adiós.</h3>
<h3>El muchacho le dijo:</h3>
<h3>-Gracias.</h3>
<h3>Sin ocurrírsele otras palabras, salió con su cofre y, despidiéndose de su pequeño guía, se puso en caminó lentamente hacia Boca, atravesando la gran ciudad, lleno de tristeza y de estupor.</h3>
<h3>Todo lo que le sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente, le quedó después en la memoria, confuso e incierto como ensueños de calenturiento: ¡tan cansado, turbado y debilitado se encontraba!</h3>
<h3>Al día siguiente, al anochecer, después de haber dormido la noche antes en un cuartucho de una casa de Boca, al lado de un almacén del muelle; después de haber pasado casi todo el día sentado sobre un montón de maderos, y como entre sueños, enfrente de millares de barcos, de lanchas y de vapores, se encontraba en la popa de una barcaza de vela, cargada de frutas, que salía para la ciudad de Rosario conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuyas voces y el dialecto querido que hablaban llevó algunos bríos al ánimo de Marcos.</h3>
<h3>Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo continua la admiración del pequeño viajero. Tres días y tres noches remontó aquel maravilloso río Paraná, en cuya comparación nuestro gran Po no es más que un arroyuelo, y la extensión de Italia, cuadruplicada, no alcanza a la de su curso.</h3>
<h3>El barco iba lentamente a través de aquella masa de agua inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas, antiguos nidos de serpientes, cubiertas de árboles frondosos, semejantes a bosques flotantes; y ora se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales parecía que no podía salir, ora desembocaba en vastas extensiones de agua, que semejaban grandes lagos tranquilos; después, saliendo de entre las islas, por los canales intrincados de un archipiélago, llegaba a sitios rodeados de montones inmensos de vegetación.</h3>
<h3>Reinaba profundo silencio. En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y vastísimas evocaban la imagen de un río desconocido, que aquel pobre barco de vela era el primero en el mundo que se aventuraba a surcar.</h3>
<h3>Mientras más avanzaban, tanto más aumentaba aquel inmenso río. Pensaba que su madre se encontraba aún a gran distancia, y que la navegación debía durar años todavía. Dos veces al día comía un poco de pan y de carne en conserva con los marineros, quienes, viéndole triste, no le dirigían nunca la palabra.</h3>
<h3>Por la noche dormía sobre cubierta, y se despertaba a cada instante bruscamente, admirando la luz clarísima de la luna que blanqueaba las inmensas y lejanas orillas: entonces el corazón se le oprimía. ¡Córdoba!, repetía este nombre: Córdoba, como el de una de aquellas ciudades misteriosas de las que había oído hablar en las leyendas. Pero después pensaba: &#8220;Mi madre ha pasado por aquí; ha visto estas islas, aquellas orillas&#8221;; y entonces no le parecían ya tan raros y solitarios aquellos lugares en los cuales se había fijado la mirada de su madre&#8230; Por la noche alguno de los marineros cantaba. Aquella voz le recordaba las canciones de su madre cuando lo adormecía de niño. La última noche, al oír aquel canto, sollozó. El marinero se interrumpió. Después le gritó:</h3>
<h3>-¡Ánimo, chico, valor! ¡Qué diablo! ¡Un genovés que llora por estar lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo tan contentos como orgullosos!</h3>
<h3>Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida; oyó la voz de sangre genovesa que corría por sus venas, y levantó la frente con orgullo, dando un golpe en el timón. &#8220;Bien -dijo para sí-; también daré yo la vuelta al mundo; viajaré años y años, andaré a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta que encuentre a mi madre. Llegaré, aunque sea moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal de que vuelva a verla una sola vez!&#8230; ¡Ánimo!&#8230;&#8221; Y con estos bríos llegó, al clarear una fría y hermosa mañana, frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, reflejándose en las aguas los palos y banderas de mil barcos de todos los países.</h3>
<h3>Poco después de haber desembarcado, subió a la ciudad, con su cofre al hombro, buscando a un señor argentino, para el cual su protector de Boca le había dado una tarjeta con algunas líneas de recomendación.</h3>
<h3>Al entrar en Rosario, le pareció que se encontraba en una ciudad ya conocida. Aquellas calles eran interminables, rectas, flanqueadas de casas blancas y bajas, atravesadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por espesas fajas de hilos telegráficos y telefónicos, que parecían inmensas telarañas, oyéndose gran ruido de gente, caballos y carruajes. La cabeza se le iba: casi creía que volvía a entrar en Buenos Aires, y que iba otra vez a buscar a su tío. Anduvo cerca de una hora de aquí para allá, dando vueltas y revueltas, y pareciéndole que volvía siempre a la misma calle; y a fuerza de tantas preguntas encontró al fin la casa de su nuevo protector. Tocó la campanilla. Se asomó a la puerta un hombre grueso, rubio, áspero, que tenía aspecto de corredor de comercio, y que le preguntó fríamente con pronunciación extranjera:</h3>
<h3>-¿Qué quieres?</h3>
<h3>El muchacho dijo el nombre del patrón.</h3>
<h3>-El patrón -respondió el corredor- ha salido anoche para Buenos Aires, con toda su familia.</h3>
<h3>El muchacho se quedó paralizado.</h3>
<h3>Después balbuceó:</h3>
<h3>-Pero yo&#8230; no tengo a nadie aquí&#8230;, ¡soy solo! -Y le dio la tarjeta.</h3>
<h3>El corredor la tomó, la leyó y dijo con mal humor:</h3>
<h3>-No sé qué hacer. Ya le diré dentro de un mes, cuando vuelva&#8230;</h3>
<h3>-¡Pero yo estoy solo! ¡Estoy necesitado! -exclamó el chico con voz suplicante.</h3>
<h3>-¡Eh, anda -dijo el otro-; ¿no hay ya bastantes pordioseros de tu país en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia.</h3>
<h3>Y le dio con la puerta en las narices.</h3>
<h3>El muchacho se quedó petrificado.</h3>
<h3>Después tomó con desaliento su baúl, y salió con el corazón angustiado, con la cabeza hecha una bomba, y asaltado de un cúmulo de pensamientos desagradables.</h3>
<h3>¿Qué hacer? ¿A dónde ir? De Rosario a Córdoba hay un día de viaje en ferrocarril. Le quedaba ya muy poco dinero. Deduciendo lo que habría de gastar en aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde encontrar dinero para pagarse el viaje? ¡Podía trabajar! Pero ¿cómo? ¿A quién pedir trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah, no! Ser arrojado, insultado, humillado como hace poco, no; nunca, jamás, ¡prefiero morir! Y ante aquella idea, al ver otra vez delante de sí la inmensa calle que se perdía a lo lejos en la interminable llanura, sintió que le faltaban otra vez las fuerzas, echó a tierra el cofre, se sentó en él apoyando la espalda contra la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada. La gente lo tocaba con los pies al pasar; los carruajes hacían ruido por la calle; algunos muchachos se detenían para mirarlo. Estuvo así buen rato.</h3>
<h3>De su letargo lo sacó una voz que le dijo medio en italiano, medio en lombardo:</h3>
<h3>-¿Qué tienes, chiquillo?</h3>
<h3>Alzó la cara al oír aquellas palabras, y en seguida se puso en pie, lanzando una exclamación de sorpresa:</h3>
<h3>-¿Usted aquí?</h3>
<h3>Era el viejo labrador lombardo, con el cual había contraído amistad durante el viaje.</h3>
<h3>La admiración del viejo no fue menor que la suya.</h3>
<h3>Pero el muchacho no le dejó tiempo para preguntarle, y le contó rápidamente lo ocurrido.</h3>
<h3>-Heme aquí ahora, sin dinero; es menester que trabaje; búsqueme usted trabajo para poder reunir algunos pesos; yo haré de todo: llevar ropa, barrer las calles, hacer encargos, hasta trabajar en el campo; me contento con vivir solo de pan; pero que pueda yo marchar pronto, que pueda encontrar alguna vez a mi madre; ¡hágame usted esta caridad, búsqueme usted trabajo, por amor de Dios, que yo no puedo resistir más!</h3>
<h3>-¡Cáspita, cáspita! -dijo el viejo, mirando alrededor y rascándose la barba-: ¿Qué historia es ésta? Trabajar&#8230; se dice muy pronto. ¡Veamos! ¿No habrá aquí algún medio de encontrar treinta pesos entre tantos compatriotas?</h3>
<h3>El muchacho lo miraba, animado por un rayo de esperanza.</h3>
<h3>-Ven conmigo -le dijo el viejo.</h3>
<h3>-¿Dónde? -preguntó el chico, volviendo a cargar con el baúl.</h3>
<h3>-Ven conmigo.</h3>
<h3>El viejo se puso en marcha. Marcos lo siguió y anduvieron juntos un buen trecho de calle, sin hablar.</h3>
<h3>El lombardo se detuvo en la puerta de una fonda que tenía en el rótulo una estrella, y escrito debajo: &#8220;La Estrella de Italia&#8221;; se asomó adentro, y volviéndose hacia el muchacho, le dijo alegremente:</h3>
<h3>-Llegamos a tiempo.</h3>
<h3>Entraron en una habitación grande, en donde había varias mesas y muchos hombres sentados que bebían y hablaban alto. El viejo lombardo se acercó a la primera mesa, y en el modo cómo saludó a los seis parroquianos que estaban a su alrededor, se comprendía que se había separado de ellos poco antes. Estaban muy encarnados, y hacían sonar sus vasos, voceando y riendo.</h3>
<h3>-¡Camaradas! -dijo sin más preámbulos el lombardo, quedándose en pie y presentando a Marcos-: he aquí un pobre muchacho, compatriota nuestro, que ha venido solo, desde Génova a Buenos Aires, para buscar a su madre. En Buenos Aires le dijeron: &#8220;No está aquí; está en Córdoba&#8221;. Viene embarcado a Rosario, en tres días y cuatro noches, con dos líneas de recomendación; presenta la carta, lo reciben mal. No tiene un céntimo. Está aquí solo, desesperado. Es un pobre niño muy animoso. Hagamos algo por él; ¿no ha de encontrar lo necesario para pagar el billete hasta Córdoba y buscar a su madre? ¿Hemos de dejarle aquí como un perro?</h3>
<h3>-¡Nunca, por Dios! ¡Nunca nos lo perdonaríamos! -gritaron todos a la vez, pegando puñetazos en la mesa-. ¡Un compatriota nuestro!</h3>
<h3>-¡Ven aquí, pequeño!</h3>
<h3>-¡Cuenta con nosotros, los emigrantes!</h3>
<h3>-¡Mira qué hermoso muchacho!</h3>
<h3>-¡Aflojen los pesos, camaradas!</h3>
<h3>-¡Bravo! ¡Ha venido solo! ¡Tiene ánimos! Bebe un sorbo, compatriota.</h3>
<h3>-Te enviaremos con tu madre, no hay que dudarlo.</h3>
<h3>Uno le tiraba un pellizco en la mejilla, otro le daba palmadas en la espalda, un tercero le aliviaba del peso del cofrecillo; otros emigrantes se levantaron de las mesas próximas y se acercaban; la historia del muchacho corrió por toda la hostería; acudieron de la habitación inmediata tres parroquianos argentinos, y, en menos de diez minutos, el lombardo, que presentaba el sombrero, le reunió cuarenta y dos pesos.</h3>
<h3>-¿Has visto -dijo entonces, volviéndose hacia el muchacho- qué pronto se hace esto en América?</h3>
