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Querida Ivy
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Autor Tema: Querida Ivy  (Leído 605 veces)
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Leonor Aguilar
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« : Marzo 26, 2017, 06:47:26 »
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Querida Ivy




Los que no te conocieron tanto puede que te recuerden por tu paso por las pistas, por los trofeos que nos regalaste, por tu lucimiento a la hora de rendir ataque, porque verte saltar a morder la manga y volar era un lujo, o quizás te recuerden por haber sido una de las tres hembras con que iniciamos el criadero, por haber sido la madre de un campeón argentino, de un subsieger, o porque dejaste una progenie de excelente calidad.

Yo prefiero hacerlo de otro modo.  ¿Te acordás aquella noche de invierno en que me di una vuelta por el criadero? Era un viernes, se suponía que ibas a parir el domingo y te encontré haciendo nido en un lugar que habíamos preparado con desacierto. El viento había cambiado y entraba inclemente en ese sitio. Era tanto el frío que apenas te vi supe que morirían tus hijos si nacían esa noche. Cuando te quise dejar un momento para  cambiarte a un lugar mejor tomaste la manga de mi abrigo como diciendo ¡no me dejes! No te hubiera abandonado a tu suerte, pero tu pedido me llevó a tomar rápidamente mi decisión. Sentada en el asiento del acompañante, con cinturón de seguridad puesto y rogándote que pudieras esperar unos minutos más, apenas llegaste a casa comenzaron a nacer  tus cuatro pequeños al abrigo de un cuarto calefaccionado.

Me gusta recordarte cuando compartías helados con tu amigo. Un poco para él, otro para vos, de nuevo él… y cuando apenas quedaba el barquillo lo robabas porque tenías en claro que era tuyo. ¿Sabías que ese niño jamás pidió un helado de chocolate porque te iba a hacer mal?

Me saca una sonrisa el recuerdo de tu picardía a la hora de dormir. Tendida en tu colchón en el suelo esperabas que todas las luces se apagaran para treparte a la cama de tu amigo, y la compartían hasta que sonaba el despertador de su madre, lo que hacía que velozmente volvieras a ubicarte en tu colchón y aparentar que aun dormías, como para que nunca te impidieran pasar las noches con él.

La última vez que criaste fueron once pequeños. Yo tenía mis dudas de que pudieras sacar a todos adelante y me diste una lección. Cuando volví de almorzar encontré a cinco fuera de la paridera. Los acomodé nuevamente en su lugar e inmediatamente los sacaste, me miraste fijamente como diciendo no los toques, y ahí me di cuenta que era tu voluntad haberlos separado. Los más débiles comían primero y luego te cambiabas de lugar para alimentar al resto. Instintivamente sabías que era el modo de que todos pudieran mamar y yo no debía intervenir más que en dejarte agua y alimento siempre a mano.

Cuando el padre de tu amigo te abandonó en mis manos me partió el alma pensar en tu futuro sin tu compañero humano. Ya no podrías volver con él y te prometí que te iba a buscar el mejor sitio posible. Estuve a punto de llevarte conmigo, pero encontré un hogar mejor. Cuidaste de mi madre desde el día en que llegaste a su casa. El modo de saber por dónde andaba ella era ver de dónde venías al oírme entrar, porque siempre estuviste a su lado. Sé que has sido feliz con ella, que fuiste mimada y consentida, que todas tus necesidades fueron satisfechas y siento que cumplí la promesa que te hice.

Respondiste con agradecimiento y nobleza. Hasta el último momento lo hiciste. Aquella noche, hace sólo un par de meses, estabas muy enferma. No sé de dónde sacaste fortaleza para limpiar a lengüetazos mis lágrimas cuando nos dimos un abrazo apretado y largo sabiendo que era un adiós.
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