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ASÍ TE CUENTO DE LOS NACIMIENTOS
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Autor Tema: ASÍ TE CUENTO DE LOS NACIMIENTOS  (Leído 374 veces)
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Cony Ureña
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« : Diciembre 19, 2018, 06:24:11 »

También les llaman Belén en España, pero en México solo se usa Nacimiento al mencionar ese hermoso arreglo con el que se festeja la llegada a este mundo de un ser extraordinario, de nombre Jesús.

Me preguntas cómo era en mi niñez y si me entusiasmaba participar en la instalación del Nacimiento. Sí, claro que me entusiasmaba ya que primero había que encontrar las cajas en las que se habían guardado todos los elementos necesarios el año anterior. Una vez localizados y preparado el espacio donde se instalaría, se colocaba el musgo, mismo que se compraba en el mercado y era (es) tierra apelmazada en la que crecen plantas diminutas; se colocaban también luces a todo lo largo y ancho, para iluminar el panorama y un río simulado encauzado con piedras, usualmente de papel aluminio y que desembocaba en un lago, el cual era un espejo, sí ese que te sirve para mirar tu carita. Una vez instalada la base, se colocaba una choza o cueva con un pesebre en medio, a la izquierda las pequeñas esculturas de la Virgen María, a la derecha San José, ambos arrodillados ante el pesebre, atrás de este un ángel, cerca una vaca y un burro. Se suponía que la vaca daba calor con su vaho a los habitantes de la choza y el burro había sido el transporte de los padres del recién nacido. Esa humilde vivienda se adornaba con un cometa, normalmente de cartón, al que le pegaban diamantina.

Si se quería que la tierra tuviera altibajos, se podían hacer colinas ocultando aserrín debajo del musgo. La instalación era un prodigio de diseño e imaginación, donde figuras de pastorcitos se dirigían hacia la choza, llevando obsequios que podían ser borregos, cabras, chivos. Había cerca otras chozas a las que se les metía un foco pequeño para que relucieran. No podía faltar un pozo, con una “persona” sacando agua, al igual que árboles adornados con heno o incluso con “nieve”. Igualmente, había animales que también se dirigían solos a presentar su respeto al niño Jesús y por supuesto, los más cercanos a la choza o cueva eran los Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltazar llevando consigo sus tradicionales obsequios, Oro, Incienso y Mirra. Estos Magos podían ir montados sobre Caballo, Elefante y Camello, respectivamente, o esos nobles animales estaban ya aparte y los personajes hincados para adorar a quien más adelante sería conocido como el Hijo de Dios.

La pared del fondo se tapizaba con un papel azul profundo, lleno de estrellas.

Todos estos arreglos se hacían con la colaboración de niños y adultos; el resultado era la satisfacción de los mayores y para los infantes la abrir la puerta a un espacio desconocido, lejano como lo es el Medio Oriente real. Volaba nuestra imaginación hasta esos lugares tan remotos como misteriosos.

Recuerdo que preguntábamos el significado de la presencia de los Reyes Magos, el por qué habían seguido un cometa que finalmente se había posado sobre aquella humilde choza o cueva. Quién era el ángel que custodiaba el pesebre, en esos momentos aún vacío, aunque se suponía que ya había nacido el Rey de Reyes.

Así, infinidad de preguntas que muchas veces no eran del todo aclaradas, pero eso no importaba. Lo importante era que la noche del 24 de diciembre se arrullaba la escultura del recién nacido, se le rezaba y cantaban letanías, incluso “Las Mañanitas” (canción mexicana), se prendían luces de bengala y el “niño”, vestido solo con un pañal,  circulaba para que cada uno de los presentes le diera un beso en su frente y tomar un dulce (colasión) del lienzo en que había sido arrullado; finalmente se le recostaba en el pesebre en medio de aplausos. Con este acto culminaba la serie de “posadas” que había iniciado el día 16 de ese mes. Enseguida se cenaba y degustaba ponche de frutas, bebida caliente afrutada que los mayores a veces consumían con “piquete” (licor). Después de la cena iniciaba la diversión con la piñata, olla adornada profusa y lujosamente, que contenía regalos que caían como del cielo, una vez que algún niño fuerte y valeroso la rompía.

En muchos hogares junto al Nacimiento estaba el árbol de Navidad, decorado magníficamente. En su pie se colocaban los obsequios que se repartirían esa noche. En casa no había árbol navideño porque mis papás pensaban que no era correcto cortar un árbol y quemarlo con las luces que lo adornarían. Además, los niños éramos “clientes” de los Reyes Magos y nuestros regalos llegaban el 6 de enero. Pero, esa es otra historia.

Esa tradición servía para iniciar a los niños en nuestra religión. Una etapa maravillosa que al menos en mi familia casi se ha perdido. Aunque mi hermana Maru la conserva y le queda muy lindo su “Nacimiento”.

Mas hoy en día, en la mayoría de los hogares predominan los Árboles de Navidad que desde luego lucen increíblemente bellos.  En mi caso, tú lo has visto, adorno con luces y esferas una rama seca que pinté de blanco y sembré en una maceta. Tuve un pequeño “Niño Dios”, pero en algún momento de mi vida se extravió.  La Nochebuena (24 de diciembre) voy a la iglesia y ahí admiro el Nacimiento. Las iglesias conservan esta tradición, al igual que familias que por las noticias me entero que montaron un espectacular Nacimiento y todo ello me hace añorar aquellos años de inocencia, marcados por esa singular tradición en la que un modesto “Nacimiento” despertaba mi imaginación y me hacía adorar desde entonces a Jesús.

Cony Ureña                         Diciembre 19 de 2018

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