<h3>-¡Bebe! -le gritó otro, pasándole un vaso de vino-. ¡A la salud de tu madre!</h3>
<h3>Todos levantaron los vasos. Y Marcos repitió:</h3>
<h3>-A la salud de mi&#8230; -pero un sollozo de alegría le impidió concluir, y dejando el vaso sobre la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.</h3>
<h3>A la mañana siguiente, al romper el día, había ya salido para Córdoba, animado y sonriente, lleno de presentimientos halagüeños. Pero esta alegría no correspondía al aspecto siniestro de la naturaleza.</h3>
<h3>El cielo estaba cerrado y oscuro; el tren, casi vacío, corría a través de una inmensa llanura, en la que no se veía ninguna señal de habitación. Se encontraba solo en un vagón grandísimo, que se parecía a los de los trenes para los heridos. Miraba a derecha e izquierda y no se veía más que una soledad sin fin, ocupada sólo por pequeños árboles deformes, de ramas y troncos contrahechos, que ofrecían figuras raras y casi angustiosas y airadas; una vegetación oscura, extraña y triste, que daba a la llanura el aspecto de inmenso cementerio.</h3>
<h3>Dormitaba una media hora, y volvía a mirar; siempre veía el mismo espectáculo. Las estaciones del camino estaban solitarias, como casas de ermitaños; y cuando el tren se paraba no se oía una voz; le parecía que se encontraba solo, en un tren perdido, abandonado en medio del desierto.</h3>
<h3>Creía que cada estación debía ser la última, y que se entraba, después de ella, en las tierras misteriosas y horribles de los salvajes. Una brisa helada le azotaba el rostro. Embarcándolo en Génova a fines de abril, su familia no había pensado que en América podría encontrar el invierno, y le habían vestido de verano</h3>
<h3>Al cabo de algunas horas comenzó a sentir frío, y con el frío, el cansancio de los días pasados, llenos de emociones violentas y de noches de insomnio y agitadas. Se durmió; durmió mucho tiempo y se despertó aterido, sintiéndose mal. Y entonces le acometió un vago terror de caer enfermo, de morirse en el viaje y de ser arrojado allí, en medio de aquella llanura solitaria, donde su cadáver sería despedazado por los perros y por las aves de rapiña, como algunos cuerpos de caballos y de vacas que veía al lado del camino, de vez en cuando, y de los cuales apartaba la mirada con espanto.</h3>
<h3>En aquel malestar inquieto, en medio de aquel tétrico silencio de la naturaleza, su imaginación se excitaba y volvía a pensar en lo más negro. ¿Estaba, por otra parte, bien seguro de encontrar en Córdoba a su madre? ¿Y si no estuviera allí? ¿Y si aquellos señores de la calle de las Artes se hubieran equivocado? ¿Y si se hubiese muerto? Con estos pensamientos volvió a adormecerse y soñó que estaba en Córdoba de noche, y oía gritar en todas las puertas y desde todas las ventanas: &#8220;¡No está aquí! ¡No está aquí! ¡No está aquí!&#8221; Se despertó sobresaltado, aterido, y vio en el fondo del vagón a tres hombres con barba envueltos en mantas de diferentes colores, que lo miraban hablando bajo entre sí, y le asaltó la sospecha de que fuesen asesinos y lo quisiesen matar para robarle el equipaje.</h3>
<h3>Al frío, al malestar, se agregó el miedo; la fantasía, ya turbada, se le extravió -los tres hombres lo miraban siempre; uno de ellos se movió hacia él-; entonces le faltó la razón, y corriendo al encuentro de ellos, con los brazos abiertos, gritó:</h3>
<h3>-No tengo nada. Soy un pobre niño. Vengo de Italia; voy a buscar a mi madre; estoy solo; ¡no me hagan daño!</h3>
<h3>Los viajeros lo comprendieron todo en seguida; tuvieron lástima, le hicieron caricias y lo tranquilizaron, diciéndole muchas palabras, que no entendía; y viendo que le castañeteaban los dientes por el frío, le echaron encima una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para que se durmiera. Y se volvió a dormir al anochecer. Cuando lo despertaron, estaba en Córdoba.</h3>
<h3>¡Ah! ¡Qué bien respiró y con qué ímpetu se bajó del vagón! Preguntó a un empleado de la estación dónde vivía el ingeniero Mequínez; le dijo el nombre de una iglesia, al lado de la cual estaba su casa; el muchacho echó a correr hacia ella. Era de noche. Entró en la ciudad. Le pareció entrar en Rosario otra vez, al ver calles rectas, flanqueadas de pequeñas casas blancas y cortadas por otras calles rectas y larguísimas. Pero había poca gente, y a la luz de los escasos faroles que había, encontraba rostros extraños, de un color desconocido, entre negruzco y verdoso; y, alzando la cara de vez en cuando, veía iglesias de una arquitectura rara, que se dibujaban muy grandes y negras sobre el firmamento. La ciudad estaba oscura y silenciosa; pero después de haber atravesado aquel inmenso desierto, le pareció alegre. Preguntó a un sacerdote, y pronto encontró la iglesia y la casa; tocó la campanilla con mano temblorosa, y se apretó la otra contra el pecho, para sostener los latidos de su corazón que se le quería subir a la garganta.</h3>
<h3>Una vieja fue a abrir con una luz en la mano.</h3>
<h3>-¿A quién buscas? -preguntó aquélla en español.</h3>
<h3>-Al ingeniero Mequínez -dijo Marcos.</h3>
<h3>La vieja, despechada, respondió, meneando la cabeza:</h3>
<h3>-¡También tú ahora preguntas por el ingeniero Mequínez! Me parece que ya es tiempo de que esto concluya. Ya hace tres meses que nos importunan con lo mismo. No basta que lo hayamos dicho en los periódicos. ¿Será menester anunciar en las esquinas que el señor Mequínez se ha ido a vivir a Tucumán?</h3>
<h3>El chico hizo un movimiento de desesperación. Después dijo en una explosión de rabia:</h3>
<h3>-¡Me persigue, pues, una maldición! Yo me moriré en medio de la calle sin encontrar a mi madre. ¡Yo me vuelvo loco! ¡Me mato! ¡Dios mío! ¿Cómo se llama ese lugar? ¿Dónde está? ¿A qué distancia?</h3>
<h3>-¡Pobre niño! -respondió la vieja, compadecida-. ¡Una friolera! Estará a cuatrocientas o quinientas leguas, por lo menos.</h3>
<h3>El muchacho se cubrió la cara con las manos; después preguntó sollozando:</h3>
<h3>-Y ahora&#8230;. ¿qué hago?</h3>
<h3>-¿Qué quieres que te diga, hijo mío? -respondió la mujer-; yo no sé.</h3>
<h3>Pero de pronto se le ocurrió una idea, y la soltó en seguida.</h3>
<h3>-Oye, ahora que me acuerdo. Haz una cosa. Volviendo a la derecha, por la calle, encontrarás, a la tercera puerta, un patio; allí vive un capataz, un comerciante, que parte mañana para Tucumán con sus carretas y sus bueyes; ve a ver si te quiere llevar, ofreciéndole tus servicios; te dejará, quizás, un sitio en el carro; anda en seguida.</h3>
<h3>El muchacho cargó con su cofre, dio las gracias a escape, y al cabo de dos minutos se encontró en un ancho patio, alumbrado por linternas, donde varios hombres trabajaban en cargar sacos de trigo sobre algunos grandes carros, semejantes a casetas de titiriteros, con la cubierta curvada y las ruedas altísimas.</h3>
<h3>Un hombre alto, con bigote, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, con dos anchos borceguíes, dirigía la faena. El muchacho se acercó a él y le expuso tímidamente su pretensión, diciéndole que venía de Italia y que iba a buscar a su madre.</h3>
<h3>El capataz, es decir, el conductor de aquel convoy de carros, le echó una ojeada de pies a cabeza y le dijo secamente:</h3>
<h3>-No tengo colocación para ti.</h3>
<h3>-Tengo quince pesos -replicó el chico, suplicante-; se los doy. Trabajaré por el camino. Iré a buscar agua y pienso para las bestias; haré todos los servicios. Un poco de pan me basta. Déjeme ir, señor.</h3>
<h3>El capataz volvió a mirarlo, y respondió, con mejor ánimo:</h3>
<h3>-No hay sitio&#8230;, y, además, no vamos a Tucumán; vamos a otra ciudad, a Santiago. Tendríamos que dejarte en el camino, y andar todavía un buen trecho a pie.</h3>
<h3>-¡Ah! ¡Yo andaría el doble! -exclamó Marcos-; yo andaré, no lo dude usted; llegaré de todas maneras; ¡déjeme un sitio, señor, por caridad; por caridad, no me deje aquí solo!</h3>
<h3>-¡Mira que es un viaje de veinte días!</h3>
<h3>-No importa.</h3>
<h3>-¡Es un viaje muy penoso!</h3>
<h3>-Todo lo sufriré.</h3>
<h3>-¡Tendrás que viajar solo!</h3>
<h3>-No tengo miedo a nada. Con tal de que encuentre a mi madre&#8230; ¡Tenga usted compasión!</h3>
<h3>El capataz le acercó a la cara una linterna, y lo miró. Después dijo:</h3>
<h3>-Está bien.</h3>
<h3>El muchacho le besó las manos.</h3>
<h3>-Esta noche dormirás en un carro -añadió el capataz, dejándolo-; mañana a las cuatro te despertaré. Buenas noches.</h3>
<h3>Por la mañana a las cuatro, a la luz de las estrellas, la larga fila de los carros se puso en movimiento con gran ruido; cada carro iba tirado por seis bueyes. Seguía un gran número de animales, que servirían para mudar los tiros. El muchacho, despierto y metido dentro de uno de los carros, con su bagaje, se durmió muy pronto, profundamente. Cuando se despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, bajo el sol, y todos los hombres, los peones, estaban sentados en círculo alrededor de un cuarto de ternera, que se asaba al aire libre, clavado en una especie de espadón plantado en tierra, al lado de un gran fuego, agitado por el viento.</h3>
<h3>Comieron todos juntos, durmieron, y después volvieron a emprender la jornada; y así continuó el viaje regulado, como una marcha militar. Todas las mañanas se ponían en camino a las cinco; se detenían a las nueve; volvían a andar a las cinco de la tarde y se detenían nuevamente a las diez. Los peones iban a caballo, y excitaban a los bueyes con palos largos. El muchacho encendía el fuego para el asado, daba de comer a las bestias, limpiaba los faroles y llevaba el agua para beber.</h3>
<h3>El país pasaba delante de él como una visión fantástica: vastos bosques de pequeños árboles oscuros; aldeas de pocas casas, dispersas, con las fachadas rojas y almenadas; vastísimos espacios, quizá antiguos lechos de grandes lagos salados, blanqueados por la sal, hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, y siempre, llanura, soledad, silencio. Rarísima vez encontraban dos o tres viajeros a caballo, seguidos de otros cuantos caballos sueltos, que pasaban al galope, como una exhalación.</h3>
<h3>Los días eran todos iguales, como en el mar, sombríos e interminables. Pero el tiempo estaba hermoso. Los peones, como el muchacho se había hecho un servidor obligado, se tornaban día tras día más exigentes; algunos lo trataban brutalmente, con amenazas; todos se hacían servir de él sin consideración; lo obligaban a llevar cargas enormes de forraje; lo mandaban por agua a grandes distancias; y él, extenuado por la fatiga, no podía ni aun dormir de noche, despertando a cada instante por las sacudidas violentas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y de los maderos. Además, se había levantado viento y una tierra fina, rojiza y sucia, que lo envolvía todo, penetraba en el carro, se le introducía por entre la ropa, le quitaba la vista y la respiración, oprimiéndolo continuamente de un modo insoportable.</h3>
