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Poemas completos de James Joyce II
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Autor Tema: Poemas completos de James Joyce II  (Leído 10044 veces)
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« : Julio 26, 2012, 10:08:21 »

            I

Cuerdas en la tierra y en el aire
hacen dulce música:
cuerdas cerca del río
donde los sauces se acogen.

Hay música a lo largo del río
pues por ahí vaga el Amor,
pálidas flores en su manto,
oscuras hojas en su cabello.

Todo suavemente tañendo.
con la cabeza inclinada hacia la música.
y dedos extraviados
sobre un instrumento.



            II

El crepúsculo cambia del amatista
aun intenso y más intenso azul,
el farol ilumina con un pálido brillo verde
los árboles de la avenida.

El viejo piano toca un aire,
sosegado y lento y alegre;
ella se dobla sobre las amarillas claves,
su cabeza vuelta hacia el camino.

Tímidos pensamientos y solemnes ojos
                               [grandes y manos
que vagan como quieren.
El crepúsculo se torna en un oscuro azul
con claridades de amatista.


        III

A esa hora cuando reposan todas las cosas,
oh solitario observador de los cielos,
¿oyes el viento nocturno y los suspiros
de arpas tañendo al Amor para abrir
las pálidas cancelas del amanecer?

Cuando reposan todas las cosas ¿te
despiertas para escuchar las dulces arpas tocar
al paso del Amor,
y al viento nocturno contestar cual antífona
hasta que desaparece la noche?

Tañed, arpas invisibles, al Amor;
cuyo camino en el cielo es fulgurante
a esa hora cuando suaves luces van y vienen,
queda y dulce música en aire arriba
y en la tierra abajo.


   IV

Cuando la tímida estrella avanza en el cielo
toda virginal, desconsolada,
escucha en medio del soñoliento ocaso
a quien junto a tu cancela canta.
Su canción es más delicada que el rocío
y ha venido a visitarte.

Oh, no te inclines en el ensueño
cuando él te llame a la caída de la tarde
ni medites: ¿quién puede ser el cantor
cuya canción cerca mi corazón?
Por el canto del amante reconoce
que soy yo tu visitante.


        V

Asómate a la ventana,
dorada cabellera,
te escuché cantando
una alegre tonada.

Mi libro está cerrado;
no leo más,
mirando cómo danza el fuego
sobre el suelo.

He dejado mi libro,
he dejado mi alcoba;
pues te escuché cantar
en la sombra.

Cantando y cantando
una alegre tonada,
asómate ala ventana,
dorada cabellera.


 VI

Me gustaría estar en ese dulce pecho
( ¡oh, es dulce y es bueno! )
donde ningún rudo viento me visitaría.
Por culpa de tristes austeridades
me gustaría estar en ese dulce pecho.

Siempre estaría en ese corazón
( ¡oh. llamo dulcemente y dulcemente le
                                        [ suplico! )
donde sólo la paz sería mi compañera.
Más dulces serían las austeridades
si yo estuviera siempre en ese corazón.


          VII

Mi amor en leve atavío
está entre los manzanos.
donde los alegres vientos desean
correr acompañados.

Allí, donde los alegres vientos se detienen
                                            [ a cortejar
las hojas nuevas cuando pasan.
mi amor va lentamente,
inclinada sobre su sombra en la yerba;

y donde el cielo es una pálida copa azul
sobre la riente tierra.
mi amor va ligeramente, alzando
su vestido con mano delicada.



            VIII

¿Quién va en medio del verde bosque
toda ella de primavera?
¿Quién va en medio del alegre bosque verde
haciéndolo más alegre?

¿Quién pasa a la luz del sol
por caminos que conocen el leve paso?
¿Quién pasa a la dulce luz del sol
con tan virginal aspecto?

Los caminos de todo el bosque
brillan con suave y dorado fuego.
¿Para quién todo el soleado bosque
luce atuendo tan airoso?

Oh, es por mi amor
que los bosques visten su rico adorno.
Oh, es por el amor mío
que es tan joven y hermosa.


