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Autor Tema: Querida Danka  (Leído 63 veces)
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Leonor Aguilar
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« : Junio 16, 2017, 08:11:27 »
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Querida Danka




Posiblemente no hayas sido el perro que más amé, pero en tu modo particular me dejaste tu huella tallada en el alma.

Con vos rompí las reglas que establece la naturaleza. Tu madre lo sabía, atendía a toda la camada y te apartaba. Yo te mezclaba entre todos y ella nuevamente te reconocía y dejaba de lado negándose a atenderte. Y yo no puedo con mi genio, no puedo no hacer nada, no puedo dejar morir a un animal sin haberlo intentado,  por lo que me volví tu madre-humana, la que te cambió de sitio y te sacó adelante a fuerza de mamadera y paciencia.

Por ser la más pequeña del grupo supe que sería difícil hallarte un hogar, y como el mío estaba vacío de perro de raza grande en ese momento decidí  dejarte en casa. Moría de amor con la ternura de tu mirada, y te juro que me hiciste pagar cada día las consecuencias de haber roto las reglas.

A poco de llegar empezaste a mostrar tus carencias. Comida sólida que escasamente querías ingerir. La anorexia, definitivamente, es mental, y no sólo para los humanos. Ya no sabía con qué mezclar el alimento para que llegaras a la cantidad que era necesaria a tu raza y edad. Cada vez que parecía que había dado con lo que te gustaba poco después te cansaba y nuevamente dejabas de comer. Creo que podrías haber sido modelo, de esas que caminan por las pasarelas con la belleza oculta bajo una colección de huesos. Todo el que te veía me decía que la bolsa de alimento balanceado no era para que la veas, yo debía sacar de ahí tu almuerzo y ponerlo en el comedero correspondiente, o que si precisabas una radiografía bastaba ponerte al trasluz y se podía ver cada detalle de tu interior.

No quiero hacer tu lista del debe, porque superada la etapa del cachorro no cambió nada. Zapatos, pantalones, medias, fideos, harina robada de la alacena, o lo que venga,  lo que pescaras en el camino te venía bien para dejar el destrozo y el desparramo, como para que jamás olvidara que la responsabilidad de tu vida era exclusivamente mía.

Tampoco te funcionaba el automático. A la orden de sit había que tocar la grupa para llevarte a la posición sentada. En realidad ninguna orden entraba de una y me resigné a no seguir intentándolo. Ni pensar en pedirte que dejes de ladrar, cuando arrancabas podías hacerlo hasta el infinito. No había paciencia ni ternura que logre que acates algo, siempre fuiste un espíritu libre y había que aceptarte como eras. Y sin embargo el día que habías hallado una puerta abierta y escapaste, con el alma encogida te busqué. Grande fue la sorpresa de hallarte a mi retorno esperando en el frente de casa a que me diera cuenta que supiste volver por tus propios medios.

Aquella noche no quisiste cenar. El plato quedó lleno y no quise molestarte, había conseguido que por fin parezcas  un perro y no una bolsa de huesos, una cena que quisieras saltar no iba a ser tremendo. Pero estabas rara, algo te sucedía, algo sentías y yo no podía descubrir qué era. Aparentemente estaba todo bien, pero tu mirada, esa que hacía que termine riéndome de tus desastres, era distinta. Aunque nunca te permití subir a mi cama esa noche estabas diferente y aflojé. Incluso permitiste que te acaricie y rasque el lomo, cosa no muy habitual en tus modos de aceptar cariño.

Con la luz del amanecer encontré que habías pasado a mi lado del sueño reparador al descanso eterno.  Yo había aprendido  a quererte con tus limitaciones, no me importaba lo que opinaran. En tus escasos cinco años de vida me mostraste  otra cara del amor, ésa que nos enseña a querer más allá de los defectos, de las frustraciones y las expectativas.  Y aunque no se pueda creer, te guardo en un rincón de privilegio entre los recuerdos.
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