<h3>Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado desde la mañana hasta la noche, el pobre muchacho se debilitaba más cada día, y habría decaído su ánimo por completo si el capataz no le hubiera dirigido de vez en cuando alguna palabra agradable. A veces, en un rincón del carro, cuando no lo veían, lloraba con la cara apoyada en su baúl, que no contenía ya más que andrajos. Cada mañana se levantaba más débil y más desanimado, y al mirar al campo y ver siempre aquella implacable llanura sin límites, como un océano de tierra, decía para sí:</h3>
<h3>&#8220;¡Oh, a la noche no llego, no llego a la noche! ¡Hoy me muero en el camino!&#8221; Y los trabajos crecían, los malos tratamientos se redoblaban. Una mañana, porque había tardado en llevar el agua, uno de los hombres, no estando presente el capataz, le pegó. Desde entonces comenzaron a hacerlo por costumbre; cuando le mandaban algo, le daban un trastazo, diciéndole: &#8220;¡Haz esto, holgazán!&#8221;, &#8220;¡Lleva esto a tu madre!&#8221; El corazón se le quería salir del pecho; enfermo, estuvo tres días en el carro con una manta encima, con calentura, sin ver a nadie más que al capataz, que iba a darle de beber y a tomarle el pulso. Entonces se creía perdido e invocaba desesperadamente a su madre, llamándola mil veces por su nombre: &#8220;¡Oh madre mía! ¡Madre mía!&#8230; ¡Oh pobre madre mía, que ya no te veré más! ¡Pobre madre, que me encontrarás muerto en medio del camino!&#8221; Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba. Después se puso mejor, gracias a los cuidados del capataz, y se curó por completo; mas con la curación llegó el día más terrible de su viaje, el día en que debía quedarse solo.</h3>
<h3>Hacía más de dos semanas que estaban de marcha. Cuando llegaron al punto en que el camino de Tucumán se aparta del que va a Santiago, el capataz le avisó que debían separarse. Le hizo algunas indicaciones respecto al trayecto, le cargó el equipaje sobre las espaldas, de modo que no le incomodase para andar, y abreviando, como si temiera conmoverse, lo despidió. El muchacho apenas tuvo tiempo para besarle en un brazo. También los demás hombres, que tan duramente lo habían tratado, parece que sintieron un poco de lástima al verlo quedarse tan solo, y le decían adiós con la mano, al alejarse. Él devolvió el saludo, permaneció unos momentos mirando el convoy que se perdía entre el rojizo polvo del campo, y después se puso en camino, tristemente.</h3>
<h3>Una cosa, sin embargo, lo animó algo desde el principio. Después de tres días de viaje, a través de aquella llanura, interminable y siempre igual, vio delante de sí una cadena de altísimas montañas azules, con las cimas blancas, que le recordaban los Alpes. Le parecía acercarse a su país. Eran los Andes, la espina dorsal del continente americano, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego hasta el mar glacial del Polo Ártico, por 110 grados de latitud.</h3>
<h3>También lo animaba sentir que el aire se iba haciendo cada vez más cálido; y esto sucedía porque, marchando hacia el norte, se iba acercando a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños grupos de casas con una tiendecilla, y compraba algo para comer. Encontraba hombres a caballo; veía, de vez en cuando, mujeres y niños sentados en el suelo, inmóviles y serios. Eran caras completamente nuevas para él, color de tierra, con los ojos oblicuos, los huesos de las mejillas prominentes. Lo miraban fijo y lo seguían con la mirada, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios.</h3>
<h3>El primer día anduvo hasta que le faltaron las fuerzas, y durmió debajo de un árbol. El segundo anduvo bastante menos, y con menos ánimos. Tenía las botas rotas, los pies desollados y el estómago débil por la mala alimentación. En la noche empezaba a tener miedo. Había oído decir, en Italia, que en aquel país había serpientes; creía oírlas arrastrarse; se detenía, tomaba luego carrera y sentía frío en los huesos. A veces sentía una gran lástima de sí mismo, y lloraba en silencio, mientras caminaba. Después pensaba: &#8220;¡Oh, cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo!&#8221; Y este pensamiento le daba ánimos. Luego, para distraerse del terror, pensaba en ella, traía a su mente sus palabras cuando salió de Génova, y el modo como le solía arreglar las mantas bajo la barbilla, cuando estaba en la cama; y cuando era niño, que a veces lo cogía en sus brazos, diciéndole: &#8220;¡Estate aquí un poco conmigo!&#8221;; y estaba así mucho tiempo, con la cabeza apoyada sobre la suya y entregada a sus pensamientos. Y decía para sí:</h3>
<h3>&#8220;¿Volveré a verte alguna vez, madre querida? ¿Llegaré al fin de mi viaje, madre mía?&#8221; Y andaba; andaba, en medio de árboles desconocidos, entre vastas plantaciones de cañas de azúcar, por prados sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos conos. Pasaron cuatro días, cinco, una semana. Las fuerzas le iban faltando rápidamente, y los pies le sangraban. Al fin, una tarde, al ponerse el sol, le dijeron:</h3>
<h3>-Tucumán está a cinco leguas de aquí.</h3>
<h3>Dio un grito de alegría y apretó el paso, como si hubiese recobrado en el momento todo el vigor perdido. Pero fue breve ilusión. Las fuerzas lo abandonaron de nuevo, y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Mas el corazón le saltaba de gozo. El cielo, cubierto de estrellas, nunca le había parecido tan hermoso. Lo contemplaba, echado sobre la hierba para dormir, y pensaba que su madre miraría quizá también al mismo tiempo el cielo: &#8220;¡Oh madre mía! ¿Dónde estás? ¿Qué haces en este instante? ¿Piensas en tu hijo? ¿Te acuerdas de tu Marcos, que está tan cerca de ti?&#8221;</h3>
<h3>¡Pobre Marcos! Si él hubiese podido ver en qué estado se encontraba entonces su madre, hubiera hecho esfuerzos sobrehumanos para caminar aún, y llegar hasta ella cuanto antes. Estaba enferma en la cama, en un cuarto de un piso bajo de la casita solariega donde vivía toda la familia Mequínez, la cual le había tomado mucho cariño y la asistía muy bien.</h3>
<h3>La pobre mujer estaba ya delicada cuando el ingeniero Mequínez tuvo que salir precipitadamente de Buenos Aires, y no se había mejorado del todo con el buen clima de Córdoba. Pero después, el no haber recibido contestación a sus cartas, del marido ni del primo, el presentimiento siempre vivo de alguna gran desgracia, la ansiedad continua en que vivía, dudando entre marchar y quedarse, cada día esperando una mala noticia, la habían hecho empeorar considerablemente. Por último, se había presentado una enfermedad gravísima: una hernia intestinal estrangulada.</h3>
<h3>Desde hacía quince días no se levantaba. Era necesaria una operación quirúrgica para salvarle la vida. Precisamente, en aquel momento, mientras su Marcos la invocaba, estaban junto a su cama el amo y el ama de la casa convenciéndola, con mucha dulzura, para que se dejase hacer la operación.</h3>
<h3>Un afamado médico de Tucumán había ya venido la semana anterior, inútilmente.</h3>
<h3>-No, queridos señores -decía ella-, no tiene objeto; yo no tengo ya más fuerza para resistir, y moriré bajo los instrumentos del cirujano. Mejor es que me dejen morir así. No me importa la vida. Todo ha concluido para mí. Es preferible que muera antes de saber lo que haya ocurrido en mi familia.</h3>
<h3>Los dueños volvían a decirle que no, que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas a Génova directamente tendrían respuesta, que se dejase operar, que lo hiciese por sus hijos. Pero aquella idea de sus hijos agravaba más y más, con mayor angustia, el desaliento profundo que la postraba hacía largo tiempo. Al oír aquellas palabras, prorrumpía en llanto.</h3>
<h3>-¡Oh, hijos míos! ¡Hijos míos! -exclamaba, juntando sus manos-; ¡quizá ya no existen! Mejor es que muera yo también. Muchas gracias, buenos señores; se los agradezco de corazón. Más vale morir. Ni aún con la operación me curaría, estoy segura. Gracias por tantos cuidados. Es inútil que pasado mañana vuelva el médico. ¡Quiero morirme; es mi destino! Estoy decidida.</h3>
<h3>Y ellos, sin cesar de consolarla, repetían:</h3>
<h3>-No, no diga eso -cogiéndola de las manos y suplicándole.</h3>
<h3>La enferma entonces cerraba los ojos agotada, y caía en un sopor que la hacía parecer muerta&#8230; Los señores permanecían a su lado algún tiempo, mirando con gran compasión a la débil luz de la lamparilla, a aquella madre admirable, que había venido a servir a seis mil millas de su patria, y a morir&#8230; ¡después de haber sufrido tanto! ¡Pobre mujer! ¡Tan honrada, tan buena y tan desgraciada!</h3>
<h3>Al día siguiente, muy de mañana, entraba Marcos con su saco a la espalda, encorvado y tambaleándose, pero lleno de ánimos, en la ciudad de Tucumán, una de las más jóvenes y florecientes del país. Le parecía volver a ver Córdoba, Rosario, Buenos Aires; eran aquellas mismas calles derechas, y larguísimas, y aquellas casas bajas y blancas; pero por todas partes se veía una nueva y magnífica vegetación; se notaba un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo límpido y profundo, como jamás lo había visto ni siquiera en Italia.</h3>
<h3>Caminando por las calles, volvió a sentir la agitación febril que se había apoderado de él en Buenos Aires; miraba las ventanas y las puertas de todas las casas, se fijaba en todas las mujeres que pasaban, con la angustiosa esperanza de encontrar a su madre; hubiera querido preguntar a todos, y no se atrevía a detener a nadie. Todos, desde el umbral de sus puertas, se volvían a contemplar a aquel pobre muchacho harapiento, lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. Buscaba entre la gente una cara que le inspirase confianza, a quien dirigir aquella tremenda pregunta, cuando se presentó ante sus ojos, en el rótulo de una tienda, un nombre italiano. Dentro había un hombre con anteojos, y dos mujeres. Se acercó lentamente a la puerta, y con ánimo resuelto preguntó:</h3>
<h3>-¿Me sabrían decir, señores, dónde está la familia Mequínez?</h3>
<h3>-¿Del ingeniero Mequínez? -preguntó a su vez el de la tienda.</h3>
<h3>-Sí, del ingeniero Mequínez -respondió el muchacho con voz apagada.</h3>
<h3>-La familia Mequínez -dijo el de la tienda- no está en Tucumán.</h3>
<h3>Un grito desesperado de dolor, como de persona herida de repente por artero puñal, fue el eco de aquellas palabras.</h3>
<h3>El tendero y las mujeres se levantaron; acudieron algunos vecinos.</h3>