   IX

Vientos de mayo, que danzan en el mar,
bailando en corro con regocijo
de surco en surco, mientras arriba
la espuma vuela a ser coronada,
en plateados arcos cruzando el aire,
¿visteis a mi amor en algún sitio?
¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
¡Por los vientos de mayo!
¡El amor es desgraciado cuando la amada
                                         [ está lejos!


           X

Brillante gorra y gallardete,
canta él en la cueva:
acompañadme, acompañadme,
todos los que aman.
Dejen los sueños a quienes sueñan
que no vendrán ya,
pues canción y risa
no mueven nada.

Con cintas ondeando
él canta más osadamente;
zumban abejas silvestres
en su hombro.
y al tiempo de soñar
los sueños se acaban.
Como amante a amante,
mi amor, yo vengo.


      XI

Di adiós, adiós, adiós,
di adiós a tus días de niña.
Viene el alegre Amor a cortejarte
a ti y a galantear tus costumbres de niña.
El ceñidor que te vuelve hermosa,
el cintillo sobre tu cabello de oro.

Cuando hayas oído su nombre
en las cornetas del querubín
lentamente empieza a desceñir
tu pecho de niña para él
y lentamente quítate el cintillo
que es el signo de la doncellez.


            XII

¿Qué consejo la encapuchada luna
puso en tu corazón, mi dulce tímida,
de Amor en viejo plenilunio,
gloria y estrellas bajo sus pies,
un sabio familiar y amigo
del comediante capuchino?

Créeme que soy sabio
en ignorar lo divino.
La gloria arde en esos ojos,
tiembla a la luz de las estrellas. ¡Mía, oh mía!
No más lágrimas para ti, dulce sentimental,
bajo la luna o la niebla.



            XIII

Ve a ella muy cortésmente
y dile que voy,
viento de fragancias cuya canción
es siempre un epitalamio.
Oh, date prisa en las tierras oscuras
y corre sobre el mar
pues ni mares ni tierras nos dividen,
a mi amor y a mí.

Ahora, viento de tu buena cortesía
te ruego que vayas,
y entres en su pequeño jardín
y cantes a su ventana;
cantando: el viento nupcial sopla
pues el Amor está en su apogeo;
y pronto contigo tu verdadero amor estará,
pronto, oh pronto.


            XIV

Mi paloma, hermosa mía,
¡ven, ven!
El rocío nocturno yace
sobre mis labios y mis ojos.

Los fragantes vientos tejen
una música de suspiros:
¡ven, ven
mi paloma, hermosa mía!
Junto al cedro espero,
mi hermana, mi amor,
blanco pecho de paloma,
el mío será tu lecho.

Yace el pálido rocío
como un velo en mi cabeza,
Mi linda, mi linda paloma,
¡ven, ven!



            XV

De frescos sueños, mi alma, se levanta,
del profundo sueño del amor y de la muerte,
pues ¡mira! los árboles llenos de suspiros
cuyas hojas amonesta la mañana.

Hacia el este la gradual aurora prevalece
donde suaves fuegos aparecen,
haciendo temblar aquellos velos
de gris y dorada telaraña,

Mientras dulce, gentil, secretamente,
repican las florecidas campanas matinales
y el sabio coro de hadas
empieza ( innúmero) a escucharse.


        XVI

Oh, fresco ahora está el valle
y allá, amor, iremos
que están cantando muchos coros
ahí donde Amor una vez estuvo.
¿Y no escuchas llamar a los zorzales,
llamarnos de lejos?
Oh, fresco y placentero es el valle
y allá, amor, nos quedaremos.



            XVII

Porque tu voz estaba a mi lado
a él le di dolor,
porque dentro de mi mano tenía
otra vez tu mano.

No hay palabra ni signo
que lo puedan disuadir.
Ahora es un extraño
quien fue mi amigo.


            XVIII

Oh, amada, escucha
la historia de tu amante;
un hombre ha de sufrir
cuando le engañen sus amigos.

