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Autor Tema: Querida Samy  (Leído 59 veces)
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Leonor Aguilar
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« : Agosto 30, 2017, 09:26:19 »
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Querida Samy



Samantha Soleil The Star White: Mucho nombre para un personaje tan pequeño. Eras una pelotita blanca que de adulta llegó a pesar sólo tres kilos. Pero en ese envase tan chiquito había un corazón grande con un amor infinito, y es lo que nos siempre tuvimos en tu compañía.

Llegaste a casa una noche. Aun asustada por el viaje en avión, dos ojitos temerosos nos estudiaban asomados  desde su escondite entre dos sillones. Tardaste en estar en brazos de mi hija de seis años lo que demoró en verte, y creo que desde ese día no hubo momento en que quisieras desprenderte de ella.

Parecía gustarte que te pasee en el changuito de sus muñecas, te peine y  te ponga moños en el pelo, porque después de tu sesión de coquetería seguías a su lado aun teniendo la posibilidad de cambiarte de sitio. Sabías cuando ella te iba a dejar por un rato y tironeabas de sus medias para que no se vista.  Ante lo irremediable de que debiera dejarte para ir a la escuela, la acompañabas en el auto para después volver a casa conmigo. ¡Te encantaba la ventanilla abierta para ladrarle a cuanto perro veías por el camino! Creo que nunca tuviste una idea cabal de tu tamaño, porque si cualquiera de esos te pescaba no la hubieras pasado nada bien.

Con vos todo parecía ser un juego. Si caía una arveja era entretenimiento asegurado. Era la pelotita acorde a tu tamaño, y no dejabas pasar la oportunidad de jugar con ella. La alzabas, la sacudías, la volvías a tirar, y así por largo rato hasta que otra cosa llamara tu atención.

Toda alegría la manifestabas dando lengüetazos de felicidad. Era gracioso, porque llegar y alzarte implicaba que había que pasar por tus demostraciones de afecto. Pero si te ofendías dabas vuelta la cara dando cuenta de tu malestar, cosa que sucedía cuando mi hija viajaba a concursos de danza y quedabas al cuidado de alguien de absoluta confianza por algunos días. Bastaba que vieras que preparaban valijas para que te metas dentro de ella como diciendo ¡llévenme! Y aunque no lo supieras, en el viaje de regreso pensábamos cuánto tardarías en perdonar lo que sentías un abandono, porque mezclabas la alegría de oír nuestras voces y sacudir la cola feliz, a que pasaras a los brazos, recordaras que estabas ofendida y te negaras a mirarnos y saludar.

La maternidad sacó a relucir detalles que desconocíamos. Cuando la otra perra de la casa, ovejero alemán, quiso ver qué era lo que tenías escondido en la canasta bajo un montón de trapos con los que ocultabas la miniatura que guardabas celosamente,  te paraste frente a ella y sacando pecho gruñiste para advertirle que no se acerque. Yo había corrido a separarlas, pero tu determinación hizo que comprendiera que debía respetar esa distancia.

Los nueve años te encontraron perdiendo la visión. La mitad de tu vida fuiste ciega, y sin embargo te adaptaste a tu situación. Sólo debíamos dejar cada silla en su lugar porque manejabas los espacios de memoria y el olfato era tu gran aliado. Siempre sabías donde estaba tu compañera y no te costaba nada conseguir que te tenga en sus brazos donde te sentías protegida.

Podría decir que fuiste una pieza importante en la obtención del título universitario de mi hija. Empezaban juntas la mañana muy temprano, y podías permanecer en el almohadón de tu banquito a su lado todas las horas que precisara para estudiar.

Una mañana las observaba juntas y por primera vez tuve temor de tu suerte. La habías acompañado durante su  escuela primaria, la secundaria y ahora con sus estudios superiores. Ya eras una perrita muy adulta y habían empezado a aparecer los problemas de salud propios de la vejez. Sabía que en algún momento nos ibas a dejar, pero siempre deseamos que ese momento sea lo más lejano posible y nos resistimos a pensarlo como algo que inevitablemente va a suceder. Internamente anhelaba que lograras llegar con vida al final de su carrera, que ese dúo no se separara, iba a ser muy duro perderte.