<h3>-¿Qué ocurre? ¿Qué tienes, muchacho? -dijo el tendero, haciéndole entrar en la tienda y sentarse-; no hay por qué desesperarse, ¡qué diablo! Los Mequínez no están aquí, pero no están muy lejos: ¡a pocas horas de Tucumán!</h3>
<h3>-¿Dónde? ¿Dónde? -gritó Marcos, levantándose como un resucitado.</h3>
<h3>-A unas quince millas de aquí -continuó el hombre-, a orillas del Saladillo; en el sitio donde están construyendo una gran fábrica de azúcar; en el grupo de casas está la del señor Mequínez; todos lo saben, y llegarás en pocas horas.</h3>
<h3>-Yo estuve allá hace poco -dijo un joven que había acudido al oír el grito.</h3>
<h3>Marcos se le quedó mirando, con los ojos fuera de las órbitas, y le preguntó precipitadamente, palideciendo:</h3>
<h3>-¿Habéis visto a la criada del señor Mequínez, la italiana?</h3>
<h3>-¿La genovesa? La he visto.</h3>
<h3>Marcos rompió en sollozos convulsivos, entre risa y llanto.</h3>
<h3>Luego, con un impulso de violenta resolución:</h3>
<h3>-¿Por dónde se va? ¡Pronto, el camino; me marcho en el acto, enséñeme el camino!</h3>
<h3>-¡Pero si hay una jornada de marcha! -le dijeron todos a una voz-; estás cansado y debes reposar; partirás mañana.</h3>
<h3>-¡Imposible! ¡ Imposible! -respondió el muchacho-. ¡Díganme por dónde se va; no espero ni un momento, en seguida, aun cuando me cayera muerto en el camino!</h3>
<h3>Viendo que era irrevocable su propósito, no se opusieron más.</h3>
<h3>-¡Que Dios te acompañe! -le dijeron-. Ten cuidado con el camino por el bosque. Buen viaje, italianito.</h3>
<h3>Un hombre lo acompañó fuera de la ciudad, le indicó el camino, le dio algún consejo y se quedó mirando cómo empezaba su viaje. A los pocos minutos el muchacho desapareció, cojeando, con su cofrecito a la espalda, por entre los espesos árboles que flanqueaban el camino.</h3>
<h3>Aquella noche fue tremenda para la pobre enferma. Tenía dolores atroces, que le arrancaban alaridos capaces de destrozar sus venas y que le producían momentos de delirio. Las mujeres que la asistían perdían la cabeza. El ama acudía de cuando en cuando, descorazonada. Todos comenzaron a temer que aunque hubiera decidido dejarse hacer la operación, el médico, que debía llegar a la mañana siguiente, llegaría ya demasiado tarde. En los momentos en que no deliraba, se comprendía, sin embargo, que su desconsuelo mayor y más terrible no lo causaban los dolores del cuerpo, sino el pensamiento de su familia lejana. Moribunda, descompuesta, con la fisonomía deshecha, metía sus manos por entre los cabellos, con actitudes de desesperación que traspasaban el alma, gritando:</h3>
<h3>-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos! ¡Morir sin volverlos a ver! ¡Mis pobres hijos, que se quedan sin madre; mis criaturas, mi pobre sangre! ¡Mi Marcos, todavía tan pequeñito, así de alto, tan bueno y tan cariñoso! ¡No saben qué muchacho era! Señora, ¡si usted supiese! No me lo podía quitar de mi cuello cuando partí: sollozaba que daba compasión oírlo; ¡pobrecillo!, parecía que sospechaba que no había de volver a ver a su madre; ¡pobre Marcos, pobre niño mío! Creí que estallaba mi corazón. ¡Ah, si me hubiese muerto en aquel mismo instante en que me decía &#8220;adiós&#8221;! ¡Si hubiera entonces muerto atravesada por un rayo! ¡Sin madre, pobre hijo, él, que me quería tanto, que tanto me necesitaba; sin madre, en la miseria, tendrá que andar pidiendo limosna, él, Marcos, mi Marcos, que extenderá su mano hambriento! ¡Oh, Dios eterno! ¡No! ¡No quiero morir! ¡Un médico! ¡Llámenlo en seguida! ¡Que venga, que me opere, que me haga enloquecer, pero que me salve la vida! ¡Quiero curarme; quiero irme, huir, mañana, ahora mismo! ¡El médico! ¡Socorro! ¡Socorro!</h3>
<h3>Y las mujeres le sujetaban las manos, la calmaban, suplicantes; procuraban hacerla volver en sí poco a poco, y le hablaban de Dios y de esperanza. Y volvía a sumirse en un abatimiento mortal, lloraba con las manos entre sus cabellos grises, gemía como una niña, lanzaba prolongados gemidos y murmuraba:</h3>
<h3>-¡Oh, Marcos mío, mi pobre Marcos! ¡Dónde estará ahora la pobre criatura!</h3>
<h3>Eran las doce de la noche. Su pobre Marcos, después de haber pasado muchas horas sobre la orilla de un foso, extenuado, caminaba entonces a través de una vastísima floresta de árboles gigantescos, monstruos de vegetación, con fustes desmesurados semejantes a pilastras de una catedral, que a cierta altura maravillosa entrecruzaban sus enormes cabelleras plateadas por la luna.</h3>
<h3>Vagamente, en aquella media oscuridad, veía miles de troncos de todas formas, derechos, inclinados, retorcidos, cruzados, en actitudes extrañas de amenaza y de lucha; algunos caídos en tierra, como torres arruinadas de pronto; todo cubierto de una vegetación exuberante y confusa que semejaba a furiosa multitud disputándose palmo a palmo el terreno; otros formando grupos verticales y apretados, como si fueran haces de lanzas gigantescas cuyas puntas se escondieran en las nubes: una grandeza soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majestuosamente terrible que jamás le hubiese ofrecido la naturaleza vegetal. Por momentos le sobrecogía gran estupor. Pero pronto su alma volaba hacia su madre.</h3>
<h3>Estaba muerto de cansancio, con los pies sangrando, solo, en medio de aquel imponente bosque, donde no veía más que, a grandes intervalos, pequeñas viviendas humanas, que colocadas al pie de aquellos árboles parecían nidos de hormigas; estaba agotado, pero no sentía el cansancio; estaba solo y no tenía miedo. La grandeza del campo engrandecía su alma; la cercanía de su madre le daba la fuerza y la decisión de un hombre; el recuerdo del océano, de los abatimientos, de los dolores que había experimentado y vencido, de las fatigas que había sufrido, de la férrea voluntad que había desplegado, le hacían levantar la frente; toda su fuerte y noble sangre genovesa refluía a su corazón en ardiente oleada de altanería y audacia.</h3>
<h3>Y algo nuevo pasaba en él: hasta entonces había llevado en su mente una imagen de su madre oscurecida y como un poco borrada por los años de alejamiento, y ahora aquella imagen se aclaraba; tenía delante de sus ojos el rostro entero y puro de su madre como hacía mucho tiempo no lo había contemplado; la volvía a ver cercana, iluminada, como si estuviera hablando; volvía a ver los movimientos más fugaces de sus ojos y de sus labios, todas sus actitudes, sus gestos, las sombras de sus pensamientos; y apenado por aquellos vivos recuerdos, apretaba el paso, y un nuevo cariño, una ternura indecible, iba creciendo en su corazón, y hacía correr por sus mejillas lágrimas tranquilas y dulces. Según iba andando en medio de las tinieblas, le hablaba, le decía las palabras que le hubiera dicho al oído dentro de poco:</h3>
<h3>-¡Aquí estoy, madre mía; aquí me tienes; no te dejaré jamás; juntos volveremos a casa, estaré siempre a tu lado en el vapor, apretado contra ti, y nadie me separará de ti nunca, nadie, jamás, mientras tengas vida! Y no advertía entretanto que sobre la cima de los árboles gigantescos iba poco a poco apagándose la argentina luz de la luna con la blancura delicada del alba.</h3>
<h3>A las ocho de aquella mañana, el médico de Tucumán -un joven argentino- estaba ya al lado de la cama de la enferma acompañado de un practicante, intentando por última vez persuadirla para que se dejase hacer la operación; a su vez, el ingeniero Mequínez volvía a repetir las más calurosas instancias, lo mismo que su señora. Pero ¡todo era inútil! La mujer, sintiéndose sin fuerza, ya no tenía fe en la operación; estaba certísima o de morir en el acto, o de no sobrevivir más que algunas horas, después de sufrir en vano dolores mucho más atroces que los que debían matarla naturalmente. El médico tenía buen cuidado de decirle una y otra vez:</h3>
<h3>-¡Pero si la operación es segura y su salvación es cierta, con tal de que tenga algo de valor! Y, por otro lado, si se empeña en resistir, la muerte es segura.</h3>
<h3>Eran palabras lanzadas al aire.</h3>
<h3>-No -respondía siempre con su débil voz-, todavía tengo valor para morir, pero no lo tengo para sufrir inútilmente. Gracias, señor médico. Así está dispuesto. Déjeme morir tranquila.</h3>
<h3>El médico, desanimado, desistió. Nadie pronunció una palabra más. Entonces la mujer volvió el semblante hacia su ama, y le dijo, con voz moribunda, sus postreras súplicas.</h3>
<h3>-Mi querida y buena señora -dijo con gran trabajo, sollozando-, usted mandará los pocos pesos que tengo y todas mis cosas a mi familia&#8230; por medio del señor cónsul. Yo supongo que todos viven. Mi corazón me lo predice en estos últimos momentos. Me hará el favor de escribirles&#8230; que siempre he pensado en ellos&#8230;, que he trabajado para ellos&#8230;, para mis hijos&#8230;, y que mi único dolor es no volverlos a ver más&#8230;, pero que he muerto con valor&#8230;, resignada&#8230;, bendiciéndolos; y que recomiendo a mi marido&#8230; y a mi hijo mayor al más pequeño, a mi pobre Marcos, a quien he tenido en mi corazón hasta el último momento.</h3>
<h3>Y poseída de gran exaltación repentina, gritó juntando las manos:</h3>
<h3>-¡Mi Marcos! ¡Mi pobre niño! ¡Mi vida!&#8230; -pero girando los ojos anegados en llanto, vio que su ama no estaba ya a su lado: habían venido a llamarla furtivamente. Buscó al señor, también había desaparecido. No quedaban más que las dos enfermeras y el practicante. En la habitación inmediata se oía el rumor de pasos presurosos, murmullo de voces precipitadas y bajas, y de exclamaciones contenidas. La enferma fijó su vista en la puerta en ademán de esperar. Al cabo de pocos minutos volvió a presentarse el médico, con semblante extraño; luego su señora y el amo, también con la fisonomía visiblemente alterada. Los tres se quedaron mirando con singular expresión, y cambiaron entre sí algunas palabras en voz baja. Le pareció oír que el médico decía a la señora:</h3>
<h3>-Es mejor en seguida.</h3>
<h3>La enferma no comprendía.</h3>
<h3>-Josefa -le dijo el ama con voz temblorosa-. Tengo que darte una noticia buena. Prepara tu corazón a recibir una buena noticia.</h3>
<h3>La mujer se quedó mirándola con fijeza.</h3>
<h3>-Una noticia -continuó la señora cada vez más agitada- que te dará mucha alegría.</h3>
<h3>La enferma abrió los ojos desmesuradamente.</h3>
<h3>-Prepárate -prosiguió su ama- a ver a una persona&#8230; a quien quieres mucho.</h3>
<h3>La mujer levantó la cabeza con ímpetu vigoroso, y empezó a mirar a la señora y a la puerta con ojos que despedían fulgores.</h3>
<h3>-Una persona -añadió su ama, palideciendo- que acaba de llegar&#8230; inesperadamente.</h3>
<h3>-¿Quién es? -gritó, con voz sofocada y angustiosa, como llena de espanto.</h3>