Pues entonces sabrá
que los amigos mienten
y en puñado de cenizas
se vuelven sus palabras.

Pero alguien hacia él
irá suavemente
y suavemente lo cortejará
en el amor.

Sus manos están debajo
del suave redondo pecho de ella;
y así quien tuvo penas
tendrá reposo.



            XIX

No estés triste porque los hombres
susciten falsos rumores sobre ti:
queda, amor, otra vez en paz.
¿Pueden ellos deshonrarte?

Son más tristes que todas las lágrimas;
sus vidas suben como un suspiro continuo.
Contesta con orgullo a sus lágrimas:
niega, si niegan ellos.


            XX

En el oscuro bosque de pinos
me gustaría que reposáramos,
en profunda fresca sombra
al mediodía.

¡Qué dulce yacer ahí,
hermoso el besar,
donde la floresta de pinos
se llena de paseos!

Tu beso descendiendo
más dulce
con el suave desorden
de tus cabellos.

Oh, hacia el bosque de pinos
al mediodía
ven conmigo ahora,
dulce amor.


        XXI

El que ha perdido la gloria
y no ha encontrado ningún alma como
                                     [ compañera,
entre sus enemigos de desprecio e ira,
y posee la nobleza antigua,
aquel sublime incomparable.
Su amor es su compañero.



            XXII

Por tan dulce prisión,
mi alma, querida, se alegra
suaves brazos me cortejan para enternecerme
y me cortejan para retenerme.
¡Ah, si me pudieran estrechar por siempre
yo gustoso fuera un prisionero!

Querida, a través de brazos entrelazados,
trémulos de amor,
la noche me halaga donde alarmas
no puedan de modo alguno inquietarnos;
sino donde el sueño con el más hondo sueño
                              [se despose
donde el alma con el alma yazga prisionera.


            XXIII

Este corazón que revolotea cerca del mío
es mi esperanza y mi riqueza,
desdichado cuando nos separamos
y feliz entre beso y beso:
es mi esperanza y toda mi riqueza, sí.
Y toda mi felicidad.

Pues ahí, como en un mohoso nido
los reyezuelos guardan diversos tesoros.
puse los tesoros que poseía
antes que mis ojos aprendieran a llorar.
¿No hemos de ser tan sabios como ellos
aunque el amor viva sólo un día?



            XXIV

En silencio se peina,
peina sus largos cabellos,
en silencio y con gracia,
entre bellos ademanes.

El sol cae sobre las hojas del sauce
y en la moteada yerba,
y todavía peina sus largos cabellos
ante el espejo.

Te ruego, deja de peinar,
peinar tus largos cabellos,
pues he oído de encantamientos
bajo un bello ademán

haciendo pensar al amante
que se va y se viene a distancia,
tan serena, entre bellos ademanes
y muchas negligencias.


            XXV

Ven ligera o ligera vete:
aunque tu corazón presagie infortunio,
valles y soles inútiles,
ninfa deja correr tu risa
hasta que el irreverente aire de la montaña
agite tu flotante cabellera.

Ligera, ligera, siempre así:
las nubes que abajo envuelven los valles
a la hora del crepúsculo
son los servidores más humildes;
amor y risa se confiesan en canciones
cuando el corazón está más abatido.


        XXVI

Te recuestas en la valva nocturna,
querida señora, con oído de augur.
En ese suave coro de delicia
¿qué nota ha hecho temer tu corazón?
¿Es como si avanzaran ríos
de los grises desiertos del norte?

Ese ánimo tuyo, oh temerosa,
es el suyo, si tu lo examinas bien.
Quién manda este terrible cuento
en hora fantasmal y conjurable.
Y todo por un nombre extraño que leyó
en Purchas o en Holinshed.



            XXII

Por tan dulce prisión,
mi alma, querida, se alegra
suaves brazos me cortejan para enternecerme
y me cortejan para retenerme.
¡Ah, si me pudieran estrechar por siempre
yo gustoso fuera un prisionero!