Ese temor se volvió una realidad cuando un decaimiento llevó a la consulta del profesional, donde una ecografía confirmó una piómetra. El único modo de salvarte la vida era una cirugía de urgencia,  y no estaba segura de que pudieras salir adelante. El conjunto que se daba no era bueno. La infección, más una insuficiencia renal y un soplo cardíaco, sumados a tus catorce años, hacían difícil tu supervivencia. Aun así decidimos darte la oportunidad. No puedo olvidar nuestras lágrimas cuando te depositamos en las manos del veterinario que me decía, Leo, vos sabés cómo es esto… Sí,  lo sabía, trabajar en una veterinaria me permitía entender todos los riesgos. Para quitarle presión de encima no quise presenciar la cirugía y le aclaré que no lo culparía si fallecías en la camilla, que tenía en claro que era una alta posibilidad dada la gravedad de tu dolencia y la edad que jugaba en contra. Pero si no operaban morirías en un par de días, sufriendo además, y merecías que lo intentemos.  Es increíble cómo la felicidad puede ser un pequeño bulto envuelto en su manta volviendo a casa después de superar su  peor momento en la vida.

Te recuperaste totalmente. Volviste a ser la misma Samy de antes, la que paseaba en brazos, la que se sentaba a acompañar por largas horas de estudio.  De alguna manera entendiste su felicidad al lograr un título universitario, porque estabas más alegre que de costumbre cuando regresó a casa después de dar su tesis. Y después de ese momento al que yo temía que no llegarías, la acompañaste un par de años más. Era como sentir que vivirías por siempre y eso reconfortaba el alma.

La muerte te encontró durmiendo. Sin sufrir, sin dolor, sin aviso previo que nos preparara afectivamente, sencillamente se apagó tu cuerpito cansado por el paso de los años. Recordarte me causa una mezcla de dolor por tu partida y alegría de haberte tenido. Espero que hayas sido tan feliz como lo fuimos nosotros con vos. Descansas bajo el jazmín celeste, ése por donde te gustaba pasear en el fondo de casa y traías las flores enredadas en tu pelo. No tengo dudas de que llegaste a vivir tantos años gracias a tu cumpa que te cuidó toda la vida, que supo ser responsable de su compañera, que nunca te consideró una carga y puso todo de sí para hacerte liviana tu ceguera y tu vejez.

Descansa en paz, pequeña Samy.  Te lo has ganado con creces. Gracias por habernos regalado dieciocho años de inmenso amor.

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HENRIQUE MENDES
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« Comentar #1 : Agosto 30, 2017, 10:35:27 »
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Profundo y tocante, mi amiga.
Momentos así son terribles, y lo saben muy bien aquellos que tienen animalitos por compañeros. Cuando parten dejan un agujero en nuestro mundo personal.
Un abrazo para vos.

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Leonor Aguilar
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« Comentar #2 : Octubre 14, 2017, 08:19:55 »
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Profundo y tocante, mi amiga.
Momentos así son terribles, y lo saben muy bien aquellos que tienen animalitos por compañeros. Cuando parten dejan un agujero en nuestro mundo personal.
Un abrazo para vos.




Gracias H.

Todos la echamos de menos, mi hija aún extraña su compañera de cuatro patas, pero eso es justamente lo que la llevó a adoptar una perrita sin hogar.

Te invito a que escribas la historia de tu perro, que si no lo hacen ustedes esta sala acabará siendo sólo mía  Grin

¡Abrazo!
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HENRIQUE MENDES
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« Comentar #3 : Octubre 14, 2017, 02:36:21 »
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La historia de mi perro ? Humm Pipocas era un  gentleman de los perros. Sí.... Escribiré.    jajajaj

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