<h3>Un instante después lanzó un agudísimo grito, de un salto se sentó sobre la cama, y permaneció inmóvil, con los ojos desencajados y con las manos apretadas contra las sienes, como si se tratase de una aparición sobrehumana.</h3>
<h3>Marcos, lacerado y cubierto de polvo, estaba de pie en el umbral, detenido por el doctor, que lo sujetaba por un brazo.</h3>
<h3>La mujer prorrumpió por tres veces:</h3>
<h3>-¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!</h3>
<h3>Marcos se lanzó hacia su madre, que extendía sus brazos descarnados, apretándole contra su seno como un tigre, rompiendo a reír violentamente y mezclándose a su risa profundos sollozos sin lágrimas, que la hicieron caer rendida y sofocada sobre las almohadas.</h3>
<h3>Pronto se rehízo, sin embargo, gritando como una loca, llena de alegría, y besando a su hijo:</h3>
<h3>-¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Eres tú? ¡Cómo has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Estás solo? ¿No estás enfermo? ¡Eres tú, Marcos! ¡No es esto un sueño! ¡Dios mío! ¡Háblame!</h3>
<h3>Luego, cambiando de tono repentinamente:</h3>
<h3>-¡No! ¡Calla! ¡Espera! -y volviéndose hacia el médico-: Pronto, en seguida doctor. Quiero curarme. Estoy dispuesta. No pierda un momento. Llévense a Marcos para que no sufra. ¡Marcos mío, no es nada! Ya me contarás todo. ¡Dame otro beso! ¡Vete! Heme aquí, doctor.</h3>
<h3>Sacaron a Marcos de la habitación. Los amos y criados salieron en seguida, quedando sólo con la enferma el cirujano y el ayudante, que cerraron la puerta.</h3>
<h3>El señor Mequínez intentó llevarse a Marcos a una habitación lejana: fue imposible; parecía que lo habían clavado en el pavimento.</h3>
<h3>-¿Qué es? -preguntó-. ¿Qué tiene mi madre? ¿Que le están haciendo?</h3>
<h3>Entonces Mequínez, bajito e intentando siempre llevárselo de allí:</h3>
<h3>-Mira; oye; ahora te diré; tu madre está enferma; es preciso hacerle una sencilla operación; te lo explicaré todo; ven conmigo.</h3>
<h3>-No -respondió el muchacho-, quiero estar aquí. Explíquemelo aquí.</h3>
<h3>El ingeniero amontonaba palabras y más palabras, y tiraba de él para sacarlo de la habitación; el muchacho comenzaba a espantarse, temblando de terror.</h3>
<h3>Un grito agudísimo, como el de un herido de muerte, resonó de repente por toda la casa.</h3>
<h3>El niño respondió con otro grito horrible y desesperado:</h3>
<h3>-¡Mi madre ha muerto!</h3>
<h3>El médico se presentó en la puerta y dijo:</h3>
<h3>-Tu madre se ha salvado.</h3>
<h3>El muchacho lo miró un momento, arrojándose luego a sus pies, sollozando:</h3>
<h3>-Gracias, doctor.</h3>
<h3>Pero el médico lo hizo levantar, diciéndole:</h3>
<h3>-¡Levántate!&#8230; ¡Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!</h3>
<p> </p>
<h2><em>Edmundo de Amicis</em></h2>
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		<title>La leyenda del rey indio &#8211; Hermann Hesse</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 11:35:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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<h1 style="text-align: center;"><span style="color: #fa9760;">La leyenda del rey indio</span></h1>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><strong><a href="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/leyenda-reyindio.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2118" title="leyenda-reyindio" src="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/leyenda-reyindio.jpg" alt="" width="230" height="372" /></a></strong></p>
<p> </p>
<h3>En la antigua India de los dioses, muchos siglos antes del advenimiento de Gotama Buda el excelso, sucedió que los brahmanes ungieron a un nuevo rey. Este joven monarca gozó de la confianza y las enseñanzas de dos sabios varones que le enseñaron a purificarse mediante el ayuno, a someter a la voluntad los impulsos tormentosos de su sangre y a preparar su mente para el entendimiento del Todo y Uno.En efecto, por esta época habían estallado entre los brahmanes ardorosas polémicas sobre los atributos de los dioses, sobre las relaciones de unas divinidades con otras y sobre las de éstas con el Todo y Uno. Algunos pensadores empezaban a negar la existencia de múltiples divinidades, y postulaban que los nombres de éstas no eran más que denominaciones de los aspectos sensibles del Uno invisible. Otros negaban con apasionamiento estas doctrinas y se aferraban a las viejas divinidades, sus nombres y sus imágenes; ellos precisamente no creían que el Todo y Uno fuese un ser concreto, sino sólo un nombre aplicado al conjunto de todas las divinidades. De manera similar, para unos las palabras sagradas de los himnos eran creaciones temporales, y por consiguiente mudables, mientras otros las tenían por primigenias y la única cosa auténticamente inmutable. En estos aspectos del conocimiento de lo sagrado, lo mismo que en los de&#8230; se manifestaba el afán de llegar a conocer las verdades últimas, y por eso dudaban y discutían sin descanso de qué fuese el Espíritu mismo, o sólo su nombre, otros rechazaban esta distinción entre el Espíritu y la palabra, considerando que el ser y su imagen eran entidades inseparables. Casi dos mil años más tarde los mejores ingenios de la Edad Media occidental discutirían casi exactamente los mismos puntos. Y aquende como allende hubo pensadores serios y luchadores desinteresados, pero también hubo prebendados desprovistos de espíritu y de caridad a quienes preocupaba únicamente que tales discusiones no redundasen en el desprestigio del culto o del templo, ni que la libertad de pensamiento o de discusión sobre la naturaleza de las divinidades fuese a mermar, por ventura, el poderío ni las rentas de la casta sacerdotal. Lo que ellos querían era seguir viviendo como parásitos del pueblo; cuando el hijo o la vaca de alguno caían enfermos, los sacerdotes se le metían en casa durante semanas y le chupaban toda la hacienda en forma de ofrendas y de sacrificios.Y también aquellos dos brahmanes de cuyas enseñanzas disfrutaba el rey, siempre ávido de saber, estaban reñidos en cuanto a las verdades últimas. Pero como ambos tenían fama de gran sabiduría, el rey, entristecido por tal desavenencia, solía decirse: «Si ni siquiera estos dos sabios consiguen ponerse de acuerdo en cuando a la verdad, ¿cómo podré conocerla nunca yo, con mi flaco entendimiento? No dudo de que debe existir una verdad única e indivisible, pero me temo que ni siquiera los brahmanes puedan llegar a conocerla con seguridad».</p>
<p>Cuando los interrogaba al respecto, sus dos preceptores contestaban:</p>
<p>-Muchos son los caminos, pero el destino es único. Ayuna, mortifica las pasiones de tu corazón, recita las estrofas sagradas y medita acerca de ellas.<br />
El rey hizo de buena gana lo que le aconsejaban, y realizó grandes progresos en la sabiduría, pero sin alcanzar nunca su meta de poder contemplar la verdad última. Cierto que logró superar las pasiones de la sangre, así como aborrecer los deseos y los placeres animales. E incluso para comer y beber tomaba solamente lo indispensable (un plátano al día y unos granos de arroz). Así se purificaba de cuerpo y espíritu, y enfocaba al objetivo definitivo todas sus fuerzas e impulsos de su alma. Las palabras sagradas, cuyas sílabas antes le parecían monótonas y vacías, desplegaban ahora para él todos los encantos de su magia y le dispensaban consuelo íntimo. En estos torneos y ejercicios de la razón iba conquistando premio tras premio. Pero siguió sin hallar la clave del secreto final y de todos los misterios del ser, y eso lo tenía triste y cariacontecido.</p>
<p>Entonces decidió disciplinarse por medio de una gran penitencia. Para lo cual se encerró durante cuarenta días en la más apartada de sus estancias sin probar bocado y durmiendo en el suelo, sin manta ni almohada. Su cuerpo enflaquecido exhalaba un aroma de pureza, su rostro delgado relucía de un brillo interior y su mirada avergonzaba a los brahmanes por la ecuanimidad purísima que traslucía. Superada esta prueba de cuarenta días, convocó a todos los brahmanes en el atrio del templo para que ejercitasen su ingenio en la resolución de las cuestiones más difíciles. Y mandó traer vacas blancas con las frentes adornadas de cadenas de oro, como premio para los vencedores del concurso.</p>
<p>Los sacerdotes y los sabios acudieron, tomaron asiento y se enzarzaron sin demora en la batalla de las ideas y de las palabras. Paso a paso demostraron la exacta correspondencia entre los dos mundos, el sensible y el del espíritu, afilaron sus inteligencias en la interpretación de los versículos sagrados y disertaron sobre el Brahma y el Atman. El ser elemental de cien brazos fue comparado con el viento, con el fuego, con el agua, con la sal disuelta en el agua, con la unión del hombre y la mujer. También idearon parábolas e imágenes para describir el Brahma creador de dioses que son más grandes que el mismo Brahma, y distinguieron entre el Brahma creador y el que encierra en sí lo creado, de manera que procuraban compararlo consigo mismo. Y argumentaron brillantemente sobre si el Atman es anterior a su nombre, o si su nombre es idéntico a su esencia o sólo una creación de ésta.</p>
<p>Una y otra vez intervino el rey proponiendo temas para nuevos interrogantes. Sin embargo, cuanto más prodigaban los brahmanes sus respuestas y sus explicaciones, más solo y abandonado se hallaba entre ellos el rey. Cuando más preguntaba y asentía al escuchar las respuestas, y mandaban que fuesen premiadas las más ingeniosas, más ardía en su anterior el anhelo de la verdad misma. Pues bien se daba cuenta de que todos aquellos discursos y análisis no servían sino para dar vueltas alrededor de ella, pero sin tocarla nunca. Nadie lograba entrar en el círculo interior. De manera que, conforme iba proponiendo preguntas y repartía honores, se veía a sí mismo como un niño dedicado junto con otros niños a una especie de juego. Hermoso, sí, pero de los que provocan sonrisas indulgentes por parte de los hombres adultos.<br />
Por eso el rey fue ensimismándose cada vez más, pese a hallarse en medio de la gran asamblea. Cerró todos los sentidos y dirigió su voluntad ardiente a ese foco, la verdad, pues sabía que todos los seres participan de ella y duerme en el interior de cada uno, también en el de los reyes. Y como era un ser puro, en cuyo interior no subsistía ninguna escoria, fue encontrando suficiencia y claridad dentro de sí mismo. Cuanto más se sumía en sí, mayor era la luz que percibía, como el que camina dentro de una caverna y cada paso le lleva más y más cerca del resplandor de la salida.</p>
<p>Mientras tanto, los brahmanes continuaron largo rato hablando y discutiendo, sin darse cuenta de que el rey estaba como sordo y mudo. Se exaltaban, alzaban las voces cada vez más, y no pocos manifestaban así la envidia por las vacas que habían correspondido a otros.</p>