Querida, a través de brazos entrelazados,
trémulos de amor,
la noche me halaga donde alarmas
no puedan de modo alguno inquietarnos;
sino donde el sueño con el más hondo sueño
                              [se despose
donde el alma con el alma yazga prisionera.



            XXVIII

Gentil señora, no cantes
tristes canciones sobre el fin del amor;
deja a un lado la tristeza y canta
cómo es suficiente el amor que pasa.

Canta sobre el largo y profundo sueño
de los amantes muertos, y cómo
en la tumba todo amor dormirá:
el amor está cansado ahora.


       XXIX

Corazón querido ¿por qué me maltratas así?
Amados ojos que me afrentáis con gentileza,
todavía sois bellos, pero ¡oh,
de qué modo está su belleza revestida!

A través del claro espejo de tus ojos,
a través del débil suspiro de beso a beso,
vientos desolados invaden con gritos
el umbrío jardín donde está el amor.

Y pronto estará disuelto el amor
cuando sobre nosotros soplen los vientos.
Pero tú, amor, tan amada,
ay, ¿por qué me maltratas así?


     XXX

El amor vino hasta nosotros hace tiempo
cuando uno al atardecer jugaba con timidez
y otro con miedo permanecía al lado.
Pues al nacer el Amor es todo temor.

Fuimos amantes serios. Pasó el Amor
que tuvo muchas dulces horas.
Bienvenidos hoy para nosotros, al fin,
los caminos que hemos de seguir.


       XXXI

Oh, fue por Donnycarney
cuando el murciélago volaba de árbol en árbol
mi amada y yo caminábamos juntos
y eran dulces las palabras que me decía.

En nuestra compañía el viento estival
iba murmurando, ¡oh, cuán feliz!
Pero más suave que el aliento del verano
era el beso que ella me daba.


            XXXII

Ha llovido todo el día.
Oh, ven entre los árboles frondosos:
las hojas yacen espesas
sobre el camino de los recuerdos.

Tras un rato en el camino
de recuerdos, nos iremos,
Ven, amada mía, donde pueda
hablarle a tu corazón.



            XXXII

Ha llovido todo el día.
Oh, ven entre los árboles frondosos:
las hojas yacen espesas
sobre el camino de los recuerdos.

Tras un rato en el camino
de recuerdos, nos iremos,
Ven, amada mía, donde pueda
hablarle a tu corazón.



     XXXIV

Duerme ahora, oh duerme ahora,
¡oh inquieto corazón!
Una voz diciendo "duerme ya"
se escucha en mi corazón.

La voz del invierno
se escucha en la puerta.
Oh duerme, pues el invierno
grita "no duermas más".

Mi beso ahora dará paz
y quietud a tu corazón.
Duerme ya en paz,
¡oh inquieto corazón!


            XXXV

Todo el día oigo el rumor de las aguas
gimiendo,
triste como el ave marina que
al volar solitaria
oye a los vientos gritar a las aguas
monótonamente.

Los grises vientos, los fríos vientos soplan
adonde vaya.
Oigo el rumor de muchas aguas
lejos, ahí abajo.
Todo el día, toda la noche, los oigo correr
de un lado a otro.


        XXXVI

Oigo un ejército acometiendo sobre la tierra
y el trueno de corceles encabritándose, espuma
en sus rodillas:
arrogantes, en negra armadura, detrás de ellos
desdeñando las riendas, agitando
los látigos, están los aurigas.

Gritan a la noche sus nombres de batalla:
yo gimo en sueños cuando oigo a lo lejos sus
risas circulares.
Hienden la penumbra de los sueños, una llama
que ciega,
resonando, resonando sobre el corazón como sobre
un yunque.

Vienen agitando en triunfo sus largas
cabelleras verdes:
salen del mar y corren gritando
por la playa.
Mi corazón, ¿no tienes sabiduría que así me desesperas?
Mi amor, mi amor, mi amor, ¿por qué
me has dejado solo?





En línea

Los trabajadores de estas páginas construyen
un monumento que, a ladrillos de prosa y poesía, se eleva a la condición divina.

Russo Dylan
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