<p>Hasta que, por fin, uno de ellos reparó en la distracción del monarca. Interrumpiendo su discurso, levantó la mano y lo señaló con el dedo, y su interlocutor calló e hizo lo mismo, y el vecino de éste también. Al fondo del atrio algunos grupos alborotaban y charlaban todavía, pero la mayoría guardaba un silencio sepulcral. Hasta que callaron todos, sentados sin decir nada y mirando al rey, que se mantenía erguido, el semblante impasible, la vista dirigida al infinito. Y su rostro irradiaba una luz fría y clara como la de una estrella. Entonces todos los brahmanes se inclinaron ante su éxtasis y comprendieron que cuanto estaban haciendo era sólo un juego de niños, mientras que el personaje real estaba habitado por Dios mismo, el epítome de todos los dioses.</p>
<p>Pero el rey, cuyos sentidos estaban fundidos en la unidad y vueltos hacia lo interior, seguía contemplando la verdad misma, indivisible, en forma de luz pura que infundía en su interior una certeza dulcísima, a la manera en que un rayo de sol cuando atraviesa una piedra preciosa la convierte en luz y sol, con lo que criatura y creador se hacen uno.</p>
<p>Luego volvió en sí, y cuando miró a su alrededor, sus ojos reían y su frente brillaba como un lucero. Despojándose de sus ropas, salió del templo, salió de la ciudad y del reino, y se adentró desnudo en la selva, donde desapareció para siempre. </p>
<h2><em>Hermann Hesse</em></h2>
<p> </h3>
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		<title>Final del juego  &#8211; Julio Cortázar</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 10:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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<h1 style="text-align: center;"><span style="color: #c5dc6a;">Final del juego</span></h1>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/elfinaldeljuego.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2115" title="elfinaldeljuego" src="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/elfinaldeljuego.jpg" alt="" width="474" height="318" /></a></p>
<p> </p>
<h3>Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la oscuridad de la cocina acababan en una violentísima pelea y el consiguiente desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo usaba otros sistemas, prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá, con lo cual las enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira eso del gato escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la referencia al agua fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y hasta parecía ofrecerse, pobre animalito, a que le volcáramos media taza de agua a cien grados o poco menos, bastante menos probablemente porque nunca se le caía el pelo. La cosa es que ardía Troya, y en la confusión coronada por el espléndido si bemol de tía Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los castigos, Holanda y yo nos perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas vacías del fondo donde Leticia nos esperaba leyendo a Ponson du Terrail, lectura inexplicable.Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos la cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la puerta y le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se iba, repitiendo la misma frase:</p>
<p>-Acabarán en la calle estas mal nacidas.</p>
<p>Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también su siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante. Entonces corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino.</p>
<p>Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato Ä que son los componentes del granito Ä brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos agachábamos a tocar las vías (sin perder tiempo porque hubiera sido peligroso quedarse mucho ahí, no tanto por los trenes como por los de casa si nos llegaban a ver) nos subía a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos contra el viento del río era un calor mojado pegándose a las mejillas y las orejas. Nos gustaba flexionar las piernas y bajar, subir, bajar otra vez, entrando en una y otra zona de calor, estudiándonos las caras para apreciar la transpiración, con lo cual al rato éramos una sopa. Y siempre calladas, mirando al fondo de las vías, o el río al otro lado, el pedacito de río color café con leche.</p>
<p>Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y la central de nuestro juego. La primera en iniciar el juego era Leticia, la más feliz de las tres y la más privilegiada. Leticia no tenía que secar los platos ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o pegando figuritas, y de noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo pedía, aparte de la pieza solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía el juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba a decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez el endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada, de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y nos dirigía.<br />
La satisfacción más profunda era imaginarme que mamá o tía Ruth se enteraran un día del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda increíble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoción y sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de invocaciones a los castigos más célebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que consistían en que las tres terminaríamos en la calle. Esto último siempre nos había dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parecía bastante normal.</p>
<p>Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno, imaginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo y sorteábamos de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos. Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible. La vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos exigían estudios más detenidos. Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho m s complicado y excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos horribles.</p>
<p>Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud, saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos. En realidad la estatua o la actitud no veía nada, por el esfuerzo de mantenerse inmóvil, pero las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen éxito o la indiferencia producidos. Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y reboto hasta mí. era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de varón y bastante mala, decía: &#8220;Muy lindas estatuas. Viajo en la tercera ventanilla del segundo coche, Ariel B.&#8221; Nos pareció un poco seco, con todo ese trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encantó. Sorteamos para saber quién se lo quedaría, y me lo gané.. Al otro día ninguna quería jugar para poder ver cómo era Ariel B., pero temimos que interpretara mal nuestra interrupción, de manera que sorteamos y ganó Leticia. Nos alegramos mucho con Holanda porque Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. La parálisis no se notaba estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme nobleza. Como actitudes elegía siempre la generosidad, el sacrificio y el renunciamiento. Como estatuas buscaba el estilo de Venus de la sala que tía Ruth llamaba la Venus del Nilo. Por eso le elegimos ornamentos especiales para que Ariel se llevara una buena impresión. Le pusimos un pedazo de terciopelo verde a manera de túnica, y una corona de sauce en el pelo. Como andábamos de manga corta, el efecto griego era grande. Leticia se ensayó un rato a la sombra, y decidimos que nosotras nos asomaríamos también y saludaríamos a Ariel con discreción pero muy amables. Leticia estuvo magnífica, no se le movía ni un dedo cuando llegó el tren Como no podía girar la cabeza la echaba para atrás, juntando los brazos al cuerpo casi como si le faltaran; aparte el verde de la túnica, era como mirar la Venus del Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un muchacho de rulos rubios y ojos claros que nos hizo una gran sonrisa al descubrir que Holanda y yo lo saludábamos. El tren se lo llevó en un segundo, pero eran las cuatro y media y todavía discutíamos si vestía de oscuro, si llevaba corbata roja y si era odioso o simpático. El jueves yo hice la actitud del desaliento, y recibimos otro papelito que decía: &#8220;Las tres me gustan mucho. Ariel.&#8221; Ahora él sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla y nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho años (seguras que no tenía más de dieciséis) y convinimos en que volvía diariamente de algún colegio inglés. Lo más seguro de todo era el colegio inglés, no aceptábamos un incorporado cualquiera. Se vería que Ariel era muy bien.<br />
Pasó que Holanda tuvo la suerte increíble de ganar tres días seguidos. Superándose, hizo las actitudes del desengaño y el latrocinio, y una estatua dificilísima de bailarina, sosteniéndose en un pie desde que el tren entró en la curva. Al otro día gané yo, y después de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror, recibí casi en la nariz un papelito de Ariel que al principio no entendimos: &#8220;La más linda es la más haragana.&#8221; Leticia fue la última en darse cuenta, la vimos que se ponía colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con un poco de rabia. Lo primero que se nos ocurrió sentenciar fue que Ariel era un idiota, pero no podíamos decirle eso a Leticia, pobre ángel, con su sensibilidad y la cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareció entender que el papelito era suyo y se lo guardó. Ese día volvimos bastante calladas a casa, y por la noche no jugamos juntas. En la mesa Leticia estuvo muy alegre, le brillaban los ojos, y mamá miró una o dos veces a tía Ruth como poniéndola de testigo de su propia alegría. En aquellos días estaban ensayando un nuevo tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una maravilla lo bien que le sentaba.</p>
<p>Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del asunto. No nos molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas se ven como se ven, pero nos parecía que Leticia se estaba aprovechando demasiado de su ventaja sobre nosotras. Sabía que no le íbamos a decir nada, y que en una casa donde hay alguien con algún defecto físico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que no saben que el otro sabe. Pero tampoco había que exagerar y la forma en que Leticia se había portado en la mesa, o su manera de guardarse el papelito, era demasiado. Esa noche yo volví a soñar mis pesadillas con trenes, anduve de madrugada por enormes playas ferroviarias cubiertas de vías llenas de empalmes, viendo a distancia las luces rojas de locomotoras que venían, calculando con angustia si el tren pasaría a mi izquierda, y a la vez amenazada por la posible llegada de un rápido a mi espalda o -lo que era peor- que a último momento Uno de los trenes tomara uno de los desvíos y se me viniera encima. Pero de mañana me olvidé porque Leticia amaneció muy dolorida y tuvimos que ayudarla a vestirse. Nos pareció que estaba un poco arrepentida de lo de ayer y fuimos muy buenas con ella, diciéndole que esto le pasaba por andar demasiado, y que tal vez lo mejor sería que se quedara leyendo en su cuarto. Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las preguntas de mamá contestó que ya estaba muy bien y que casi no le dolía la espalda. Se lo decía y nos miraba.<br />
Esa tarde gané yo, pero en ese momento me vino un no sé qué y le dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin darle a entender por qué. Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta cansarse. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas sencillas para no complicarle la vida, y ella inventó una especie de princesa china, con aire vergonzoso, mirando al suelo y juntando las manos como hacen las princesas chinas. Cuando pasó el tren, Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo miré y vi que Ariel no tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta que el tren se perdió en la curva, y Leticia estaba inmóvil y o sabía que él acababa de mirarla así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que sí sabía, y que le hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda la noche.<br />
El miércoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo que ella se saliera. Ganó Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel cayó de mi lado. Cuando la levanté tuve el impulso de dársela a Leticia que no decía nada, pero pensé que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y la abrí despacio. Ariel anunciaba que al otro día iba a bajarse en la estación vecina y que vendría por el terraplén para charlar un rato. Todo estaba terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa: &#8220;Saludo a las tres estatuas muy atentamente. &#8221; La firma parecía un garabato aunque se notaba la personalidad.</p>
<p>Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de las de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas, seguro que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos calladas con una cosa así, sin mirarnos casi mientras guardábamos los ornamentos y volvíamos por la puerta blanca.<br />
Tía Ruth nos pidió a Holanda y a mí que bañáramos a José, se llevó a Leticia para hacerle el tratamiento, y por fin pudimos desahogarnos tranquilas. Nos parecía maravilloso que viniera Ariel, nunca habíamos tenido un amigo así, a nuestro primo Tito no lo contábamos, un tilingo que juntaba figuritas y creía en la primera comunión. Estábamos nerviosísimas con la expectativa y José pagó el pato, pobre ángel. Holanda fue más valiente y sacó el tema de Leticia. Yo no sabía que pensar, de un lado me parecía horrible que Ariel se enterara, pero también era justo que las cosas se aclararan porque nadie tiene por qué‚ perjudicarse a causa de otro. Lo que yo hubiera querido es que Leticia no sufriera, bastante cruz tenía encima y ahora con el nuevo tratamiento y tantas cosas.</p>
<p>A la noche mamá se extrañó de vernos tan calladas y dijo qué milagro, si nos habían comido la lengua los ratones, después miró a tía Ruth y las dos pensaron seguro que habíamos hecho alguna gorda y que nos remordía la conciencia. Leticia comió muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su cuarto a leer Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quería mucho, y yo me puse a tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos veces pensé‚ ir al cuarto de Leticia, no me explicaba qué hacían esas dos ahí solas, pero Holanda volvió con aire de gran importancia y se quedó a mi lado sin hablar hasta que mamá y tía Ruth levantaron la mesa. &#8220;Ella no va a ir mañana. Escribió una carta y dijo que si él pregunta mucho, se la demos.&#8221; Entornando el bolsillo de la blusa me hizo ver un sobre violeta. Después nos llamaron para secar los platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por todas las emociones y el cansancio de bañar a José.</p>
<p>Al otro día me tocó a mi salir de compras al mercado y en toda la mañana no vi a Leticia que seguía en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entré un momento y la encontré al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo noveno de Rocambole. Se veía que estaba mal, pero se puso a reír y me contó de una abeja que no encontraba la salida y de un sueño cómico que había tenido. Yo le dije que era una lástima que no fuera a venir a los sauces, pero me parecía tan difícil decírselo bien. &#8220;Si querés podemos explicarle a Ariel que estabas descompuesta&#8221;, le propuse, pero ella decía que no y se quedaba callada. Yo insistí un poco en que viniera, y al final me animé y le dije que no tuviese miedo, poniéndole como ejemplo que el verdadero cariño no conoce barreras y otras ideas preciosas que habíamos aprendido en El Tesoro de la Juventud, pero era cada vez más difícil decirle nada porque ella miraba la ventana y parecía como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo que mamá me precisaba. El almuerzo duró días, y Holanda se ganó un sopapo de tía Ruth por salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de cómo secamos los platos, de repente Estábamos en los sauces y las dos nos abrazábamos llenas de felicidad y nada celosas una de otra. Holanda me explicó todo lo que teníamos que decir sobre nuestros estudios para que Ariel se llevara una buena impresión, porque los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho más que la primaria y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando pasó el tren de las dos y ocho Ariel sacó los brazos con entusiasmo, y con nuestros pañuelos estampados le hicimos señas de bienvenida. Unos veinte minutos después lo llegar por el terraplén, y era más alto de lo que pensábamos y todo de gris.</p>
<p>Bien no me acuerdo de lo que hablamos al principio, él era bastante tímido a pesar de haber venido y los papelitos, y decía cosas muy pensadas. Casi en seguida nos elogió mucho las estatuas y las actitudes y preguntó cómo nos llamábamos y por qué faltaba la tercera. Holanda explicó que Leticia no había podido venir, y él dijo que era una lástima y que Leticia le parecía un nombre precioso. Después nos contó cosas del Industrial, que por desgracia no era un colegio inglés, y quiso saber si le mostraríamos los ornamentos. Holanda levantó la piedra y le hicimos ver las cosas. A él parecían interesarle mucho, y varias veces tomó alguno de los ornamentos y dijo: &#8220;Éste lo llevaba Leticia un día&#8221;, o: &#8220;Éste fue para la estatua oriental&#8221;, con lo que quería decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce y él estaba contento pero distraído, se veía que sólo se quedaba de bien educado. Holanda me miró dos o tres veces cuando la conversación decaía, y eso nos hizo mucho mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese venido nunca. El preguntó otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me miró y yo creí que iba a decirle, pero en cambio contestó que Leticia no había podido venir. Con una ramita Ariel dibujaba cuerpos geométricos en la tierra, y de cuando en cuando miraba la puerta blanca y nosotras sabíamos lo que estaba pasando, por eso Holanda hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanzárselo, y él se quedó sorprendido con el sobre en la mano, después se puso muy colorado mientras le explicábamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guardó la carta en el bolsillo de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en seguida dijo que había tenido un gran placer y que estaba encantado de haber venido, pero su mano era blanda y antipática de modo que fue mejor que la visita se acabara, aunque más tarde no hicimos más que pensar en sus ojos grises y en esa manera triste que tenía de sonreír. También nos acordamos de cómo se había despedido diciendo: &#8220;Hasta siempre&#8221;, una forma que nunca habíamos oído en casa y que nos pareció tan divina y poética. Todo se lo contamos a Leticia que nos estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido preguntarle qué decía su carta pero me dio no sé qué porque ella había cerrado el sobre antes de confiárselo a Holanda, así que no le dije nada y solamente le contamos cómo era Ariel y cuantas veces había preguntado por ella. Esto no era nada fácil de decírselo porque era una cosa linda y mala a la vez, nos dábamos cuenta que Leticia se sentía muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando, hasta que nos fuimos diciendo que tía Ruth nos precisaba y la dejamos mirando las avispas del limonero.</p>
<p>Cuando íbamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: &#8220;Vas a ver que mañana se acaba el juego.&#8221; Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al otro día Leticia nos hizo la seña convenida en el momento del postre. Nos fuimos a lavar la loza bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso era una desvergüenza de Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la puerta y casi nos morimos de miedo cuando al llegar a los sauces vimos que sacaba del bolsillo el collar de perlas de mamá y todos los anillos, hasta el grande con rubí de tía Ruth. Si las de Loza espiaban y nos veían con las alhajas, seguro que mamá iba a saberlo en seguida y que nos mataría, enanas asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y dijo que si algo sucedía ella era la única responsable. &#8220;Quisiera que me dejaran hoy a mí&#8221;, agregó sin mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de golpe queríamos ser tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en el fondo nos quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavo real para sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en la curva fue a ponerse al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa, la estatua más regia que había hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé por qué las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo ojos cerrados y grandes l grimas por toda la cara. Nos rechazó sin enojo, pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo que iba a suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces, después que tía Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida y quería dormir. Cuando llegó el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises. </p>
<h2><em>Julio Cortázar</em></h2>
<p> </h3>
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		<title>No se equivoca – Rene Trossero</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 09:00:38 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[  No se equivoca     No se equivoca el río cuando, al encontrar una montaña en su camino, retrocede para seguir avanzando hacia el mar; se equivoca el agua que, por temor a equivocarse, se estanca y se pudre en la laguna.No se equivoca la semilla cuando muere en el surco para hacerse planta; [...]]]></description>
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<h1 style="text-align: center;"><span style="color: #4dc53a;">No se equivoca </span></h1>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/noseequivoca.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-2122" title="noseequivoca" src="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/05/noseequivoca.jpg" alt="" width="469" height="361" /></a></p>
<p> </p>
<h3>No se equivoca el río cuando, al encontrar una montaña en su camino, retrocede para seguir avanzando hacia el mar; se equivoca el agua que, por temor a equivocarse, se estanca y se pudre en la laguna.No se equivoca la semilla cuando muere en el surco para hacerse planta; se equivoca la que, por no morir bajo la tierra, renuncia a la vida.</p>
<p>No se equivoca el pájaro que ensaya el primer vuelo y cae al suelo; se equivoca el que, por temor a caerse, renuncia a volar y no abandona el nido.</p>
<p>No se equivoca el niño que gatea porque quiere caminar; se equivoca el que, por temor a equivocarse, no gatea y no aprende a caminar.</p>
<p>No se equivoca el hombre que ensaya distintos caminos para alcanzar sus metas; se equivoca aquel que, por temor a equivocarse, no camina.</p>
<p>No se equivoca el hombre que busca la verdad y no la encuentra; se equivoca el que, por temor a errar, deja de buscarla.</p>
<p>No se equivoca el hombre que expresa lo que siente y es rechazado; se equivoca el que, por miedo a decir lo que siente, deja de expresar su amor a otra persona.</p>
<p>No se equivoca el hombre que comienza a cambiar dando pequeños pasos; se equivoca el que, por tratar de dar un giro total a su vida, nunca da el primer paso que inicia el camino que lo llevará a dar la vuelta al mundo.</p>
<p>No se equivoca el hombre que pierde su vida por jugarla en serio; se equivoca el que, por temor a perderla, la pierde en vano sin jugarse nunca.</p>
<p>No se equivoca el hombre que cree saberlo todo sin haber buscado dentro. Se equivoca el hombre que no busca dentro toda la verdad que yace el centro de su ser.</p>
<p>Se equivocan aquellos que no aceptan que ser hombre es buscarse a sí mismo cada día, sin encontrarse nunca plenamente.</p>
<p>Creo que al final del camino no te premiarán por lo encontrado, sino por haber buscado honestamente; y no te castigarán por lo no encontrado, sino por no haber buscado. </p>
<h2><em>Rene Trossero – del libro “Como luces en tu camino”</em></h2>
<p> </h3>
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		<title>MOBY DICK</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 08:00:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[ArTv CinematecA]]></category>

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		<description><![CDATA[  MOBY DICK Moby Dick es una novela del escritor estadounidense Herman Melville publicada en 1851. Narra la travesía del ballenero Pequod en la obsesiva y autodestructiva persecución de una gran ballena blanca impulsada por el capitán Ahab. El tono de la novela, al margen de la persecución y evolución de sus personajes, es eminentemente [...]]]></description>
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<h1 style="text-align: center;"><span style="color: #99ccff;">MOBY DICK</span></h1>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/04/moby-dick.jpg"><img class="size-medium wp-image-2088 aligncenter" title="moby-dick" src="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/04/moby-dick-300x158.jpg" alt="" width="300" height="158" /></a></p>
<h3>Moby Dick es una novela del escritor estadounidense Herman Melville publicada en 1851. Narra la travesía del ballenero Pequod en la obsesiva y autodestructiva persecución de una gran ballena blanca impulsada por el capitán Ahab.</h3>
<h3>El tono de la novela, al margen de la persecución y evolución de sus personajes, es eminentemente enciclopédico, incluyendo el autor extensas y detalladas descripciones de la caza de las ballenas en el siglo XIX y multitud de otros detalles sobre la vida marinera de la época. Quizá por ello la novela no tuvo ningún éxito comercial en su primera publicación, aunque con posterioridad haya servido para cimentar la reputación del autor y situarlo entre los mejores escritores estadounidenses.</h3>
<h3>La obra Moby Dick está inspirada, en una vertiente, en un caso real que padeció el ballenero Essex, de Nantucket, Massachusetts, cuando fue atacado por un cachalote. Dos de los ocho sobrevivientes relataron el suceso del que Melville tuvo sobrado conocimiento, pues él mismo fue un curtido ballenero que zarpó del noreste de EEUU, alrededor de 1840, para dar la vuelta al Cabo de Hornos y surcar los mares de Chile y toda la cuenca del Pacífico, tras los cetáceos que proporcionaban entonces el aceite de los faroles callejeros. Entonces, no es aventurado afirmar que Moby Dick está también basada en las experiencias personales de Melville como marinero.</h3>
<h3>Adicionalmente, la obra Moby Dick tuvo como referencia histórica un relato publicado en 1839 por la revista neoyorquina Knickerbocker. Escrito por un oficial de la armada de EE.UU., narra el enfrentamiento real de balleneros con un cachalote albino conocido como Mocha Dick cerca de la isla Mocha en Lebu, Chile. Como Moby Dick escapó incontables veces de sus cazadores durante más de cuarenta años, llevaba varios arpones incrustados en la espalda. Los balleneros contaban que atacaba furiosamente, dando resoplidos que formaban una nube a su alrededor; embestía los barcos perforándolos y volcándolos, matando a los marineros que se atrevían a enfrentarlo. Según el marinero que contó la historia publicada en la revista, para lograr matar a Mocha Dick se requirió la unión de varios barcos balleneros de distintas nacionalidades. Cabe destacar que en Chile, en la cultura indígena mapuche, existe el mito del Trempulcahue, cuatro ballenas que llevan el alma de los mapuches que mueren hasta la isla de Mocha, para embarcarse en su viaje final. En el año 2005, en la costa de Chile, se filmó a varios de estos cachalotes albinos.</h3>
<div>
<h3>Fuente: Wikipedia</h3>
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		<title>La vida es sueño</title>
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		<pubDate>Tue, 08 May 2012 07:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Teatro]]></category>

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		<description><![CDATA[La vida es sueño La vida es sueño es una obra de teatro de Pedro Calderón de la Barca estrenada en 1635 y perteneciente al movimiento literario del barroco. El tema central es la libertad frente al destino. La obra tiene un tono dramático, pero no llega a ser tragedia. Pertenece a un género teatral [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p></br></p>
<h1 style="text-align: center;">
<span style="color: #ccffff;">La vida es sueño</span></h1>
<p></br></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/04/lavida-es-sueño.jpg"><img class="size-medium wp-image-2091 aligncenter" title="lavida es sueño" src="http://www.poetastrabajando.com/revista/wp-content/uploads/2012/04/lavida-es-sueño-300x241.jpg" alt="" width="300" height="241" /></a></p>
<p></br></p>
<h3>La vida es sueño es una obra de teatro de Pedro Calderón de la Barca estrenada en 1635 y perteneciente al movimiento literario del barroco. El tema central es la libertad frente al destino.</h3>
<h3>La obra tiene un tono dramático, pero no llega a ser tragedia. Pertenece a un género teatral propio del barroco llamado tragicomedia. En él se mezcla lo trágico con lo cómico y pretende con eso obtener un público amplio</h3>
<h3>La vida es sueño es sin duda la obra más célebre de su autor. Escenifica la historia de un príncipe polaco, Segismundo, a quien su padre encierra en una cueva bajo la tutela del ayo Clotaldo, con el propósito de eludir los negros pronósticos de los astros. Más tarde, el rey Basilio se arrepiente y decide tentar a la fortuna liberando a su hijo. Comienza entonces un ir y venir de los personajes entre la realidad y el sueño, en el que el hijo desafía al padre.</p>
<p>Obra de hondo contenido filosófico que aborda cuestiones como el honor, el libre albedrío, la predestinación y condición de realidad de cuanto nos rodea, La vida es sueño es un producto típico de la literatura del Barroco, tan dada a los temas relacionados con el engaño de los sentidos</h3>
<p></br></p>
<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=FI6AAPTQfZo"><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="425" height="350" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/FI6AAPTQfZo" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="425" height="350" src="http://www.youtube.com/v/FI6AAPTQfZo"></embed></object></a></p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="425" height="350" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/EFavKO_Lrks" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="425" height="350" src="http://www.youtube.com/v/EFavKO_Lrks"></embed></object></p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="425" height="350" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/XkQdwJMDpLI" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="425" height="350" src="http://www.youtube.com/v/XkQdwJMDpLI"></embed></object></p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="425" height="350" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/RoMW65u8Mp0" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="425" height="350" src="http://www.youtube.com/v/RoMW65u8Mp0"></embed></object></p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="425" height="350" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/JgRuD8QOqbY" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="425" height="350" src="http://www.youtube.com/v/JgRuD8QOqbY"></embed></object></p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="425" height="350" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/LTF9tL8IPYU" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="425" height="350" src="http://www.youtube.com/v/LTF9tL8IPYU"></embed></object></p>
<p></br></p>
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